Comentario al evangelio del domingo de Ramos

CICLO A

29 de marzo de 2026

¡Bendito el que viene

en nombre del Señor!

  

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 21, 1-11 

Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos.

    Y si alguien les dice algo, respondan: «El Señor los necesita y los va a devolver en seguida»».

    Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:

    «Digan a la hija de Sión:
    Mira que tu rey viene hacia ti,
    humilde y montado sobre un asna,
    sobre la cría de un animal de carga».

    Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó.

    Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas.

    La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba:

    «¡Hosana al Hijo de David!
    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    ¡Hosana en las alturas!».

    Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?».

    Y la gente respondía:

    «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea.»

Palabra del Señor.

Queridos hermanos y queridas hermanas:

En el Domingo de Ramos se proclama, en la misa, el relato de la Pasión del Señor. Hemos optado por comentar este otro Evangelio, que se lee antes de la procesión de entrada al templo, memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén. 

Se acercaba la Pascua judía, en los primeros días de la primavera en Judea. Millares de judíos iban a Jerusalén para celebrar esta fiesta, cumpliendo así con la ley de Moisés; entre ellos van Jesús y sus discípulos.

En medio de la celebración de la pascua de su pueblo, Jesús celebra, en Jerusalén, su propia pascua. Muerto en cruz, vence a la muerte y al pecado. En Jerusalén triunfa la vida sobre la muerte, el amor sobre el pecado.

En esta semana somos invitados a entrar a nuestra Jerusalén que es la semana santa. No para asistir a un espectáculo, sino para celebrar la pascua de Jesús, que es nuestra pascua.

Esta semana santa no asistiremos a un mero recuerdo del pasado. Con Cristo y por Cristo, moriremos a aquello que no nos permite vivir la vida con honda alegría, a aquello que nos impide experimentar el gozo de ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

La Pascua no es solo una fiesta: es la dimensión clave de nuestra vida. Somos hombres y mujeres que vivimos en clave de muerte – vida. Celebrar la pascua es celebrar el sentido último de nuestra existencia.

Jesús manda a dos de sus discípulos a que le trajeran un asno y les da indicaciones precisas sobre cómo conseguirlo; además les dice que se lo traigan sin pedirle permiso a nadie.

Aquí encontramos un signo interesante: Jesús conoce lo que hay más allá de su vista y lo que va a acontecer en el futuro y, además, puede disponer sin pedir permiso. Esto nos manifiesta un Jesús con poder y autoridad. A la vez entra montado en un asno, signo de humildad y mansedumbre.

Él tiene el poder de transformar nuestra muerte en vida eterna, nuestro pecado en vida nueva en el amor.

Que podamos entrar a la semana santa con un corazón humilde, un corazón que se experimenta necesitado de esta vida nueva. Abramos nuestro interior, en esta semana, al amor de Jesús que da la vida por la salvación de todos.

Jesús nunca condenó al pecador, siempre perdonó y buscó su conversión. Pasó su vida sanando a los oprimidos por el mal. Sí, trató con dureza a los que se creían perfectos, no necesitados de perdón y conversión.

Que podamos, en esta semana santa, abrirle el corazón a aquel que nos libera de toda culpa y que de toda muerte saca vida.

Un bendecido domingo de Ramos para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
 

Isaías     50, 4-7

El mismo Señor me ha dado
una lengua de discípulo,
para que yo sepa reconfortar al fatigado
con una palabra de aliento.
Cada mañana, Él despierta mi oído
para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído
y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban
y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba;
no retiré mi rostro
cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda:
por eso, no quedé confundido;
por eso, endurecí mi rostro como el pedernal,
y sé muy bien que no seré defraudado.