Comentario al evangelio del II domingo durante el año.

CICLO A

19 de enero de 2026

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 29-34 

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:

Después de mí viene un hombre que me precede,
       porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».

    Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo».

    Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios». 

Palabra del Señor

Queridos hermanos, queridas hermanas:

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y lo reconoce como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Muchas veces, por diversos caminos, Jesús se acerca a nuestras vidas. En el transcurrir de cada día, él llega a nosotros ¿Lo reconocemos como el Cordero de Dios que quita mi pecado y el pecado del mundo? Fuimos bautizados en el Espíritu Santo. Somos hombres y mujeres habitados por el mismo Dios.

El cordero es el signo de la apacibilidad. Jesús es el manso de Dios que, en cada encuentro con él, nos regala su paz y su mansedumbre; porque su presencia quita nuestro pecado, nos libera de toda culpa, nos reconcilia y sana nuestras heridas.

La figura del Cordero era muy significativa para el pueblo de Israel. En cada Pascua sacrificaban y comían un cordero como memoria del cordero pascual liberador, sacrificado al salir de Egipto, cuya sangre los salvó de la muerte (Ex 12, 46). El profeta Isaías presenta al siervo sufriente, figura del Mesías, como el cordero llevado al matadero que rehabilitará a todos porque cargó, sobre sí, los crímenes de todos (Is 53, 7-12). El cordero era el animal que se ofrecía diariamente en el templo implorando el perdón de Dios. Les recordaba, también, el animal que fue ofrecido en sacrificio en lugar de Isaac, imagen de un Dios providente en su amor (Gn 22, 9-14).

Por eso, el cordero es el signo de la libertad, del perdón, de la reconciliación que solo Jesús nos puede regalar. Imagen de un Dios providente que nos ama con amor eterno y que nunca abandona a aquellos por quienes dio la vida.

Juan Bautista reconoce su misión mediadora. Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel.

Nosotros, como Juan Bautista, somos llamados a anunciar y dar testimonio del actuar de Dios en nuestras vidas y en la historia. Estamos llamados a ser testigos del amor misericordioso de un Dios que nos trae el perdón, la sanación, la reconciliación y la paz.

Estamos llamados, como dice la primera lectura de la misa de hoy: a ser la luz de las naciones, para que llegue la salvación de Dios hasta los confines de la tierra.

No somos los salvadores del mundo. Colocarnos en el lugar de Dios nos lleva a querer controlarlo todo, asumir responsabilidades que no nos corresponde. Pretender ser los salvadores de todo y de todos, nos genera ansiedad, cansancio, agobio porque esto supera nuestra capacidad.

Somos un pueblo sacerdotal, mediadores entre Dios y los hombres. Estamos llamados a hacer presente la salvación y la paz que solo el Señor nos trae y a poder dar este testimonio y este anuncio en el lugar en el que él nos pone.

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                        39, 2. 4ab. 7-10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor:
Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.

«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón». R.

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.