Ciclo A
11 de enero de 2026

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 3, 13-17
Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!»
Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
Palabra del Señor.
La fiesta del bautismo del Señor cierra el tiempo de navidad y da inicio al tiempo común, o tiempo durante el año. En la liturgia dejamos el color blanco y a partir del lunes comenzaremos a utilizar el color verde, hasta el miércoles de ceniza, donde se inicia el tiempo de cuaresma cuyo color es el morado.
El pasado 6 de enero, celebramos la Epifanía del Señor, la liturgia en esa misma solemnidad hace referencia a tres momentos importantes de epifanía, la visita de los magos de oriente, el signo del agua cambiada en vino en las bodas de Caná y el bautismo.
En el Evangelio san Mateo nos pone frente a la escena donde Juan Bautista, el precursor, se encuentra con Jesús, el mesías, no sabemos si se habían visto antes. Otro evangelista, san Lucas, nos dice que sus madres eran primas, pero vivían lejos una de otra. Lo cierto es que cuando Jesús le pide a Juan ser bautizado, él reconoce que está frente al que da el bautismo que tanto ha anunciado, quien “bautizará en Espíritu Santo y fuego”, Juan reconoce que él es el que necesita ser bautizado por Jesús.
Los movimientos bautistas habían sido frecuentes en aquella época, algunos se retiraban al desierto para llevar una vida austera de purificación aguardando así la llegada del Mesías. Mientras otros realizaban estos ritos en piscinas donde cuidaban que el agua fuera pura para realizar estas purificaciones, Juan bautiza en el río Jordán donde el agua podía estar contaminada por haber tocado algún elemento que la cultura hebrea consideraba impuro. De esta manera está queriendo mostrar que no está en la condición del agua ni en el lavado externo la purificación que él anuncia, sino en la confesión de los pecados y la conversión, mostrándose así continuador de lo que anunciaron los profetas.
Entre los piadosos que confesaban sus pecados y pedían el bautismo se colocó Jesús, el que no tenía pecado, eso es lo que sabe Juan, y pide ser bautizado. Ese gesto de Jesús es un gesto de solidaridad para con nosotros, el que no tenía pecado se hizo pasar por uno de tantos. Si en el plan de Dios está que la era mesiánica, como última preparación, la humanidad debe pasar por el bautismo que realizaba Juan, Él, que asumió la naturaleza humana considera que es justo cumplir con los designios del Padre y por eso pide ser bautizado.
Ante las palabras del Señor, el bautista obedece y accede a realizar el bautismo. De esta manera se inaugura un nuevo bautismo, Jesús sumergiéndose en las aguas del Jordán las purifica y las convierte en aptas para que los que se sumergen en ellas lleguen a ser hijos de Dios, recibiendo el perdón de los pecados.
Jesús sale del agua e inmediatamente los cielos se abrieron y el Espíritu Santo desciende como una paloma. El cielo, el paraíso, que fue cerrado por la desobediencia de Adan y Eva, se vuelve a abrir. El Espíritu que aleteaba sobre las aguas en los orígenes de la creación se hace presente en la nueva creación inaugurada por Jesús, y el Padre que desde hacía siglos había dejado de hablar por los profetas, ahora él mismo confirma las palabras proféticas, presentándolo como “mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. En Jesús y por Jesús Dios vuelve a hablar a la humanidad.
El bautismo inaugurado por Jesús llega a su plenitud en su pasión, muerte y resurrección. Por el bautismo, nos sumergimos en este misterio de la salvación, y todo nuestro ser es configurado con Cristo. De esta manera recibimos el perdón de nuestros pecados, somos hijos en el Hijo y heredamos la vida eterna, por obra del Espíritu Santo. Cuando Jesús fue bautizado se oyó la voz del Padre proclamando quien es Jesús. Cada vez que se realiza un bautismo Dios vuelve a proclamar las mismas palabras.
Todo ser humano que viene a este mundo está llamado a ser hijo de Dios, pero la respuesta está en cada uno. Quienes hemos aceptado esa vocación debemos aprovechar la gracia que Dios nos da para vivir verdaderamente como hijos suyos, conscientes de que esta condición de hijos no nos ahorra ningún contratiempo en la vida, pero sí que nos hace vivir cada instante desde otra perspectiva, sabiendo que nunca estamos solos.
Aprovechemos este día para dar gracias a Dios por nuestro bautismo, por las personas que intervinieron para que recibamos este sacramento, por nuestros padres, padrinos, catequistas, el sacerdote o diácono que lo administró, la comunidad que nos recibió.
Y si en algún momento de la vida nos hemos distanciado del Padre, por el motivo que sea, tal vez sea hora de renovar el compromiso bautismal a través del sacramento de la reconciliación y disfrutar de la fortaleza y la alegría que nos da vivir como hijos suyos.
Bendecido domingo para todos.
P. Rubén Fuhr, SAC.
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO Sal 28, 1a. 2-3ac. 4. 3b. 9b-10
R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.
¡Aclamen al Señor, hijos de Dios!
¡Aclamen la gloria del nombre del Señor
adórenlo al manifestarse su santidad!
El Señor bendice a su pueblo con la paz. R.
¡La voz del Señor sobre las aguas!
el Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es majestuosa! R.
El Dios de la gloria hace oír su trueno:
En su Templo, todos dicen: «¡Gloria!»
El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales,
el Señor se sienta en su trono de Rey eterno. R.