Ciclo C
29 de junio de 2025

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 13-19
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».
Palabra del Señor
Queridos hermanos, queridas hermanas:
Muchos en Israel esperaban el retorno de algunos de los antiguos profetas que preparara la venida inmediata del Mesías; para algunos, Jesús era uno de ellos. Otros, valoraron en Él a aquel que, realizando grandes milagros, los salvaba de situaciones angustiosas en sus vidas. Incluso, muchos de sus discípulos, esperaban que fuera Él, el liberador que los librara del dominio romano, los unificara como nación, los volviera a la práctica de la ley. Algunos lo veían como un profeta poderoso en palabras y obras, pero nada más.
Para nosotros: ¿quién es Jesús? Con facilidad podemos reducirlo a un proveedor que satisfaga nuestras necesidades, a alguien que milagrosamente nos solucione la vida, los problemas. O, también, a alguien que mágicamente nos saque de la crisis política, social y económica en la que vivimos. Podemos, en algunos casos, reducirlo a un sabio que nos enseñó cosas buenas.
Hoy vivimos una religiosidad muy difusa, en donde nos creamos a un Dios a nuestra imagen y semejanza, fruto de nuestras necesidades. Un Cristo que termina siendo el producto de nuestra subjetividad y deja de ser ese “tu” concreto, revelado por el Padre, ese hombre Dios que viene a redimir el mundo.
¿Quién es, en verdad, Jesús para cada uno de nosotros? Esta no es una pregunta más. Es la pregunta que nos pone ante lo fundamental de nuestra vida. De quién es Jesús para nosotros depende nuestra manera de vivir. De la respuesta que le demos a esta pregunta dependerán las respuestas cotidianas ante cada desafío que la vida nos presenta. Responder a esta pregunta nos abre al encuentro con el sentido mismo de nuestra vida.
Decir que Jesús es el Mesías, como Pedro, es reconocerlo como el enviado que viene a librarnos de todo aquello que no nos permite vivir la alegría de ser hijos amados por el Padre. Aquel que hace posible el gozo del amor fraterno, llevándonos a vivir aquello para lo cual fuimos creados: amar con su mismo amor. Reconocerlo como Mesías es encontrar en Él, el camino que nos conduce a la verdad y a la plenitud de la vida. Reconocerlo en su verdadero ser, es dejarlo entrar en todas las esferas de nuestra vida para que las redima, las sane y llene de sentido nuestra existencia. Es dejarlo ser el Señor de nuestra historia. A Él le pertenece la Iglesia, el mundo y la historia.
Este Evangelio nos reanima en la esperanza. La Iglesia le pertenece a Él; es Él quien la edifica “…el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”. El mal será definitivamente vencido y viviremos eternamente en la plenitud del bien.
Luego que Simón, inspirado por Dios, manifiesta la auténtica identidad de Jesús, este le revela cuál es su lugar en la Iglesia. Es en el diálogo con Jesús en donde encontramos nuestra verdadera identidad.
Los santos Pedro y Pablo, fueron apóstoles de Jesús porque supieron ser sus discípulos y encontraron en Él, el camino que lleva al Padre y que llena de sentido nuestra existencia.
Una bendecida fiesta de los Santos Pedro y Pablo,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO 33, 2-9
R. El Señor me libró de todos mis temores.
Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. R.
Glorifiquen conmigo al Señor,
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: Él me respondió
y me libró de todos mis temores. R.
Miren hacia Él y quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor:
Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
El Ángel del Señor acampa
en torno de sus fieles, y los libra.
¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!
¡Felices los que en Él se refugian! R.