Ciclo C
12 de enero de 2025

Jesús fue bautizado y,
mientras estaba orando, se abrió el cielo.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 3, 15-16. 21-22
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego».
Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
Palabra del Señor
Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad. Es interesante ubicar este acontecimiento dentro del contexto en el que se da. El pueblo de Israel experimentaba, en ese momento, el silencio de Dios. Tenía conciencia de su pecado. Por eso, en el signo del bautismo de agua expresaba su actitud penitencial y era, para ellos, un ritual de purificación. En aquel momento, no surgían profetas. Resonaba fuertemente la súplica de Isaías: ojalá se abriese el cielo y bajases (Is 63,19). Por esto, es significativa la imagen de un cielo que se abre, de un Dios que desciende en la persona del Espíritu Santo y de un Padre que habla. Se rompió el silencio. Sólo que no le habla al pueblo sino a su propio Hijo. Jesús asume nuestra carne de pecado y la lleva a las aguas del Jordán implorando el perdón y la redención para nosotros.
El Espíritu Santo desciende sobre Él. Es el Espíritu que dio vida a la creación, aleteando sobre las aguas (Gn 1,2). Ahora, con Cristo, se inicia una nueva creación.
Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido.
Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo. Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros, en nuestro bautismo, por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. El bautismo nos hizo uno en Cristo. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros. Nuestro vivir en Cristo y nuestro estar animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria. Por el bautismo estamos en la intimidad de la comunión divina y la divinidad está presente en nosotros para siempre.
La palabra bautismo significa inmersión. Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva; vida en el amor, vida eterna.
En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo.
Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. Cuando somos ungidos con el crisma se nos dice que quedamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hacemos presente a Dios en el mundo y llevamos a los hombres a Dios. Somos un pueblo profético, un pueblo que ilumina los acontecimientos históricos con la luz de la Palabra. Somos llamados a pertenecer y a anunciar el Reino de Dios. En cada eucaristía renovamos la alianza bautismal con el Señor y se intensifica nuestra comunión con Él. El agua y la sangre, que brotaron de Cristo, simbolizan estos dos sacramentos, en íntima relación el uno con el otro.
Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 103, 1b-4. 24-25. 27-30
R. ¡Bendice al Señor, alma mía!
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
Estás vestido de esplendor y majestad
y te envuelves con un manto de luz.
Tú extendiste el cielo como un toldo. R.
Construiste tu mansión sobre las aguas.
Las nubes te sirven de carruaje y avanzas en alas del viento.
Usas como mensajeros a los vientos,
y a los relámpagos, como ministros. R.
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
¡Todo lo hiciste con sabiduría,
la tierra está llena de tus criaturas!
Allí está el mar, grande y dilatado,
donde se agitan, en número incontable,
animales grandes y pequeños. R.
Todos esperan de ti
que les des la comida a su tiempo:
se la das, y ellos la recogen;
abres tu mano, y quedan saciados. R.
Si escondes tu rostro, se espantan;
si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra. R.