LA AMISTAD, DON DE DIOS

Ya no los llamo servidores, porque el servidor no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre.[1]

Celebramos hoy, en Argentina, el día del amigo. Es justo y necesario darle gracias a Dios por el don de la amistad y, sobre todo, porque Él se ha hecho nuestro amigo. No un amigo más, es el Amigo por excelencia. Sólo Dios nos ama en Jesús con un amor absoluto y eterno.

Muchas veces abusamos de la palabra amistad. Analógicamente podemos llamar amigos a mucha gente, pero en realidad los amigos son muy pocos. Estamos llamados a ser todos hermanos, la amistad es un acontecimiento espontáneo y voluntario que necesita cultivo, cuidado. Sean muchos los que te saludan, pero amigo íntimo, uno entre mil.[2]

La amistad consiste en amar a alguien que nos ama. La amistad es siempre un vínculo interpersonal. Es el encuentro de dos personas que se experimentan identificadas. Se funda en la semejanza de espíritu. No se trata de que ambos piensen o sientan igual ante todo; la amistad no es uniformidad, necesita la alteridad, al otro como distinto. Pero es como si se vibrara en un mismo tono. Hay una identificación de ideales, de proyectos, de concebir la vida, un encuentro en el afecto y en la mirada de la vida.

Se opone a la amistad, el utilitarismo: amar a alguien por la utilidad que nos proporciona. La amistad descubre en la persona del otro un bien, gusta de estar en su compañía; no lo ama por la utilidad que nos proporciona sino porque  su misma persona es un bien para nosotros.

Es condición necesaria para la amistad,  la gratuidad. El amigo no exige, no es demandante, sabe convivir con los límites del otro y aprende a perdonar; ayuda a crecer, da sin especular respuesta. La amistad es lugar de maduración del amor. La amistad se funda en la libertad. Somos libres cuando la ausencia del amigo nos entristece, pero no nos paraliza; cuando su presencia en nuestras vidas no nos aleja de los otros, cuando nos anima en nuestro camino vocacional, cuando nos ayuda a realizar el sueño que Dios tuvo de nosotros cuando nos llamó a la vida. La amistad crece cuando  superamos las actitudes posesivas; no somos dueños del otro, somos servidores de la vida. La amistad no es adulación, se compromete con el crecimiento del otro, encontrando la alegría en que el otro encuentra el verdadero bien. Es amigo el que busca siempre el bien del ser amado; por eso está siempre dispuesto a comprender y a perdonar las ausencias y las faltas. El amigo ama en toda ocasión.[3] No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.[4]

La amistad, dice el Beato, Cardenal Eduardo Pironio[5], es un reencuentro consigo mismo en la persona del amigo. El amigo es como un “alter ego”, otro yo. Puedo hablar con él como si hablara conmigo mismo. Me experimento comprendido, aceptado. Esto no quita el grado de soledad que todos experimentamos. Las experiencias personales son incomunicables en su totalidad. El amigo es compañía, es contención, ayuda a decidir. El compartir siempre enriquece.

«Ningún hombre, aunque tuviera todos los bienes exteriores, elegirá vivir sin amigos» (Santo Tomás). La amistad nos humaniza, nos conduce a Cristo, el amigo por excelencia. La amistad es un tesoro «el hombre dichoso necesita de amigos» (Aristóteles). La amistad es un don de Dios que tenemos que pedir, buscar y agradecer.

Jesús amó con un amor universal, sin excluir a nadie. También cultivó vínculos de amistad con personas concretas: el discípulo amado, Lázaro (Señor, tu amigo está enfermo)[6], Marta y María (Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro)[7].

Que podamos cultivar siempre espacios de diálogo y comunión; sin comunión de vida no hay amistad. El principal acto de la amistad es la convivencia con el amigo.[8]

Decíamos que la amistad es un concepto analógico. Que podamos construir la amistad social en nuestros pueblos y ciudades para que la casa común que todos habitamos sea un lugar de paz, respeto, solidaridad y justicia.

Un bendecido día del amigo,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

[1]  Jn 15,15

[2] Eclo 6,6

[3] Prov 17,17

[4] Jn 15,13

[5] Pironio, Cardenal Eduardo Francisco. Escritos Pastorales. BAC, Madrid, 1975.  Cap. XI.

[6] Jn 11,3

[7] Jn 11,5

[8] Aristóteles. VIII Ética, 5