II domingo de Cuaresma
Ciclo B
25 de febrero de 2024

Raffaello Sanzio, Transfiguración.
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«Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo»
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos.»
Palabra del Señor
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Dice el psicoterapeuta Boris Cyrulnik: Una vida dedicada al placer nos hace caer en la desesperación con tanta seguridad como una vida sin placer. Vivimos insertos en una cultura en donde la búsqueda del placer individual se torna en objetivo de vida. Hoy se habla de la sociedad paliativa y la cultura de la complacencia que nos lleva a negar todo lo que sea dolor y buscando obsesivamente el placer. La negación del dolor no lo hace desaparecer de nuestra vida, al no reconocerlo, no lo elaboramos, y esto siempre nos lleva a un sufrimiento mayor.
Jesús no demonizó el placer. La pregunta es: ¿dónde está el verdadero placer? ¿Qué es aquello que nos permite vivir la vida con gozo? Ante la imagen de Jesús glorificado Pedro exclama: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Evidentemente, esa experiencia, de la gloria de Dios, fue un momento de hondo gozo para él.
La transfiguración es un hecho central en los evangelios. Lo narran los tres evangelistas sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas); se lo menciona también en la Segunda Carta de Pedro (1, 17-18).
Si leemos el Evangelio de este domingo en la Biblia, vamos a percibir que comienza diciendo: seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan. Se trata de seis días después del primer anuncio de la pasión. Pedro, Santiago y Juan, los únicos testigos de la transfiguración, serán también los únicos testigos de la angustiosa oración de Jesús en el Getsemaní. Luego de un anuncio de sufrimiento y antes de pasar por los momentos crueles de su pasión, el Señor les permite, a los tres, vivir la experiencia gozosa de poder contemplarlo lleno de gloria.
No debemos buscar la cruz. Jesús no la buscó, pero sí la aceptó como consecuencia de su opción por el amor. Toda su vida estuvo motivada por su amor al Padre y a la humanidad. Pasó su vida haciendo el bien. No fue cómplice de la injusticia, la denunció con una valiente libertad, se comprometió con el dolor de los oprimidos y excluidos de la sociedad. No vino a condenar sino a perdonar e invitar a la conversión. Los poderosos de su tiempo no se lo perdonaron. Los que privilegiaban un estilo de vida fundado en una vivencia de la ley que, en lugar de buscar el bien de las personas, las destruían y marginaban, no pudieron entender que se sentara a la mesa con los pecadores, perdonara a la mujer adúltera y convirtiera a un publicano en discípulo misionero del Evangelio. No toleraron que dijera con palabras y gestos que las personas eran más importantes que la institución del sábado, que el ser humano era el verdadero templo en donde se ofrece el auténtico culto a Dios, que la fe nos hace familia de Dios en donde nadie puede ser rechazado. Su opción de vida fue por el amor. Es el amor el que torna la cruz lugar de gloria.
Dios es amor. Por eso, ahí donde comprometemos nuestra vida en actitudes y opciones de amor, ahí donde nosotros entregamos nuestra vida, se hace presente la gloria de Dios. Cada vez que perdonamos o nos comprometemos con el bien del otro, cada vez que hacemos el bien y somos consuelo para quienes sufren, podemos decir: ¡qué bien estamos aquí! El gozo más profundo consiste en amar con el mismo amor de Jesús.
Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, simbolizando la ley y los profetas; los dos caminos por los cuales Dios habló a su pueblo. Cuando el Padre nos invita a escuchar a su Hijo, Jesús queda sólo. En Él ha llegado a su plenitud el mensaje de la ley y los profetas. En Jesús está todo lo que el Padre tiene para decirnos.
Que en este tiempo de Cuaresma podamos intensificar el gozo del encuentro con Jesús, la Palabra que da sentido al dolor y hace de nuestra cruz un camino de gloria.
Una bendecida cuaresma para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 115, 10. 15-19
R. Caminaré en presencia del Señor.
Tenía confianza, incluso cuando dije:
«¡Qué grande es mi desgracia!»
¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos! R.
Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor. R.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo,
en los atrios de la Casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. R.