49º Peregrinación juvenil a pie a Luján.
30 de septiembre y 1 de octubre 2023

”Madre, estamos en tus manos,
danos fuerza para unirnos”
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan (19, 25-27)
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Dios eligió un pueblo de entre todos los pueblos de la tierra. Ese primer pueblo fue preparando la venida del Salvador. Pasó por momentos de fidelidad a Dios y, otros, en los que se alejó y fue infiel a Él. Momentos de unidad y desencuentros, de paz y de violencia. Dios siempre se mantuvo en la fidelidad, amando a su pueblo. En la plenitud de los tiempos, el Padre lo envía a su mismo Hijo, uniendo, en Él, definitivamente a la humanidad con Dios. Ahora, el nuevo pueblo, la Iglesia, se constituye en la unidad de todos los pueblos de la tierra. Nosotros somos ese nuevo pueblo que, con Jesús y por Jesús, peregrinamos a la casa del Padre.
En este caminar a la casa del Padre, el Señor nos dejó a su Madre como Madre nuestra. En la hora culmen de la historia, en donde la vida de los hombres es redimida y nacemos a la eternidad, la hora de la reconciliación, Jesús entrega su Madre al discípulo amado y este la recibe. Nosotros somos los discípulos amados del Señor que recibimos su Madre como nuestra propia Madre. María se convierte en la Madre de todos aquellos a quienes él representa, el conjunto de los creyentes.
Es en esa hora en la que los hombres recibimos para siempre el consuelo y la fortaleza de la Madre. A partir de ese momento, ya no estamos solos cuando sufrimos; hay una mujer que es madre, esposa y amiga que nos contagia su fe y, con ella, su fortaleza. Una mujer que está llena de la gracia de Dios, plenificada por esa gracia y que hace presente a Dios en nuestras vidas con su rostro maternal. ¡Qué grande es el amor de Jesús! No le bastó darnos la vida y la redención, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra.
María, es la mujer que como Madre acompaña al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que se hace presente en todos los pueblos de la tierra.
¡Qué necesidad profunda tenemos como pueblo argentino de crecer en la unidad! Una unidad que se construye desde la reconciliación, la justicia y la búsqueda sincera de la verdad. Unidad que no es uniformidad sino integración de lo diverso en un compromiso creciente con el bien común.
Que nuestra Madre, nuestra Señora de Luján, convierta nuestro corazón con la dulzura de su maternidad, para que podamos ser varones y mujeres, constructores de la unidad de nuestro pueblo. Que María, como Madre, nos permita mirarnos como hermanos, aunque pensemos distinto o veamos distintos caminos a seguir. Que en este camino sinodal que queremos vivir como Iglesia, en este caminar juntos, podamos retomar el diálogo espiritual. Este consiste no tanto en compartir lo que pienso o lo que siento, sino aquello que voy descubriendo como voluntad de Dios. Es un diálogo que parte del encuentro con Jesús. Dialogar es buscar juntos los caminos por los cuales el Señor nos quiere hacer transitar. El caminar juntos, la Iglesia sinodal, la comunión, es siempre fruto del discernimiento, de la apertura a la voluntad del Padre. Como María, queremos decirle al Padre: que se cumpla en mí tu voluntad.
Con esta intención nos unimos a la peregrinación a Luján. Pidiéndole a nuestra Virgencita: ”Madre, estamos en tus manos, danos fuerza para unirnos”.
Un bendecido domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO Lc 1, 46-48. 49-50. 51-53. 54-55 (R.: cf. 49)
R. El Señor hizo en mí maravillas:
¡gloria al Señor!
«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías. R.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham
y de su descendencia para siempre.» R