XV domingo durante el año
CICLO A
16 de julio de 2023

La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 1-9
Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.
Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
En este capítulo trece del evangelio según san Mateo, el evangelista reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. En cada una de ellas se nos presenta un aspecto del mismo. Hoy meditaremos la primera. En el primer versículo del capítulo se dice que Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar, pasando así, de la revelación íntima a una proclamación pública. Lo público está, también, afirmado por el número siete que indica la totalidad.
Cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra. Ese Reino se realiza por la fuerza de la palabra de Dios, simbolizada en la semilla. Toda semilla contiene en sí misma una vida llamada a germinar y crecer. En ella está toda la vida a ser desarrollada. Ese crecimiento dependerá de la tierra que la recibe y del cuidado que se le dé. Qué importante despejar la tierra de todo aquello que no permita que la Palabra eche raíces en nosotros. Cuidar esa tierra, alimentarla, para que la Palabra llegue hasta lo más profundo de nuestra existencia.
Una cosecha del 30, 60 o 100 por ciento, en una tierra agreste como la del territorio en donde se movió Jesús, para ellos era una cosecha excelente. Estaban acostumbrados a los terrenos pedregosos y, por eso, a cosechas del 10 por ciento.
Esta parábola nos invita hoy, a nosotros, a escuchar, contemplar y meditar la Palabra con atención, cada día. Nos puede ayudar hacerlo en tres pasos.
- En un primer momento, tratar de entender qué dice la Palabra. Es importante ver primero qué dice objetivamente, para no hacerle decir a Dios lo que no quiso decir. Para esto, tenemos que ubicar la Palabra dentro de su contexto histórico, del género literario que utiliza, de la cultura en la que fue pronunciada. Ir al pasado y entender qué quiso decir Jesús en su momento. Relacionar el texto a ser meditado con toda la Palabra revelada en la Biblia. Podemos recurrir, en este primer momento, a las notas que traen las Biblias o a comentarios autorizados.
- No basta escuchar lo que dice la Palabra. Tenemos que dar un paso más: qué me dice la Palabra, qué dice a mi vida concreta. Cuál es el mensaje de Dios para cada uno de nosotros. Traer la Palabra al presente. Esto implica rumiarla, dejarla penetrar en mi realidad, meditarla durante todo el día y en todas las circunstancias del día. La Palabra ilumina las preocupaciones cotidianas. Ella siempre nos abre una puerta, siempre le da sentido a lo que estamos viviendo, siempre ilumina y anima. Qué importante es no ahogarnos en las preocupaciones sino dejar que la Palabra ubique lo que nos sucede dentro de una historia de salvación que Dios quiere construir con nosotros. La Palabra, muchas veces, nos lleva a modificar actitudes o afianzar valores evangélicos que ya hemos incorporado. La Palabra tiene fuerza para transformar nuestras vidas.
- En un tercer momento, es importante establecer con ella un diálogo. Qué le respondo a Dios cuando Él me habla. Ante su mensaje: qué le pido, qué le agradezco, a qué me comprometo.
En síntesis: qué dice la Palabra, qué me dice, qué le respondo.
La Palabra realiza en nosotros aquello que nos revela. Como dice el libro de Isaías (55, 10-11) en la primera lectura de este domingo: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar… ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero…dice el Señor.
Un bendecido domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)
R. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.
Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.
Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.
Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.
Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan. R