Comentario al Evangelio de III domingo de cuaresma

III domingo de Cuaresma 

Ciclo A

13 de marzo de 2023

Icono mujer samaritana

Dame de beber

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan   4,5-15. 19b-26. 39a. 40-42 

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: ‘Dame de beber’. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: “¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber” tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva”. “Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?”. Jesús le respondió: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”. “Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla”. Después agregó: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar”. Jesús le respondió: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén ustedes adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. La mujer le dijo: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”. Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”. 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Es elocuente y atrevido el diálogo que Jesús mantiene con esta samaritana, al lado de ese pozo tan significativo. Era un escándalo, en aquel momento y en ese entorno cultural, que un maestro judío “perdiera el tiempo” hablando con una mujer. Era más escandaloso aún si esa mujer era samaritana. “¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”, le dice la mujer. El pueblo samaritano se había formado con cinco tribus que repoblaron Samaría después de ser conquistada por Asiria. Cada tribu trajo sus propios dioses, aunque después dieron culto a Yahvé, el Dios de Israel. Los judíos que habían quedado en Samaría se mezclaron con estas tribus. De esta mezcla surge un grupo culturalmente híbrido y religiosamente sincretista. A pesar de eso, los samaritanos adherían a la ley surgida en el Pentateuco y consideraban inspirados, al igual que los judíos, los cinco primeros libros de la Biblia, pero no los libros proféticos. Los samaritanos se consideraban como verdaderos israelitas. Los judíos no los consideraban así, sino como un pueblo pagano, impuro. Uno de los insultos más grandes que un judío podía recibir, era ser llamado samaritano. La enemistad entre ellos los llevó a tener violentos enfrentamientos. La separación con los judíos llega a su punto extremo cuando los samaritanos construyeron un templo en el monte Garizim, en el centro de Palestina, en competencia con el templo de Jerusalén. Por eso la samaritana le pregunta a Jesús, dónde se debe adorar. De este modo, los samaritanos se tornaron para los judíos en un pueblo hereje y cismático. Jesús supera estas barreras culturales, estas rivalidades históricas y entra en diálogo con esta mujer. Es más, es el único caso, en el Evangelio de Juan, en donde Jesús se revela directamente como Mesías.

Todos nosotros tenemos sed de justicia, de paz, de mutuo respeto, de un mundo diferente, sed de aquello que nos realiza como persona, sed de felicidad, de eternidad.

Era vital, en esa zona, contar con algunos lugares para poder abastecerse de agua, elemento fundamental para la vida y escaso en esas geografías. Es vital para nosotros encontrarnos con esa fuente de agua que sacia nuestra sed más profunda, Jesucristo.

En este pasaje, Jesús aparece profundamente humano: fatigado, se sienta a descansar a la hora del mediodía. Con humildad, pide agua. Sólo cuando nos sentamos al lado del verdadero pozo podemos saciar nuestra sed interior. En Jesucristo está el sentido de nuestra existencia. Cuando los samaritanos conviven con Jesús lo pueden reconocer como el verdadero Mesías.

La mujer deja el cántaro en el pozo, como si ya no lo necesitara. Ahora encontró el agua verdadera. Que en esta cuaresma podamos descubrir qué tenemos que dejar de lado para poder beber la verdadera agua que sacia nuestra sed más profunda. 

Una bendecida cuaresma para todos,        

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                                    Sal 94, 1-2. 6-9

R. Cuando escuchen la voz del Señor,
no endurezcan el corazón.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que Él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.» R.