III domingo de cuaresma
Ciclo C
20 de febrero de 2022

La torre di Siloe. Giovanni Ravanelli
«Yo removeré la tierra alrededor de ella
y la abonaré»
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1-9
En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió:
«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.»
Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: «Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?»
Pero él respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.»»
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Para entender mejor este texto, tenemos que referirnos a los versículos anteriores. Jesús está hablando de los signos de los tiempos y de la importancia de saber interpretarlos. Es en ese momento cuando aparecen unas personas comentando la crueldad de Pilato, quien asesinó a algunos galileos en el momento en que estaban ofreciendo el sacrificio prescripto por la ley. Todo lo que sabemos, respecto a este hecho, es lo que Lucas nos dice en su Evangelio. No existe ningún otro registro histórico; no sabemos cuándo y cómo sucedió. Quizá se inscriba en la lucha del pueblo judío por su liberación y la represión sufrida de parte de los romanos. Sí, podemos afirmar, fundados en otras fuentes, la conocida crueldad de Pilato.
Jesús no se centra en esta crueldad ni en el acontecimiento en sí mismo, sino en la posible interpretación de la gente sobre el motivo de ambas situaciones de muerte, la de la sangre de los galileos y las dieciocho personas muertas al caer la torre de Siloé. Ellos no murieron porque eran más pecadores que los demás y los que se salvaron no se salvaron porque eran más santos que los que murieron. La idea de la desgracia como resultado del pecado personal estaba profundamente arraigada en la conciencia del pueblo judío. Quizá también entre nosotros. Muchas veces escuchamos expresiones como: por qué le pasó esa desgracia si era una buena persona… ella no se merecía lo que le pasó… qué mal hice para que me pase esto… si le pasó eso es por algo…
En su respuesta, Jesús levanta la mirada y enfoca más allá de lo coyuntural, invitándolos a leer los signos de los tiempos. Qué importante es desentrañar el mensaje de Dios en los acontecimientos de la vida. No quedarnos en lo anecdótico, en lo coyuntural. Nuestro Dios es un Dios que, al hacerse hombre llenó, con su presencia, el tiempo de los hombres. La salvación sucede en la historia, en ella Dios actúa y habla.
Este Evangelio es un llamado a dejarnos convertir por el Señor al observar los hechos históricos que suceden a nuestro alrededor y en nuestra propia vida. Jesús nos invita a interpretar los acontecimientos dolorosos como una invitación permanente al amor. Hay un mal mayor que la muerte corporal, la muerte de aquel que no se deja convertir por el Señor, la muerte fruto de la parálisis en el camino del amor. La conversión genera vida. La resistencia a dejarnos convertir siempre genera muerte.
Muchas veces, podemos tener la tentación de pensar que los otros son los que necesitan de conversión. Nosotros no la necesitamos. Dice San Agustín: No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder.
La simbología de la higuera nos habla de un Dios rico en misericordia y de gran paciencia para con nosotros. Jesucristo intercede continuamente ante el Padre. No se cansa de revolver la tierra y abonarla para que tengamos vida y, así, demos buenos frutos.
La actitud penitencial consiste en volver a tomar conciencia del amor infinito de Dios, de la acción redentora de Jesucristo, abrirnos a su misericordia, descubrir en los signos de los tiempos qué es lo que Dios tiene que convertir en nuestra vida, abrirnos al perdón y a la gracia transformadora de Dios. Dios tiene sus tiempos. Este el tiempo para nuestra conversión.
Una bendecida cuaresma para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 102, 1-4. 6-8. 11
R. El Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.
El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.
El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel. R.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.