VI domingo durante el año
Ciclo C
13 de febrero de 2022

Llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 12-13.17.20-26
Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles.
Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo:
«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Ante una decisión importante, Jesús pasa la noche en oración, dialogando con el Padre. Es hombre de discernimiento. Decide conforme a la voluntad de Dios. De entre todos sus discípulos, elige doce, para ser apóstoles, que significa: enviados. Es un número simbólico. Doce son las tribus de Israel, el pueblo elegido. Con Jesús nace un nuevo pueblo, al que están llamados todos los pueblos de la tierra.
Inmediatamente, fijando la mirada en sus discípulos, pronuncia estas palabras, conocidas como el sermón de las bienaventuranzas.
El Señor quiere la felicidad para todo su pueblo. Por eso, no llama bienaventurados a los que sufren porque sufren, sino porque ese dolor será transformado. Dios no quiere la pobreza, ni la que es consecuencia de la injusticia, ni la que tiene causas naturales ni la que es fruto de la ausencia de esfuerzo. Dios quiere que todos tengamos lo necesario para vivir. Quiere que todos saciemos nuestra hambre. Hambre de alimento y de sentido de vida, hambre de aquello que sustenta el cuerpo y hambre de Dios. No quiere el llanto; por eso, nos ofrece su consuelo. Promete la plenitud de la felicidad a aquellos que ponen toda su vida al servicio de Jesús y de la misión que Él nos encomienda, aunque tengan que sufrir, por ello, el odio, la exclusión, el insulto y la proscripción.
Ni Jesús ni la Iglesia promueve el “pobrismo”, como dice algún político por ahí. Jesús y la Iglesia prometen la recompensa a aquellos que la sociedad o el pecado condenaron al mal.
La suerte de los indiferentes será otra. La de aquellos que se enriquecen sin pensar en el dolor de los demás, a veces cometiendo el pecado de omisión; otras, adquiriendo bienes injustamente. El destino de los que se cierran en su yo, buscando sólo su satisfacción personal, será la tristeza, porque no se abrieron al camino del amor. Solo el amor nos realiza plenamente como personas porque fuimos creadas a imagen de un Dios que es amor.
Quizá, el pecado más fuerte de este tiempo, aquello que no nos permite encontrar la paz y la alegría, sea el yo centrismo, el corazón cerrado al amor, a la entrega generosa de nuestra vida. Sólo dando la vida, se gana la vida.
Antes de partir de este mundo, Jesús le pide al Padre que nosotros tengamos el mismo gozo que él tiene y que ese gozo sea perfecto. Fuimos creados para ser felices. En toda persona hay un anhelo de felicidad. La pregunta es: dónde la encontramos, cómo ser felices.
Quizá podemos buscar la felicidad en poseer determinados bienes. Quizá, en hacer siempre lo que siento y quiero o en la satisfacción de determinados placeres corporales. Podemos buscarla en el éxito a toda costa o en responder a las expectativas de los otros sobre nosotros; en poseer títulos, cargos. No pocas veces la búsqueda de la felicidad nos lleva a querer ser o aparecer mejor que los demás, a una competencia cargada de celos, envidias o insatisfacciones por aquello que no llego a ser o tener.
Hoy Jesús nos muestra un camino de felicidad que no es otro que el camino del amor. Él es ese camino que recorremos cuando lo dejamos vivir en nosotros.
Un bendecido domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 1, 1-4. 6
R. ¡Feliz el que pone en el Señor toda su confianza!
¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! R.
Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien. R.
No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal. R.