47° peregrinación juvenil
a pie a Luján

“Madre del Pueblo, te pedimos por la salud y el trabajo”
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan 19, 25-27
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Dios eligió un pueblo de entre todos los pueblos de la tierra. Ese primer pueblo fue preparando la venida del Salvador. Pasó por momentos de fidelidad a Dios y, otros, en los que se alejó y fue infiel a Él. Momentos de unidad y desencuentros, de paz y de violencia. Dios siempre se mantuvo en la fidelidad, amando a su pueblo. En la plenitud de los tiempos, el Padre lo envía a su mismo Hijo, uniendo definitivamente a la humanidad con Dios. Ahora, el nuevo pueblo, la Iglesia, se constituye en la unidad de todos los pueblos de la tierra. Nosotros somos ese nuevo pueblo que, con Jesús y por Jesús, camina a la casa del Padre.
En esta peregrinación, el Señor nos dejó a su Madre como Madre nuestra. Llegada la Hora culmen de la historia, en donde la vida de los hombres es redimida y nacemos a la eternidad, Jesús entrega su Madre al discípulo amado y este la recibe. Nosotros somos los discípulos amados del Señor que recibimos su Madre como nuestra propia Madre. María se convierte en la Madre de todos aquellos a quienes él representa, el conjunto de los creyentes.
Es en esa Hora en la que los hombres recibimos para siempre el consuelo y la fortaleza de la Madre. A partir de ese momento, ya no estamos solos cuando sufrimos; hay una mujer que es madre, esposa y amiga, que nos contagia su fe y, con ella, su fortaleza. ¡Qué grande es el amor de Jesús! No le bastó darnos la vida y la redención, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra. El Santo Papa Pablo VI, cuando declaró a María como madre de la Iglesia, en medio del Concilio Vaticano II, nos recordaba que María no es sólo la mujer del pasado sino también la mujer que actúa en el presente, con su amor maternal, en la vida de cada uno de nosotros.
En esta oportunidad le pedimos especialmente, a nuestra Madre, por la salud y el trabajo. Esta pandemia nos mostró la fragilidad de nuestra condición humana. Necesitamos la presencia del Señor en nuestras vidas. Necesitamos la presencia de la Madre que, en los momentos de dolor, hace presente el amor misericordioso del Padre en la vida de cada uno de nosotros. Ella es la llena de Gracia. Toda su vida transparenta el amor de Dios. Desde su ser maternal nos hace presente la ternura y fidelidad de un Dios que nunca abandona a su pueblo.
Necesitamos recuperar el valor del trabajo y la posibilidad de que este no falte para ninguno de nuestros hermanos. El trabajo nos hace partícipes de la obra creadora de Dios. El trabajo nos permite concretar el amor a nuestra familia, a las personas que amamos, a la humanidad. Ganarnos nuestro pan cotidiano le da dignidad a nuestra vida.
Una sociedad que no promueve el trabajo y lleva a sus ciudadanos a vivir de los bienes que el estado reparte, genera dependencia y lleva a actitudes de manipulación ideológica que siempre terminan en sistemas totalitarios. El estado se hace dueño de las decisiones de las personas.
Pidamos a nuestra Madre que los que tienen la responsabilidad de las políticas públicas implementen siempre proyectos gubernamentales promotores del trabajo.
Caminemos con nuestro corazón a la casa de nuestra Madre y pidámosle salud y trabajo para todo nuestro pueblo.
Un bendecido domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO Lc 1, 46-48. 49-50. 51-53. 54-55 (R.: cf. 49)
R. El Señor hizo en mí maravillas:
¡gloria al Señor!
«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías. R.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham
y de su descendencia para siempre.» R.