10 de agosto, San Lorenzo Mártir. Día del diácono

Lorenzo sufre el martirio, unos días después de su obispo el Papa Sixto. Nos pareció hermosa esta narración que se las compartimos:

Cuando san Lorenzo vio que conducían al obispo Sixto al martirio, se puso a llorar.  No era el sufrimiento de su obispo lo que le arrancaba lágrimas, sino el hecho de que partía al martirio sin él. Por eso lo interpeló en estos términos: «Dónde vas, Padre, sin tu hijo? Hacia dónde te apresuras, sacerdote santo, sin tu diácono, tú que nunca ofreces el sacrificio sin ministros? Algo en mí te ha desagradado? Me has encontrado mal hijo? Dame la prueba de que has elegido un buen diácono: Aquel a quien has confiado el ministerio de la sangre del Señor, con el cual compartes los sacramentos, le negarás comulgar en el sacrificio de tu sangre? Presta atención y no cometas un error, tú, de quien se alaba la fuerza de su entereza. El desprecio del discípulo es la vergüenza del maestro… Abraham ofreció su hijo y Esteban precedió a Pedro. Ahora tú, Padre, muestra tu fuerza en tu hijo, ofrece a aquel a quien has formado, a fin de que alcance la corona del martirio, sin haber cometido falta y acompañado, como corresponde, a su obispo.»

       Sixto respondió a Lorenzo: «No te olvido, hijo, ni te abandono. Sino que te dejo librar combates más grandes. Yo soy viejo y no puedo sostener sino una lucha ligera. En cuanto a ti, eres joven y te queda un triunfo más glorioso para obtener. Vendrás pronto. Seca tus lágrimas. En tres días me seguirás…» Tal era el debate, cuya grandeza vemos, en que el sacerdote y el diácono luchaban por saber cuál sufriría primero por el nombre del Señor.

       Tres días después, Lorenzo fue arrestado. Se le pidió entregar los bienes y tesoros de la Iglesia. Él prometió obedecer. Al día siguiente, volvió con pobres. Se le preguntó dónde estaban los tesoros que debía llevar. Él mostró a los pobres diciendo: He aquí los tesoros de la Iglesia. Qué mejores tesoros tendría Cristo que aquellos de los cuales fue dicho: «Lo que hagáis a uno de estos pequeños, es a mí a quien lo hacéis.» Lorenzo mostró estos tesoros y fue vencedor porque el perseguidor no tuvo ninguna gana de quitárselos. Pero en su furia, lo hizo poner en una parrilla. Quemado, decía: «Ya está cocido, voltéame y come si tu quieres», mostrando por la fuerza de su corazón que no temía el ardor del fuego.

San Ambrosio. Pasión de san Lorenzo, mártir, in: Lectionnaire pour les dimanches et pour les fêtes, Jean-René Bouchet, op –traducción privada–

Zurbarán, San Lorenzo, 1637-1639