Comentario al Evangelio de la Fiesta de la Ssma. Trinidad

Fiesta de la Santísima Trinidad. 

Ciclo  B

30 de mayo de 2021 

Icono de la Ssma. Trinidad. Andrei Rublëv

Icono de la Ssma. Trinidad. Andrei Rublëv

Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo
 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo          28, 16-20 

    Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.

    Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Luego de celebrar, durante cincuenta días, a Jesús resucitado, don del Padre a la humanidad y habiendo celebrado la plenitud del tiempo pascual con la venida del Espíritu Santo, la Iglesia nos invita, en este domingo, a celebrar a nuestro Dios en sus tres personas.

El Evangelio de hoy nos presenta, quizá, una de las imágenes más bellas y profundas de toda la Biblia.

Cuántos intensos momentos vivieron los discípulos con Jesús en Galilea. Años de hacer camino juntos, años de contemplar tanto bien hecho por Jesús, años de revelación, de saberse amados. Ahora vuelven allí, a donde todo había comenzado, van a reencontrarse con el Maestro. Suben a la montaña y ahí lo ven. Se postran ante Él. Jesús resucitado se acerca a ellos y, antes de partir, les revela lo esencial de nuestra Fe.

Nuestro Dios es un Dios de amor. El Padre ama con todo su ser a su Hijo. El Hijo es todo para el Padre. En un amor que todo lo abarca, amor infinito, eterno e inconmensurable que se hace persona en el Espíritu Santo. La Trinidad es la plenitud del amor y, por eso, la expresión de perfecta unidad.

Jesús no sólo les revela la identidad más profunda de Dios. Les da su poder, y hoy nos lo da a nosotros, para que hagamos de todos los hombres sus discípulos, partícipes para siempre de esa vida en el amor. Bautizar significa sumergir. Somos hombres y mujeres insertos, sumergidos, en la vida trinitaria. Somos en Dios. En Él nos movemos y existimos. Somos amados por el Padre con el mismo amor que el Padre ama a su Hijo. Fuimos hechos hijos en el Hijo y el Espíritu Santo, el espíritu del amor ha tomado cuenta de nuestra vida. El Señor estará con nosotros hasta el último día de nuestra existencia, hasta el último lugar en el que estemos. Somos amados con un amor universal. Nadie queda fuera de este amor, absolutamente nadie.

En este tiempo de la historia, esta experiencia central de nuestra Fe sostiene nuestro caminar. A la vez ilumina nuestra existencia. Con cuánto dolor contemplamos la pérdida del sentido del bien común. Vemos una humanidad y una Argentina fragmentada, desunida. No basta buena voluntad para ser una Nación unida. Necesitamos ir al origen de nuestras divisiones. Y ahí encontraremos nuestro espíritu de dominio que, como decía San Vicente Pallotti, es la peste de toda comunidad. Ahí encontraremos nuestras vanidades y soberbias, veremos el sálvate a ti mismo, el imponerse ante los demás, el desinteresarse de la carne sufriente, encontraremos la mentira, la corrupción y la injusticia. Veremos nuestras heridas no elaboradas que se expresan en violencia y envidia. Hemos perdido lo que verdaderamente vale y le da sentido a todo vivir. Hemos, en muchos casos, renunciado al amor.

A la vez, cuánto compromiso con el bien de los demás, encontramos en lo oculto y sencillo de cada día. Dentro de los límites visibles de la Iglesia o fuera de ella, hay una enorme cantidad de hombres y mujeres, de jóvenes y adultos, que viven haciendo el bien y sueñan cada día con una sociedad diferente. No los mueve un interés partidario, ganar una elección, ser vistos y aplaudidos, tener poder político, zafar de la sanción merecida por sus vidas corruptas, tapar el mal y llamar bien al mal. Les mueve amar. Hombres y mujeres que sabiéndolo o no, están realizando aquello para lo cual fueron llamados a la vida: ser imagen y semejanza de un Dios que es amor. Hombres y mujeres que viven la vida de Dios y, por eso, aun en medio del dolor y las tinieblas, son hondamente felices.

Celebremos a la Trinidad en este día. Celebremos, sobre todo, ser parte de esa Trinidad. Celebremos el don del amor que nos sostiene y hace de nuestra existencia una vida plena de sentido. Celebremos la alegría de la unidad, fruto de nuestra maduración en la Fe.

Una bendecida fiesta de la Santísima Trinidad,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

SALMO RESPONSORIAL            Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22 (R.: 12b)

R. ¡Feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia!

La palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.

La palabra del Señor hizo el cielo,
y el aliento de su boca, los ejércitos celestiales;
porque él lo dijo, y el mundo existió,
él dio una orden, y todo subsiste. R.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.

Nuestra alma espera en el Señor:
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti. R.