
«Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti
para prepararte el camino.
Una voz grita en el desierto:
Preparen el camino del Señor,
allanen sus senderos,»
así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
La conversión consiste en dejarlo entrar a Dios a nuestras vidas, no como un simple huésped, sino como el amor absoluto que colma todas nuestras ansias de ser amados.
Convertirse es abrirle el corazón a Jesucristo, el único que puede cambiar nuestra vida, darle un nuevo sentido y llevarla por sendas de plena realización.