Audio: Algunos sentimientos y pensamientos en este tiempo de pandemia
Buenos Aires, 19 de abril de 2020
SIMPLEMENTE COMPARTIENDO…
En esta semana de la octava de la Pascua, varias veces vino a mi mente la indicación del ángel, y del mismo Jesús, a las mujeres: No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán (Mt 28,10).
En Galilea comenzó todo. Ahí, junto al lago, fueron llamados los primeros discípulos. Allí iniciaron juntos una historia de vida y misión compartida. En ese lugar, Jesús resucitado quiso encontrarse con ellos. Donde todo comenzó, celebraron la verdadera Pascua en el encuentro con Jesús resucitado. En ese momento de dolor y temor, de confusión y desánimo, los invita a volver al inicio, a los primeros llamados, a ese encuentro primero con Él.
Pascua es volver al comienzo y mirar desde ahí todo el camino recorrido, a la luz de la resurrección. Es mirar toda nuestra vida, nuestros momentos de alegría y dolor, nuestros esfuerzos y nuestros descansos, nuestros encuentros y nuestros desencuentros, nuestros éxitos y frustraciones, nuestras entregas por amor y nuestras infidelidades, nuestras fortalezas y nuestras debilidades, a luz de la Pascua, a la luz de Cristo resucitado. La resurrección de Cristo resignifica toda nuestra vida, le da sentido trascendente y de eternidad a todo lo que vivimos, transforma toda muerte en vida. Su resurrección es nuestra resurrección.
Galilea era llamada la Galilea de los gentiles. Era el lugar en donde habitaban mujeres y hombres de diferentes culturas y diversas expresiones de fe. La idolatría convivía con la fe en el Dios de Abraham. Era la Galilea de los paganos, de los excluidos, de los despreciados. ¿Puede salir algo bueno de Nazaret? El Resucitado quiere encontrase con sus discípulos allí, no en Jerusalén, no en el templo.
Hoy encontrarlo a Jesús resucitado implica no quedarnos encerrados en nuestros templos, en la seguridad de nuestros ritos y tradiciones, en nuestras instituciones, en lo que siempre hicimos. Hoy se nos invita a encontrarlo de una manera renovada en nuestros hogares, entre los nuestros. Jesús vive en nuestra ciudad tan desolada. Hoy Jesús nos invita a encontrarnos con Él en las periferias existenciales: en los jóvenes manipulados por el comercio de drogas, alcohol y sexo; en los chicos de la calle sin un futuro seguro; en tantas personas mayores que viven en soledad, descartados de la sociedad; en tantas personas que no consiguen encontrar sentido a sus vidas; en tantos padres y madres que no pueden llevar alimento para sus hijos. Jesús está en los medios de comunicación social, en las redes, ahí donde la gente se encuentra. Está en las periferias de la existencia humana. Jesús se manifiesta en la diversidad de culturas y en aquellos que, aunque lo nieguen, lo buscan inconscientemente. En los que no perdonan porque no fueron amados, en un mundo conflictivo y paradojal. Hoy lo encontramos a Jesús resucitado en la generosidad de los que cuidan la vida incluso arriesgando su propia vida. Quizá hombres y mujeres que no comparten nuestra misma Fe. En el amor creativo de los que comparten alimentos, cocinan para otros, donan sus bienes, generar espacios en donde el pan se multiplica. El esfuerzo en común que va abriendo caminos de salud…
Esta pandemia es universal, llega a todos. No todos pueden enfrentarla de la misma
manera. Una cosa es tener una casa en donde me puedo mover y cuidar. Otra cosa
es una precaria vivienda en donde varios comparten un único ambiente y, muchas
veces, una sola cama. Una cosa es aquel que puede alimentarse y generar defensas.
Otra, son aquellos que el hambre y la falta de acceso a la salud los hace mucho más
vulnerables. Esta pandemia nos invita a pensar un mundo diferente en donde las
riquezas que Dios nos dio puedan ser distribuidas con más justicia y sentido solidario
¿Podemos sostener un mundo en donde unos muy pocos poseen la inmensa mayoría
de la riqueza de la humanidad? Un mundo en donde los alimentos alcanzarían para
todos, pero una tercera parte de la humanidad está sumida en la miseria y la
precariedad. Esta crisis nos tiene que mover a un serio replanteo.
Esta pandemia nos lleva a ver que somos una única humanidad y que lo cada uno
hace o deja de hacer influye en todos los demás. Hay un bien común que es mucho
más que la suma de bienes individuales. Un bien común del que depende nuestra
posibilidad de seguir viviendo. Poder entender que sólo me cuido verdaderamente,
cuando cuido al otro. Ver que el dinero nos puede dar muchas mejores condiciones
y posibilidades para superar esta pandemia pero que, en definitiva, no nos asegura
sobrevivir. Esta pandemia nos tiene que llevar a volver a decir con fuerza: otro
mundo es posible. Nosotros, los discípulos de Jesucristo, estamos llamados a ser
semilla y levadura de ese otro mundo. No somos los únicos que lo construiremos,
pero hemos sido herederos de una Palabra que todo lo transforma y lo cambia.
Jesucristo es la Palabra, su vida abre camino a una vida nueva, a una humanidad
diferente. Los discípulos, luego del encuentro con Jesús resucitado no le pidieron
que los sacara de este mundo, que no tuvieran que padecer. Le pidieron la fuerza del
Espíritu para anunciarlo aun en medio de la persecución. Pudieron hacer realidad lo
que nunca hubiesen pensado que podrían llegar a hacer.
Esta pandemia nos está mostrando cómo hemos dañado la naturaleza. Cuando los
hombres nos retiramos, vuelven a ocupar su lugar las aves y los peces, los ríos
aparecen más limpios y el aire mucho menos contaminados. La conversión pascual
pasa por asumir el cuidado de la casa común. Hoy estamos llamados a integrar la
dimensión ecológica en nuestra vida de fe, en nuestra espiritualidad. Darnos cuenta
de que la explotación egoísta, monopólica, criminal, de la naturaleza, nos enferma a
todos de una dolencia no sólo corporal sino también psíquica y espiritual.
Me pregunto además si, ante el distanciamiento social, con la limitación de
expresiones corporales (beso, abrazo, apretón de manos…), no estamos llamados a
abrirnos a una comunicación más desde lo profundo, explicitando en palabras, lo
que antes se daba de forma implícita. Generando espacios de escucha y contención
en donde podamos compartir nuestro sentir y pensar, nuestros gozos profundos y
nuestras hondas preocupaciones, nuestros ideales y anhelos. En donde el vínculo se
dé desde la interioridad, superando la superficialidad de lo meramente sensitivo. En
donde el signo no se vacíe de su contenido más profundo. En donde la expresión
muestre el auténtico afecto y cuidado del otro. En una sociedad tan genitalizada y
hedonista, somos invitados a comunicarnos desde la integridad de nuestra persona,
en donde sólo hay vínculo auténtico desde un amor gratuito y libre de toda búsqueda
de compensación.
Un virus imprevisiblemente nos atacó generando en el mundo miles de muertos y
mucho dolor. Un virus que no conseguimos controlar. Una situación imprevisible
alteró nuestras vidas. No estaba en nuestros planes y nos cambió totalmente la
forma de vivir, nos llevó personas amadas de las que no nos pudimos despedir, no
generó una incerteza sobre cómo seguirá la vida después de esto. Un acontecimiento
imposible de controlar. Un golpe atroz a nuestro egocentrismo, a nuestra
omnipotencia. En un momento de la historia en donde la tecnología avanzó en un
aceleramiento como nunca se había dado, en el tiempo en que estamos todos
conectados y hemos hecho del mundo una aldea universal, en un momento en
donde nos sentimos dioses, surge un virus que no vemos y que está dominando
nuestras vidas ¡Qué golpe a nuestro narcisismo! Nos llenamos la boca con palabras
como “empoderamiento”, “construcción humana”, “manejo de la realidad”.
Comenzamos a decidir quién vive y quién no, quién puede nacer y quién debe morir.
Decimos con toda tranquilidad que somos dueños de nuestra vida y nuestro cuerpo,
sin tener en cuenta la vida y el cuerpo del que no puede decir: “no me mates”. Los
poderes políticos y económicos deciden donde hay que controlar los nacimientos y
dónde hay que eliminar gente. La carrera armamentista es todo un éxito. Los
mercados generan ricos cada vez más ricos y pobres cada más pobres. Nosotros,
habitantes de este planeta en este siglo XXI, tan poderosos nos sentimos y, en un
momento, nadie puede poner fin a tanta muerte y destrucción.
¿No será que nos hemos puesto en un lugar que no nos corresponde y la realidad
nos está acomodando? Nos creímos los creadores del mundo y quisimos imponer
nuestras propias leyes sin darnos cuenta de que la creación ya tiene sus propias
leyes.
Ante lo no controlable, experimento la urgente necesidad de asumir la aceptación
de nuestros límites: no somos dioses, nos necesitamos unos a otros, no lo
construimos todo, nos precede el don de la creación y de la vida. Somos seres
engendrados y creados que formamos parte de una realidad que nos trasciende.
Dejar que Dios sea Dios. Somos partícipes de su obra creadora y protagonizamos la
vida desde la participación en su vida. Volver a contemplar y agradecer la obra de
Dios. Descentrarnos de nuestro yo. Volver a experimentar la alegría del don, de lo
dado, de lo que nos fue regalado por el Señor de la vida. Crear con Él y desde Él.
Entregarle el control de nuestra historia, poniéndonos en sus manos amorosas de
Padre. El actuar amoroso de Dios, su Gracia, no es un premio a nuestra virtud, es el
fundamento de nuestro actuar. Todo parte de Él, todo es para Él, todo es por Él. Él
lo sabe todo, nosotros sabemos muy pocas cosas. Ser hombre de fe es dejarnos
conducir por su misterio de amor eterno y desbordante. Dejar que Dios se realmente
Dios para nosotros. Sólo Dios es Dios y en Él está el centro de nuestras vidas.
Cuando Jesús resucitado aparece a sus discípulos, le muestra sus llagas. Ellas no
habían desaparecido. La resurrección no borra nuestras heridas, les da un nuevo
sentido. La resurrección no hace desaparecer nuestras llagas, la glorifica, haciéndolas
parte de un camino de salvación que finalizará en el encuentro definitivo con Aquel
que nos ama con amor eterno y en el encuentro definitivo con todos los que
amamos.
Simplemente quise compartir con ustedes lo que siento y pienso en estos días.
Gracias por la escucha y un bendecido tiempo pascual,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
