II Domingo durante el año
CICLO A
19 de enero de 2020.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (1, 29-34)
Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede,
porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo».
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
Palabra del Señor
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Finalizado el tiempo de Navidad, iniciamos el tiempo litúrgico llamado Durante el Año. En él, no hacemos memoria de un misterio concreto de nuestra salvación, como en el tiempo de Navidad o de Pascua, sino que vamos recordando y celebrando los diferentes momentos de la vida del Señor. La Palabra proclamada cada día nos presenta alguna dimensión de la vida de Cristo a ser celebrada y encarnada en nuestra vida.
En este domingo nos encontramos de nuevo con la persona de Juan Bautista que nos señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
El Cordero representaba mucho para el pueblo de Israel. En cada Pascua sacrificaban y comían un cordero como memoria del cordero pascual liberador, sacrificado al salir de Egipto, cuya sangre los salvó de la muerte (Ex 12, 46). El cordero expiatorio era, para el pueblo de Israel, la imagen brindada por Isaías, del manso servidor del Señor que se ofreció en sacrificio por los pecados (Is 53, 7-12). Era el animal que se ofrecía diariamente en el templo implorando el perdón de Dios. Les recordaba, también, el animal que fue ofrecido en sacrificio en lugar de Isaac, imagen del Hijo y de un Dios providente en su amor (Gn 22, 9-14). Lo cierto es que, ahora, este Cordero, no sólo es memoria salvífica o invocación del perdón; se trata del Cordero que tiene el poder de quitar el pecado. Ya no solamente se ofrece mansamente por los pecados sino que su mansa obediencia lo lleva a quitar el pecado del mundo. Juan Bautista nos presenta, de este modo, al verdadero Salvador del mundo.
La actividad de Juan Bautista, en su momento, tuvo mucha resonancia. Se hacía necesario recordar que él no era el Mesías sino aquél que tenía que preparar el camino del Señor y dar testimonio de Él.
La figura de Juan Bautista es como un símbolo, una parábola, de lo que estamos llamados a ser cada uno de nosotros. No somos los salvadores del mundo, somos aquellos que fuimos llamados por Dios para hacer presente en el mundo y en la vida de cada uno de nuestros hermanos a Aquel que puede realizar la salvación en cada uno de nosotros: Jesucristo. No somos la palabra de vida; somos la voz en la que la Palabra tiene que hacerse presente. Jesucristo es el protagonista de toda historia de salvación; el único capaz de rescatarnos de los lazos de la muerte, darle sentido a toda nuestra vida y abrirnos el camino a la eternidad. Él es la vida; nosotros somos llamados a acoger esa vida y a ser testigos de ella en el mundo.
Qué bien nos hace recordar que sólo Dios es Dios y que cada uno de nosotros ocupamos un lugar de mediación. El colocarnos en lugar de Dios implica, muchas veces, querer controlarlo todo, asumir responsabilidades que no nos corresponden, pretender ser el salvador de todo y de todos.
Nosotros anunciamos como Salvador a Aquel por quien nos experimentamos amados, perdonados y redimidos. Somos llamados a dar testimonio no de nuestra propia perfección, de nosotros mismos, sino del actuar de Dios en nuestras vidas y en la historia. Estamos llamados a ser testigos del amor misericordioso de Dios en un mundo tan necesitado de Él.
Cuando nos reconocemos, como Juan Bautista, testigos del único Salvador, nuestra existencia se ubica en su verdadera dimensión, aquietamos nuestras ansiedades y nos podemos disponer, con más alegría interior y confianza en la providencia de Dios, a realizar la misión que Él nos encomienda.
Un bendecido domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL (39, 2 y 4ab. 7-8. 9. 10 (R.: 8 y 9c)
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Esperé confiadamente en el Señor:
Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.
Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.
«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón». R.
Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.