COMENTARIO AL EVANGELIO

XVII domingo durante el año

Ciclo C
28 de julio de 2019

La Santísima Trinidad. Francisco Caro
La Santísima Trinidad. Francisco Caro

Han recibido el espíritu de hijos… 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas           11, 1-13 

    Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».

    Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:
        Padre, santificado sea tu Nombre,
        que venga tu Reino,
        danos cada día nuestro pan cotidiano;
        perdona nuestros pecados,
        porque también nosotros perdonamos
        a aquellos que nos ofenden;
        y no nos dejes caer en la tentación».

    Jesús agregó: «Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,» y desde adentro él le responde: «No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos».

    Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

    También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

    ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?

    Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!» 

Palabra del Señor

Queridas hermanas y queridos hermanos:

El Evangelio según san Lucas, nos presenta una versión reducida del Padre Nuestro con relación a la de Mateo. Incluso lo ubica en otro lugar. Mateo lo inserta en el sermón del monte; Lucas lo coloca en este camino de Jesús hacia Jersusalén. Mateo presenta siete peticiones, Lucas, cinco. Recordemos que el Evangelio de Mateo está destinado a una comunidad cristiana proveniente del judaísmo y, en este contexto, el número siete tiene mucha significación. Las dos peticiones que Mateo agrega: hágase tu voluntad y líbranos del mal, son ampliaciones de lo ya pedido. La Iglesia asumió la redacción de Mateo como su oración. Lo cierto es que Jesús no quiso simplemente dejarnos una fórmula sino enseñarnos a rezar.

A veces, no sabemos cómo rezar. Todos necesitamos a alguien que nos guíe en el camino del encuentro con el Señor. Jesús, con sus actitudes y palabras, se convierte para nosotros en un verdadero maestro de oración. Muchas veces aparece en los Evangelios rezando. Los discípulos lo ven y le piden que les enseñe a hacerlo. ¿Cómo habrá rezado Jesús? ¿Cuáles habrán sido sus palabras y sus gestos? Algunas de sus oraciones las conocemos por medio de los Evangelios, otras han quedado en el secreto de su intimidad con el Padre.

En el Padre Nuestro, Jesús nos revela la actitud más profunda que debemos tener en la oración: la de hijos ante un Padre de amor eterno y desbordante. Vivimos en Cristo y en Él somos verdaderos hijos de Dios. El Padre nos ama con el mismo amor que ama a su Hijo porque somos parte de Él. Es desde esa comunión con Cristo que nos dirigimos al Padre.

Las oraciones del Antiguo Testamento están dirigidas al Señor, a mi Dios. Ahora Jesús nos introduce a una relación más íntima y personal: Dios es en verdad nuestro Padre. De ahí, que la primera condición para rezar es la confianza. Por eso, Jesús nos invita a ser insistentes. Se trata de rezar partiendo de la convicción de que Dios siempre nos va a dar lo que verdaderamente necesitamos, aunque no siempre nos dé lo que queremos; que nos va a dar siempre lo que es bueno para nosotros, aunque no coincida con nuestros deseos y planes. Dios no tiene ninguna obligación para con nosotros, pero no puede dejar de escucharnos porque es padre y un padre de amor total y eterno. Él nunca nos negará el don más preciado: el Espíritu Santo, don de fortaleza y luz, de consuelo y esperanza. San Gregorio dice que la dilación del cumplimiento del deseo confirma el deseo: si lo que deseamos es de Dios, permanece y madura en el tiempo; si no es de Dios, desaparece.

Luego de reconocer la santidad del Padre, Jesús nos enseña a pedir que venga su Reino. Esto es fundamental para nuestra vida. El Reino de Dios es el Reino del amor. Por eso, en la medida en que el Reino de Dios crece en nosotros y entre nosotros, va desapareciendo todo lo que nos hace sufrir: las injusticias, las violencias, las divisiones, las inseguridades… Fijémonos en el ejemplo que pone del amigo. Este amigo le va a pedir pan para darle de comer a su hijo que llega de viaje, pide para atender a otro. La oración cristiana tiene que estar movida siempre por la búsqueda del bien de todos.

Necesitamos cotidianamente el pan que alimenta nuestro cuerpo. También necesitamos el pan de su Palabra, el pan de la Eucaristía, el alimento de su amistad.

Hay una relación estrecha entre el perdón de Dios y nuestra capacidad para perdonar. Sólo el que se experimenta perdonado por Dios puede perdonar; porque Dios es siempre misericordioso con nosotros, no podemos negarle misericordia a nuestro hermano. A la vez, cómo podemos pedir perdón cuando no somos capaces de perdonar. Son las dos experiencias más liberadoras de la vida humana: vivenciar el perdón de Dios y poder, con su Gracia, perdonar de corazón a los demás.

Le pedimos no caer en la tentación. Ser humilde es reconocer que sin Dios no podemos vencer el mal que hay en el mundo y en cada uno de nosotros.

Rezar es ofrecerle a Dios todo lo que vivimos cotidianamente en actitud de agradecimiento, invocarlo a lo largo del día, elevar nuestro pensamiento y abrirle el corazón en todo momento. Para poder vivir esta oración continua y cotidiana, necesitamos de espacios prolongados para estar con Él, hablarle y escucharlo, pedirle y abrirnos a su Palabra. Rezar es dejar que esa Palabra penetre hasta lo más íntimo de nuestra persona. La Palabra siempre nos trae novedad de vida.

Rezar es alabar y agradecer, confiar y entregarle al Señor nuestras vidas para que haga su voluntad en ellas.

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina 

 

SALMO                                                                  Sal 137, 1-3. 6-7a. 7c-8

R. ¡Me escuchaste, Señor, cuando te invoqué!

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque has oído las palabras de mi boca,
te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo. R.

Y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa ha superado tu renombre.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma. R.

El Señor está en las alturas,
pero se fija en el humilde
y reconoce al orgulloso desde lejos.
Si camino entre peligros, me conservas la vida. R.

Tu derecha me salva.
El Señor lo hará todo por mí.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos! R.