
Este cuatro de julio celebramos un nuevo aniversario de la entrega testimonial de nuestros cinco hermanos palotinos: Alfredo Leaden, Pedro Dufau, Alfredo Kelly, Salvador Barbeito y Emilio Barletti. Los tres primeros sacerdotes. Salvador había hecho su primera profesión temporal. Emilio era postulante.
Como siempre decimos, su muerte se explica dentro del contexto de la mayor dictadura que sufrió nuestro país en toda su historia y el anhelo de los cinco de vivir los desafíos del Concilio Vaticano II y de los Documentos finales de Medellín, de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana.
En un tiempo en donde se vivía el peor de los terrorismos, el realizado por el mismo estado, en donde se decidía desde el poder quien tenía derecho a vivir y quién no, en donde se imponía el orden a través de la tortura y la desaparición de personas, ellos proclamaron el Evangelio del respeto a toda vida, el Evangelio de Jesucristo.
No murieron defendiendo una bandera partidaria ni una ideología. No murieron defendiendo la vida de algunos. Eran personas que tenían diferentes miradas sobre los acontecimientos sociales y políticos. Los unía el amor a Jesucristo y a su pueblo, la pasión por el anuncio del Evangelio y la defensa del valor de la vida.
Este aniversario nos vuelve a animar en el camino del anuncio de Jesucristo. Nos vuelve a decir que todos nosotros somos discípulos misioneros del Señor. Nos compromete a defender la vida desde su concepción hasta el llamado del Señor a participar de la plenitud del Reino.
Nos vuelve a convocar a ser hombres y mujeres constructores del Reino de la justicia y la fraternidad, único camino hacia la paz.
Nos dice que sólo Dios es Dios y que nosotros estamos llamados a contemplar su obra creadora y redentora y a construir la vida desde la fidelidad a su voluntad.
Hoy, con los cinco, le decimos que no a toda forma de violencia. Hacer memoria de ellos nos lleva a decirle que sí a vivir como hermanos, a sentirnos interlocutores en la fe. La vida y la entrega de ellos nos invitan a asumir nuestra vocación profética como ellos lo hicieron, asumiendo los valores del Evangelio y no mimetizándonos con lo que la cultura nos impone. Hombres libres que no hacen del Evangelio una ideología y no lo adaptan a las modas del pensamiento. Hombres y mujeres que no le echan agua al Evangelio, negociando valores innegociables, como el respeto a la vida, la honestidad en la función pública, la libertad en la administración de la justicia.
No seríamos fieles a ellos si no perdonáramos como ellos nos enseñaron. Un perdón que no significa impunidad, que pasa por la verdad y la justicia. Querer honrarlos y, a la vez, levantar la bandera de la venganza es no haber comprendido su mensaje. Usar sus nombres para reivindicar posturas partidarias es no haber entendido el valor de la sangre derramada.
Murieron por el Reino de Dios que se teje desde lo cotidiano de nuestros vínculos y estructuras sociales y que nace en los corazones que se abren a la conversión que Jesucristo nos ofrece y que se realiza por la acción de Dios en nuestras vidas.
Haciendo mi declaración, los otros días, ante el tribunal que actúa en el proceso de beatificación, recordaba lo dialogado con Alfie el miércoles anterior al cuatro de julio. Coincidimos en llegar a la misma hora a la casa. Era de noche. En un momento a Alfie se le cayó el rosario y comenzamos a hablar sobre el lugar que esta práctica de piedad ocupaba en nuestras vidas. La conversación fue girando hacia una situación que se estaba viviendo en el colegio y Alfie me expresaba su deseo de crecer en el perdón y cómo se lo pedía a Dios. Me decía cómo estaba experimentando el actuar de Dios en su vida y la admiración que sentía por Alfredo Leaden al ver como él podía perdonar con espontaneidad. Como postulante, quedó grabado para siempre en mí, el testimonio de un sacerdote que buscaba el camino del perdón, que confiaba en la acción de la Gracia en su vida y que sabía contemplar la bondad de un hermano de su comunidad.
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC