V DOMINGO DE PASCUA
Ciclo C
19 de mayo de 2019

Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros,
dice el Señor
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 31-33a. 34-35
Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.»
Palabra del Señor
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Jesús se está despidiendo. Este discurso se encuadra dentro del género llamado testamento. Este género está bien arraigado en la literatura bíblica (Ver: Gn 49, Dt 32-33, 1 Sm 12, 2 Sm 23, 1 Re 2) y en la literatura profana de la época. Se trata de las últimas palabras pronunciadas por alguien, antes de la partida y dirigidas a los seres queridos. Se suelen entremezclar recuerdos, consejos, instrucciones. En las últimas palabras se expresa, por lo general, aquello que se quiere que perdure, que quede como herencia. El mandamiento nuevo se encuadra dentro de este contexto.
Él nos “da” el mandamiento nuevo. Juan usa el verbo: didonai, que significa don, regalo. El mandamiento del amor es un regalo de Dios, es don de Dios. Él lo hace posible.
Tiene una dimensión cristológica: como yo los he amado. Así como una dimensión eclesiológica: los unos a los otros (lo repite tres veces).
El vocablo que usa para decir mandamiento significa revelación de la voluntad de Dios. Esto es lo que Dios quiere de nosotros.
Usa el singular: mandamiento. Los judíos tenían más de seiscientos mandamientos. Llamaban Libro de Ley al que nosotros llamamos Biblia. El amor es el mandamiento fundamental, del cual dependen todos los otros mandamientos que, en el fondo, terminan siendo expresión de ese único mandamiento.
La palabra griega que se traduce como nuevo: kainos, no es sólo novedad en el tiempo sino también, novedad cualitativa. Indica una superioridad frente a lo anterior. En el sentido cronológico, el amor es un mandamiento antiguo, ya está en el Antiguo Testamento; es nuevo, porque implica una respuesta nueva en cada circunstancia de la vida. El amor implica siempre conversión, renovación, crecimiento. Es nuevo porque Jesús, como modelo de este amor, llega al extremo de dar la vida por aquellos que le están quitando la vida. Jesús es la perfección del amor. Ahora la medida del amor no es humana (hacer a los demás lo que queremos que los demás nos hagan); ahora, la medida es divina: Jesús es la medida del amor.
Es interesante ver cómo Jesús habla de glorificación, de participación en la gloria de Dios, en el momento en el que está próximo a dar la vida por amor. Entregar nuestra vida por amor al Padre y a los hermanos, nos lleva a la experiencia gozosa de la gloria de Dios. Fuimos creados para amar y cuánto más hondo es nuestro amor, más honda es nuestra alegría. La cruz fue para Jesús la consecuencia de su opción por el amor, la justicia y la verdad. Lo mataron porque le dijo no a la corrupción y a la soberbia de los que detentaban el poder. Por eso, la cruz fue el momento culminante de su amor a la humanidad y al Padre. En esa cruz, vivida como consecuencia del amor, encontró la gloria, la infinita alegría del encuentro con el Padre. El amor nos abre a la experiencia del cielo nuevo y la nueva tierra. Por eso, al despedirse, nos deja este mandamiento nuevo: lo encontraremos en cada gesto de amor. Ahí está su gloria, su presencia de luz que llena nuestra vida de alegría y paz.
El Papa Benedicto XVI nos ilumina enormemente, en este tema, en su primera Encíclica Deus Caritas est, promulgada el 25 de diciembre de 2005. Ahí nos señala dos dimensiones del amor:
- El amor de eros o amor de complacencia. Por él gozamos la presencia del otro como un bien en nuestra vida. No amamos su utilidad sino el bien de su persona. Es el amor propio de los esposos, el amor que da inicio al camino de la amistad, el amor que nos mueve a encontrarnos espontáneamente con alguien y disfrutar su presencia. Jesús disfrutó de la amistad, de la mesa compartida con sus seres queridos, de la fiesta familiar. Dios nos ama con un amor de complacencia y nosotros, también, somos invitados a gozar de su presencia en nuestras vidas.
- Una segunda dimensión, es el amor de ágape o de donación. Nuestra realización más profunda está en comprometer nuestra vida con el bien de los demás. Fuimos creados a imagen de Jesucristo quien vivió su vida en compromiso continuo con el bien de los otros, especialmente con aquellos que más sufrían. Nuestro verdadero bien es el compromiso con el bien de cada persona que Dios pone en nuestro camino. Es la dimensión del perdón, del devolver bien por mal, de buscar para el otro el mismo bien que quiero para mí. Esta dimensión nos da la libertad de un amor no condicionado por la respuesta o por la compensación recibida. Purifica el amor de todo egoísmo y nos lleva a una experiencia fuerte de identificación con Jesús. Nos da la libertad, fruto del perdón, el no quedar esclavo de actitudes o situaciones vividas.
Vivir estas dimensiones del amor, como Jesús las vivió, llena nuestra vida de un profundo gozo.
Un bendecido domingo, en este tiempo pascual, para todos,
Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO Sal 144, 8-13a
R. Bendeciré tu Nombre eternamente,
Dios mío, el único Rey.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.
Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder. R.
Así manifestarán a los hombres tu fuerza
y el glorioso esplendor de tu reino:
tu reino es un reino eterno,
y tu dominio permanece para siempre. R.