IV DOMINGO DE PASCUA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan                  10,27-30 

En aquel tiempo, Jesús dijo:

      «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.» 

Leemos en Ezequiel 34,11.15-16: Así dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré mis ovejas… Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré descansar –oráculo del Señor–. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré las descarriadas; vendaré a las heridas, sanaré a las enfermas, a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré, como es debido, siguiendo su rastro. Jesús es ese pastor prometido por Dios. Es el pastor auténtico porque es una sola cosa con el Padre. Un pastor que nos conoce y nos ama. 

Esta es la buena noticia en este domingo: el Señor nos conoce. Conocer en la Biblia es entrar en la intimidad del otro, hacerse uno con el otro. Qué dura es la soledad cuando ésta nos aísla de los demás, cuando no encontramos a alguien que nos comprenda, cuando no salimos al encuentro del otro para generar vínculos de comunión y amistad. Jesús se hace uno con cada uno de nosotros. Él entra en nuestra soledad y la llena de su presencia. Y esta presencia se hace Palabra que le da sentido a nuestras vidas. Palabra que llenan nuestra soledad con la ternura y profundidad de su amor. Él es el verdadero pastor que nos cuida y provee nuestro alimento, el pastor que nos apacienta por verdes praderas. Cuando nosotros escuchamos su voz y lo seguimos recorremos siempre caminos de vida eterna. Una vida eterna que no sólo es prolongación en el tiempo sino vida con sentido, con significación, vida en el amor. Nadie nos podrá arrebatar de su mano.

Recordemos:

  • El Señor nos conoce y nos llama por nuestro nombre.
  • Él habita en nosotros y nosotros en Él.
  • Nos ama con amor eterno y nos conduce por caminos de vida eterna. 

Recemos para que el Señor nos de pastores que tengan su mismo corazón y lo hagan presente a Él, nuestro auténtico pastor.

Juan 10, 27-30-.jpg