COMENTARIO AL EVANGELIO

VIGILIA PASCUAL

DOMINGO DE PASCUA

Ciclo C
20 y 21 de abril de 2019 

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?
Resurreccion_Prado
La resurrección de Cristo. El Greco
VIGILIA PASCUAL 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 1-12 

    El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

    Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día»» Y las mujeres recordaron sus palabras.

    Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron.

    Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido. 

Palabra del Señor

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En este año, ciclo C, la Iglesia nos invita, en la noche de la Vigilia Pascual, a contemplar y meditar el anuncio pascual del Evangelio según san Lucas.

Las mujeres fueron al sepulcro con el dolor de la pérdida. Como cuando nosotros, a los pocos días de la partida de un ser querido, vamos al cementerio. Cuando llegan, se desconciertan; se encuentran con el sepulcro vacío. No ven al resucitado pero ven los signos de la resurrección. Reciben el anuncio de la resurrección de parte de dos personas, que por sus vestimentas, no parecen ser seres humanos sino enviados por Dios. Ellos las ayudan a hacer memoria de las palabras del Señor. La promesa se ha cumplido. ¡Ha resucitado! ¡La muerte fue vencida!

La muerte es una realidad dolorosa. En varias oportunidades Jesús aparece llorando frente a la muerte (Lázaro, el joven de Naím, la hija del jefe de la sinagoga). Es la pérdida visible, sensible, del ser querido. Es profundamente humano, el dolor que ella provoca. Tenemos que reconocer ese dolor y, a partir de ahí, dar lugar al duelo.

En los primeros libros de la Biblia se expresa el pesimismo ante el hecho de la muerte. El hombre es polvo y al polvo volverá. Parte del pueblo de Israel no esperaba nada después de la muerte. Otros judíos, influenciados por los griegos, creían en la inmortalidad del alma. Poco antes de la venida de Jesús, algunos judíos piadosos creyeron que Dios no podía ser infiel a su promesa y, por eso comenzaron a hablar de la resurrección final. Esta afirmación aparece en el libro de Daniel y en el segundo libro de los Macabeos. Los fariseos creían en la resurrección final.

Jesús hace clara referencia a su resurrección y a la resurrección de los muertos. Muchos textos del Nuevo Testamento hacen explícita manifestación de esta verdad de fe.

Somos el cuerpo de Cristo. Por eso, somos partícipes de su muerte y de su resurrección. Ya participamos de la vida del resucitado porque vivimos en Él.  Un día, participaremos plenamente de su resurrección.

Una resurrección que no es sólo inmortalidad del alma. Resucitar es renacer a la vida nueva y eterna, es vivir la vida del resucitado, es ser revestidos de un cuerpo glorioso y habitar para siempre con el Señor. Cuando, en el Credo, proclamamos la verdad de nuestra fe, decimos: Creo en la resurrección de la carne. Todo nuestro ser participa del don de la resurrección.

Participar de la vida del Resucitado, es también participar de la vida nueva en el amor. El Señor asumió nuestra carne de pecado y la reconcilió definitivamente con el Padre. Su muerte fue consecuencia de su opción por el amor. Llevó a la humanidad al gesto supremo del amor: dar la vida. Pascua es muerte al pecado para renacer a una vida nueva. Esta es la fuente más profunda de nuestra felicidad. El Señor quiere regalarnos el don de un amor renovado. Así como la muerte nos entristece, también el pecado nos entristece. Pascua es pasar de la muerte a la vida, del pecado a la vida nueva en el amor.

¡Qué necesidad tenemos de ser profundamente felices! El encuentro con el Resucitado siempre transforma nuestras vidas, nos abre a la esperanza, da sentido a todo lo que vivimos, incluso a la muerte y al dolor, nos renueva en el amor.

Esta es la noche que transforma definitivamente nuestras vidas y nos abre a la luz del amor y de la eternidad.

 

DOMINGO DE PASCUA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan        (20, 1-9) 

    El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

    Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Los distintos evangelistas subrayan diferentes aspectos de la resurrección. No están interesados en hacernos un relato histórico sino en señalar los elementos constitutivos de nuestra fe, revelados por Jesús; por eso, no coinciden en el desarrollo de los acontecimientos.

En este relato vemos a una mujer, María Magdalena, que demostrando su amor al Señor, va muy temprano al sepulcro. Es el primer día de la semana, cuando todo comienza. La Resurrección del Señor hace nuevas todas las cosas. Con Él morimos al pecado y renacemos a una vida nueva. El asume nuestra carne de pecado y la lleva al gesto supremo del amor, dar la vida; de esa manera, nos reconcilia para siempre con el Padre.

María Magdalena se asusta: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Cuando parte un ser querido, tendemos a aferrarnos a lo que nos queda visible de él: sus pertenencias, su recuerdo, su cuerpo. Jesús no estaba allí, no lo busquemos entre los muertos. ¡La muerte fue vencida! No tiene poder sobre Jesús y, por Él, no tiene poder sobre nosotros. Pascua es el triunfo de la vida.

Con dolor, María Magdalena corre a buscar a Pedro y a los otros discípulos. Ellos van  y comprueban lo que ella les había dicho. Todavía no entiende lo sucedido.  Él discípulo amado: ve y cree.

Pascua es encuentro con el Resucitado. Encuentro al que estamos llamados todos los días de nuestra vida. Encuentro en el que Él nos manifiesta su amor y nos invita a amarlo. Nosotros somos sus discípulos amados y a nosotros nos pregunta cada día: ¿me amas? Y es en ese vínculo de amor que crece nuestra comunión con el Resucitado. Comunión que nos lleva a compartir la vida nueva en el amor. Comunión que nos abre a la Esperanza. El pecado y la muerte han sido vencidos y esto le da un sentido hondo y feliz a nuestras vidas.

Cuando los discípulos se encuentran con Jesús resucitado, sus vidas se transforman: perdieron el miedo, renació en ellos la alegría, volvieron a la comunidad e hicieron de sus vidas un anuncio permanente de Jesús resucitado. El encuentro con el Resucitado siempre transforma nuestras vidas, nos abre a la esperanza, da sentido a todo lo que vivimos, incluso a la muerte y al dolor, nos renueva en el amor y nos convierte en testigos gozosos del Evangelio.

Una feliz Pascua para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO    Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23

R. Aleluia, aleluia, aleluia.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos. R.