PASCUA: TRIUNFO DE LA VIDA. AMAR DESDE EL ÚLTIMO LUGAR

Nos estamos acercando al triduo pascual. La pascua da sentido a toda nuestra vida. Es muerte a la muerte y al pecado. Es vida nueva en el amor, es vida eterna. Celebramos la Resurrección de Cristo que es nuestra resurrección.
 
Les hacemos llegar una de las meditaciones que hicimos en el retiro, el sábado pasado, como material de oración para prepararnos al triduo pascual.
 
Una bendecida semana santa.

PASCUA: TRIUNFO DE LA VIDA
AMAR DESDE EL ÚLTIMO LUGAR

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

El_Lavatorio_(Tintoretto)

Vamos a compartir la última Cena del Señor. Cena de despedida, en la que nos deja el camino del amor. Compartiendo esta cena, nos preparamos a celebrar su muerte y resurrección, que es nuestra muerte y resurrección. En cada semana santa, no sólo hacemos memoria, sino que actualizamos el misterio pascual. Con Él morimos al pecado para renacer a una vida nueva. Con Él celebramos el don de la vida nueva, vida eterna y plena. Celebramos con júbilo el triunfo de la vida sobre la muerte.

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?». Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande
que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía.

Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi  Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy».

Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:

el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!

Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado.

(Jn 13, 1-9.12-17. 14, 1-6. 14-18.25-28. 15, 11-12)

Los amó hasta el fin…. Hasta el fin en el tiempo y hasta el fin en la intensidad. Todo en Jesús es amor. Toda su persona es donación. Nos ama a cada uno de nosotros con todo su ser.

El Evangelio de Juan omite el relato de la eucaristía. Desarrolla su sentido en el signo de la multiplicación de los panes, en el discurso del pan de  vida, en el capítulo seis. En lugar del relato de la institución de la eucaristía, coloca el gesto del lavatorio de los pies, signo de un amor total, hasta el extremo, hasta el fin.

El evangelista describe este signo de forma solemne, como a cámara lenta, le da un lugar destacado que nos invita a contemplarlo y meditarlo.

Lo realiza durante la cena. Esa cena era para ellos un momento muy especial. El compartir la mesa significaba, para un judío, crecer en la amistad, en el vínculo interpersonal. Esa, además, era una cena de despedida. Jesús se estaba despidiendo. Cuando alguien se despide quiere decir siempre lo más importante, lo que no hay que olvidar. Él nos lo digo a través del gesto del lavatorio de los pies.

Jesús se levanta, se saca el manto, toma la toalla y un recipiente con agua y comienza a lavarles los pies a sus discípulos.

Era tarea de los esclavos. Su amor lo ata para siempre a nosotros. Podemos negarlo, cerrarnos a su amor, escapar de Él. Él siempre estará ligado a nosotros como el esclavo a su señor.

Algunas veces, en señal de respeto, los discípulos podían lavar los pies al maestro. Nunca el maestro a un discípulo. Él les lavó los pies. Se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado. Hasta tomó nuestra carne de pecado para liberarnos. Sufrimos, Él también conoció el sufrimiento. Trabajamos, Él también lo hizo. Conoció el afecto, la vida familiar, el dolor de la traición y de la injusticia, el gozo de compartir la vida y amar.
Todo igual a nosotros.

Él, el Señor y el Maestro, toma la condición de servidor, del último… Nos ama desde ese lugar, el lugar del último. No quiere ningún reconocimiento, consideración, ocupa el lugar del olvidado, del no tenido en cuenta, del excluido. Carlos de Foucauld decía que nadie  puede ocupar el último lugar porque ya lo ocupó Él. Sólo podemos amar desde el último lugar cuando nos hacemos uno con Jesús.

Amar desde el último lugar no es tomar una actitud de falsa humildad, no es ausencia de autoestima. Muy por el contrario. En el último lugar reconocemos todos los talentos, capacidades, bienes que el Señor nos regaló. Lo miramos a Él como la fuente de todo bien en nuestra vida. Y le agradecemos y lo alabamos por eso. Como María decimos: el Señor ha hecho grandes cosas en mí y por mí. Desde el último lugar comprendemos que la vida tiene sentido, donándola. Todo lo que recibimos es para amar. Es dando que se recibe; entregándonos, crecemos. Amar con Cristo desde el último lugar es encontrar el sentido de la vida, el gozo y la paz en dar sin esperar respuestas inmediatas, reconocimientos, pagos. Es dar desde la libertad, sin estar esclavos de las devoluciones o contraprestaciones. Amar con amor de libertad es encontrar la alegría en el sólo hecho de amar. Es amar sin querer ser visto y reconocido, sin dominar, sirviendo al otro. Amar desde el perdón, como Jesús y con Jesús.

Pedro se niega. Jesús le dice que si no se deja lavar por Él, no compartirá su suerte ¿Cuál es la suerte de Jesús?: la muerte y el triunfo sobre la muerte, la resurrección y la glorificación, la suerte es la instauración del Reino del amor, el triunfo del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte. Dejate amar Pedro. Déjense amar. Ocupar el último lugar es dejarse amar sin demandar amor. Es recibirlo con gratuidad, sin exigirlo ni pedirlo siquiera.

En la casa del Padre hay muchas habitaciones, Jesús nos fue a preparar un lugar. Entendé Pedro, entiendan discípulos que Él no nos salva por el poder de las armas ni siquiera por el poder de las ideas. Nos salva por el poder del amor hecho servicio, un servicio totalizante de su vida. Sólo el amor nos salva. Sólo el que ama como Jesús y se deja amar por Él.

Esa noche les muestra y nos muestra cómo se forma comunidad, como somos familia… cuando amamos con todo nuestro ser, desde el último lugar….

Los invito en este momento a cerrar los ojos. Imaginemos que estamos con Jesús y con los discípulos en la última cena. Imaginemos el lugar…Imaginemos el rostro de cada uno de ellos… el rostro de Jesús… Estamos ahí, con sandalias en nuestros pies. Imaginemos a Jesús sacándose el manto, atándose la toalla a la cintura y tomando un recipiente con agua. Viene hacia mí, saca mis sandalias y comienza a lavarme los pies.

Contemplemos ese momento, ahora me está lavando los pies. Contemplemos la escena, sintamos el agua, el roce de sus manos, nos seca con la toalla… ¿qué sentimientos provoca esto en mí?

¿Nos dejamos amar por el Señor? Él es la fuente de agua viva. ¿Dejamos que su agua purifique nuestros pecados, fecunde nuestra capacidad de amar?

Contemplemos al ladrón que junto a la cruz reconoce la divinidad de Jesús y es perdonado. Quien reconoce a Jesús como Salvador es perdonado por Él.

En esa cena, el Señor nos promete tres cosas: el Espíritu Santo, la paz y el gozo, fruto del amor.

No nos dejó huérfanos… nos mandó el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el fruto de la Pascua. El Espíritu de Dios habita en cada uno de nosotros. Somos seres habitados por Dios. El Espíritu toma cuenta de todo nuestro ser: ilumina nuestra inteligencia, es el Espíritu de la Verdad. Mueve nuestra voluntad, es aire, soplo, fuego, nos pone en movimiento. Es el paráclito, el que no defiende, el que nos cuida, el que nos guía. Su
presencia nos hace sentir el calor de la ternura de Dios…. Nos amó hasta el fin no nos quiere dejar sólos, no estamos huérfanos… ninguno de nosotros está huérfano… Dios Padre Madre se ha hecho presente en nuestras vidas con toda la ternura de un amor desbordante.

Cerremos los ojos y contemplemos nuestro cuerpo, nuestra persona como un ser habitado por Dios….

Démosle gracias porque Él nos habita…..

Esta es la fuente de la paz… no estamos solos en la vida… el mismo Dios está en nosotros. Él nos purifica, perdona, absuelve todas nuestras culpas….ninguna culpa tiene más poder que Él, nos da la paz del perdón total…

Nos mueve al amor…. Es el Espíritu el que nos permite amar con su mismo amor… amor total… amar desde el último lugar… El Espíritu me hace servidor de todos, me permite perdonar como soy perdonado, amar como soy amado.

Ámense como yo los he amado….el Espíritu purifica nuestras vidas de resentimientos, desconfianzas, violencias… sana nuestras heridas. Es el fruto de la Pascua.

Pascua es muerte y vida. Es pasar de la muerte a la vida…

Contemplemos el rostro de esas personas con las que comparto la vida, las que Dios pone todos los días en nuestras vidas y a las que estoy llamado a amar. Dejemos pasar sus rostros por nuestra mente y nuestro corazón.

¿A quién tengo que amar y que no estoy amando, o tengo que amarlo
más?

¿A qué tengo que morir para poder amar con el amor de Jesús?

¿Qué tiene que renacer en mi vida en esta Pascua?

LE PEDIMOS AL SEÑOR ESTA GRACIA DE MORIR A LO QUE NO NOS DEJA AMAR CON SU MISMO AMOR Y PODER RENACER A UNA VIDA NUEVA.