Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13,1-9
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.» Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!» Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: «Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.»
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: «Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo.»
Pero el padre dijo a sus servidores: «Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.» Y comenzó la fiesta.
El hijo menor se aleja de su padre y toma un camino equivocado. Esta decisión de ruptura y abandono de la familia, con el tiempo, le provoca un intenso sufrimiento. ¿Qué hace ante su pecado? Lo reconoce y vuelve arrepentido a pedir perdón. No se queda mirando su pecado, no se cierra en su error, levanta la mirada hacia el Padre y regresa.
El padre apenas lo ve volver, sale a buscarlo. No le reclama nada; conmovido, lo abraza y lo besa. Ante el pedido del hijo, de que lo trate como a uno de sus sirvientes, el Padre le da mucho más de lo que este le pide: le pone el anillo y las sandalias, signos del hombre libre; lo vuelve a su lugar de hijo.
Así actúa el Padre Dios con cada uno de nosotros.
