Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 21-30
Jesús dijo a sus discípulos:
Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames…
Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.
La Palabra hoy nos mueve a tres actitudes: desear el bien, rezar por el que me hizo daño o me fue indiferente, hacer el bien al que me hizo mal.
Desear el bien implica sanar heridas, liberarnos de nuestros rencores, perdonar desde lo profundo. Entender que sólo Dios puede juzgar porque sólo Él conoce el interior del otro. Sólo Dios puede condenar porque sólo Él es santo.
Rezar por el que me hizo daño o me fue indiferente, significa dejar que Dios sea Dios, no querer ocupar su lugar. Es pedirle que Él actúe según su voluntad.
Hacer el bien al que me hizo mal es vivir la libertad en su grado más intenso. No actuar condicionado por la actitud del otro sino por aquello para lo cual fuimos creados y que nos hace auténticamente y hondamente feliz.
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