SAN VICENTE PALLOTTI FUNDADOR DE LA UNIÓN DEL APOSTOLADO CATÓLICO

En esta Fiesta de San Vicente Pallotti, queremos evocar su vida. Evocarlo es traerlo del pasado para hacerlo presente en el aquí y ahora. La evocación nos permite vivir nuestra vida desde esa maravillosa unidad entre el ayer y el hoy, nos regala el poder traer al hoy personas y situaciones del pasado, recreándolos en sus respuestas a la vida.

El Papa San Juan Pablo II, nos invitaba a vivir una fidelidad creativa. Ir al pasado para beber de esa fuente de vida que son los fundadores y los carismas que hemos heredado de ellos y, de esa manera, poder actualizarlos en el aquí y ahora de la historia. Actualizar no es reproducir. Actualizar es hacer actuante en el presente esa inspiración del Espíritu Santo que nos llega a través de nuestras fundadoras y fundadores, respondiendo a los signos de los tiempos.

Esto implica una mirada del pasado no “moralista”. Cada tiempo de la historia de la humanidad y de la Iglesia debe ser visto dentro de los contextos en que se desarrollaron. Muchas veces tenemos la tentación de juzgar moralmente al pasado desde la visión del presente. Eso es injusto. Fue ese pasado y la lectura sapiencial del mismo, lo que nos permite ver cosas en el hoy que no se pudieron ver en el ayer.

San Vicente Pallotti pudo vivir una respuesta profética a la historia. Los fundadores y las fundadoras pudieron ver, en su tiempo, aquello que estaba olvidado, aquello que faltaba para hacer del mundo un espacio más humano y, de la Iglesia, un pueblo más fiel a Jesucristo. Hombres y mujeres que miraron la realidad desde la experiencia de Jesús y del Evangelio. Contemplativos de Dios en la realidad, fueron percibiendo lo que el Espíritu Santo suscitaba como “novedad”, “buena noticia” olvidada y que necesitaba ser evocada para hacerla presente en la vida de los hombres. Hombres y mujeres proféticos que tuvieron la sensibilidad de ver lo que faltaba, dejando que el carisma, don del Espíritu, hiciera presente en la historia la Palabra que libera y da vida.

San Vicente Pallotti vivió en una Roma muy marcada por el clericalismo, la Roma de los Estados Pontificios, en donde la mayoría de sus habitantes eran miembros del clero. También en una Roma en donde los vínculos muchas veces se tejían desde la búsqueda del poder por el poder. Una de las pocas veces que San Vicente Pallotti usa un lenguaje duro, en relación con los demás, es cuando se refiere al espíritu de dominio, diciendo que quien esté animado por el mismo debe ser expulsado de la Pía Unión (la naciente Unión del Apostolado Católico).

En nuestras miradas y respuestas ante la realidad, en nuestras formas de pensar y de actuar, muchas veces se da ese entramado entre la búsqueda de la verdad y el querer imponerla, entre la búsqueda de lo que es justo y bueno y, a la vez, el anhelo de reconocimiento por aquello que hacemos. Un peligro siempre latente en nosotros es el vaciar nuestras vidas de sentido, no realizando aquello para lo cual Dios nos creo sino buscando lugares y espacios de poder y reconocimiento social.

Pallotti centró su mirada en Jesús, en aquel que vino a servir y no a ser servido. Contempló en Jesús la visibilidad del amor misericordioso y desbordante de Dios. Hizo la gozosa experiencia de saberse amado con un amor inconmensurable e infinito, misericordioso y gratuito. Se descubrió imagen de ese amor que siempre busca el bien de los demás. Por eso, expresó con toda claridad y sencillez que la transmisión de la fe, el anuncio de Jesucristo, era el mayor bien que podamos hacerle a los demás, la forma más profunda del amor. De ahí que todos nosotros somos llamados vocacionalmente a esta experiencia de amor que es el apostolado. Dándole al mismo dos características: la gratuidad y la universalidad. El apostolado es un lugar de entrega gratuita, desinteresada. Anuncia a Jesucristo aquel que se compromete en la misión evangelizadora sin buscar ningún reconocimiento, recompensa, espacio de poder. Nadie puede quedar afuera de esta misión y de recibir este anuncio. Todos somos invitados a amar desde los dones que Dios nos dio. Parafraseando a Romano Guardini, somos una palabra única de Dios, pronunciada para enriquecer al mundo desde nuestro ser único y original.

En un tiempo tan marcado por el mercantilismo y el individualismo, en donde muchas veces hacemos lo que hacemos en función de la retribución monetaria o de honores y consideraciones. En un tiempo de la historia en donde lo importante es que yo me realice sin tener en cuenta la vocación fundante de compromiso con el bien del otro, en donde las sociedades se configuran desde la convivencia de los “bienes individuales” y no desde el compromiso con el bien común, San Vicente Pallotti nos invita a pensar nuestra vida desde otro lugar, desde el lugar del Evangelio como buena noticia que nos lleva siempre a la vocación fundante de nuestras existencias. En un mundo en donde crece la violencia, la exclusión y la corrupción, San Vicente Pallotti nos invita a construir un mundo alternativo en donde el motor no sea el dominio o el lucro, sino la comunión y la humanización. En el mundo del “yoismo” y de la cosificación de los otros (meros objetos de mis necesidades), San Vicente nos llama a salir de nuestro yo, dando un sentido trascendente a nuestra vida, único camino de auténtica realización personal.

Esto implica tres actitudes:

  • Una mirada de la historia y de los excluidos como espacios teologales, en donde Dios nos habla y se nos manifiesta. Dios se encarna en Jesús, haciéndose plenamente hombre entre los hombres, llenando la historia con su presencia. El misterio de la encarnación del hijo de Dios torna el tiempo en kairós, manifestación de Dios en la historia. En esta historia de la humanidad, Jesús que se identifica con los que sufren (Mt 25) diciéndonos, incluso, que el recibir al pobre y excluido es recibirlo a Él y que el no recibirlo nos impide participar del gozo del Reino. San Vicente Pallotti se comprometió con los más sufrientes hasta el punto de querer ser alimento y vestido para el hambriento y el desnudo.
  • Un retomar nuestro ser pueblo de Dios, como nos lo enseña el Concilio Vaticano II. Esta categoría del pueblo precede incluso a nuestro ser ciudadanos (partícipes de la vida política desde la democracia). Nuestra participación democrática tiene sentido desde la perspectiva del compromiso con el bien común (dimensión política) y no sólo desde la defensa de bienes individuales; en donde pasamos de “individuos” a “persona” en la medida en que asumimos la dimensión social de nuestra existencia. Somos para los demás, a imagen y semejanza de un Dios que se identifica en su existencia con la donación de su ser. El compromiso de San Vicente Pallotti con la Roma de su tiempo y con el mundo entero estuvo alimentado por el sueño de una transformación en los vínculos sociales y eclesiales, llevándolos a una experiencia de compromiso con el bien del otro como el camino más auténtico hacia el gozo y la paz.
  • Una universalidad, que nace del reconocimiento de los dones dados por Dios para el bien común. En donde la autoestima cobra sentido trascendente desde la mutua estima (valoración de los otros) y la puesta al servicio del don recibido, desde la gratuidad y misericordia de Jesús. Pallotti ve con claridad que todos, absolutamente todos, tenemos algo para entregar en la búsqueda de una sociedad nutrida por el Evangelio. La universalidad supera toda exclusión, valorando lo que Dios nos quiere regalar a través de cada persona. La universalidad no condena ni excluye, sino que rescata y redime, libera e integra, convierte el mal en bien (misericordia).

El documento de Aparecida (V Conferencia del Episcopado Latinoamericano), nos llama a asumir nuestro ser discípulos misioneros del Señor para que los pueblos tengan vida en su nombre. Nos invita a superar la categoría: agente de pastoral- destinatario de la pastoral, para situarnos, como San Vicente Pallotti lo intuyó, en una relación recíproca en donde todos necesitamos ser convertidos por el Evangelio y, a la vez, llamados a anunciar este mensaje de conversión. Somos todos portadores de la Palabra que libera y necesitados de esa Palabra de liberación.

Dejemos que el Señor nos vuelva a decir, a través de San Vicente Pallotti, que todos tenemos un lugar en el mundo, un lugar único e irrepetible, desde donde podemos vivir el sentido más profundo de nuestra existencia. Ayudarnos a encontrar ese lugar, es amarnos verdaderamente.

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina-Instituto Pallotti

São Vicente Pallotti Alemão menor