COMENTARIO AL EVANGELIO

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS.

1 de enero de 2019 

Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.

Ábside Hagia Sofia. Estambul
Ábside Hagia Santa Sofía. Estambul

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas           2, 16-21 

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción. 

Palabra del Señor

 

En la sencillez del pesebre, en la debilidad de un niño recién nacido y ante humildes pastores, se manifiesta el Salvador del mundo, el Dios con nosotros, nacido de María Virgen.

Ella es la madre que da a luz al mismo Dios hecho hombre. Jesucristo es plenamente Dios y plenamente hombre; en la misma persona se dan ambas naturalezas, la humana y la divina. Por eso, María, al ser la madre de esa única persona, es Madre de Dios (Theotókos). Así lo definió el Concilio de Éfeso en el año 431.

El Papa Pío XI, en 1931, al cumplirse 1500 años de la celebración de este Concilio, estableció la celebración de la fiesta de Santa María, Madre de Dios, el día 11 de octubre, para toda la Iglesia en Occidente, en recuerdo de la definición conciliar. Con la reforma litúrgica, que tuvo su origen en el Concilio Vaticano II, se volvió a celebrar esta fiesta en el tiempo de Navidad, siguiendo una antigua tradición. Con la fiesta de la maternidad divina de la Virgen María, el primero de enero, concluye la octava de la Pascua e iniciamos un nuevo año civil. Celebramos, también, en este día, la Jornada Mundial de la Paz.

Como Madre de Dios, mujer plena de la Gracia, de la cual el mismo hijo de Dios tomó su carne y su sangre, favorecida por Dios desde su misma concepción, María ocupa un lugar especial en la historia de la Salvación. El Concilio Vaticano II nos enseña que María contribuye de modo singular a la Salvación de los hombres, participando de una manera especial en la obra redentora de su Hijo. Es por esto, como mujer, una manifestación fuerte del amor maternal de Dios en nuestras vidas. Es, también, como ser humano, un modelo singular de discípula del Señor.

San Agustín nos dice: “Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo”.

En el texto de hoy, la vemos como la mujer contemplativa del actuar de Dios en la historia. María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. María es mujer de oración. Su actuar en la historia parte de una respuesta confiada a la Palabra de Dios que meditaba en su corazón. Es su confianza absoluta en el actuar de la Gracia y su entrega generosa a la voluntad del Padre, la que la convierte en singular modelo de discípula.

Cada tiempo de la historia nos presenta sus desafíos. El progreso tecnológico y el fuerte desarrollo de las potencialidades humanas y su consecuente autoestima, junto a intereses económicos y de poder político, nos lleva a caer en la gran tentación de olvidarnos de Dios como fuente de todo bien y sentido de toda vida. El avance tecnológico y el crecimiento en la conciencia de la necesaria autoestima son un bien en sí mismo. Todo bien adquiere su pleno significado cuando son expresión de su misma fuente, del mismo Dios.

Una cotidiana relación con María, la Madre y discípula del Señor, nos lleva al encuentro cotidiano con su Hijo y nos anima en nuestro ser discípulos de Jesucristo en todas las dimensiones de nuestra vida. Toda la vida de María fue una vida discipular. Todas las dimensiones de nuestras vidas adquieren su unidad y su sentido en nuestro ser discipular. Y es este seguimiento del Señor el que nos hace partícipes de su misión: consagrar el mundo a Dios. Los Obispos reunidos en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, reunida en Aparecida, nos recuerdan que todo cristiano está llamado a ser discípulo misionero del Señor, para que los pueblos tengan vida en su nombre.

Desde el tiempo del Santo Papa Pablo VI, se celebra en este día la Jornada por la Paz. Todos los años el Papa nos envía un mensaje con un lema. En este año, el Papa Francisco nos propone el siguiente: «La buena política está al servicio de la paz». Es el respeto a los derechos de cada persona y el ejercicio de la política al servicio del bien común lo que hace de ella un instrumento de paz en el mundo.

Que, al iniciar este nuevo año, en este tiempo navideño, podamos asumir con alegría y pasión nuestra participación ciudadana desde nuestra identidad de discípulos misioneros de Jesucristo.

Un bendecido nuevo año,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO                                                                                    Sal 66, 2-3. 5. 6. 8

R. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra. R.