EL SEGUIMIENTO DE JESÚS.
EL CAMINO DE LA SANTIDAD EN TIEMPOS DIFÍCILES
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo».
Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! Él te llama». Y el ciego (Bartimeo), arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver».
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino. (Mc 10, 46-52)
El santo papa Pablo VI, decía: Bendito este tiempo, atormentado y complejo, que nos obliga a la santidad.
Este es el tiempo en el que Dios quiso que viviéramos, con sus inmensas riquezas y sus muchos aspectos deshumanizantes. Tiempo de globalización que, por un lado, nos permite vivir muchos más comunicados y en interculturalidad. Por otro lado, promueve un sistema económico único que favorece a unos pocos y deja afuera a muchos. Tiempo de respeto a lo diferente y fuerte manifestaciones de xenofobia y racismo; de promoción de derechos humanos y de una violencia alarmante; de búsquedas espirituales y de un consumismo despersonalizante; de ídolos a quienes endiosamos y de ruptura con aquello trascendente que nos invita a vivir nuestro ser creatural; de jóvenes solidarios con el dolor del otro y de fuertes vacíos existenciales que llevan a adiciones destructora…
Este es el tiempo que tenemos que amar porque es donde Dios nos está hablando y, a través del cual, se hace presente en nuestras vidas. Creemos en un Dios que se hizo carne y comenzó a vivir en la historia de la humanidad Cada tiempo histórico está cargado de la presencia de Dios. Dios nos habla en el dolor de los hombres y en los gritos del excluido (Mt 25). Veamos a Bartimeo. Sin lugar a duda el sufrimiento de este hombre era grande. En la época de Jesús no existían escuelas para ciegos, sistemas de lectura y escritura para personas no videntes. Vivían marginados, no sólo por la discapacidad sino porque, como tal, eran considerados ritualmente impuros; por lo tanto, fuertemente limitados en su participación social y religiosa. Además, se trataba de un mendigo, de alguien que no tenía lo necesario para vivir y dependía de la ayuda de los otros.
Bartimeo está sentado al borde del camino, inmovilizado, marginado. A pesar de ser ciego puede ver en Jesús lo que los otros no pueden ver; lo llama hijo de David y maestro, dice que viene de Nazaret y sabe que Jesús le puede devolver la visión, características del Mesías esperado. El encuentro con Jesús le permite ver y lo convierte en un discípulo.
Los cristianos, estamos llamados (vocación), a seguir el camino de Jesús en este tiempo histórico. O, mejor dicho, seguirlo a Él, en el camino de la vida. Somos un pueblo de discípulos misioneros del Señor. Y en este seguimiento se juega nuestra santidad. Jesucristo es el único santo. Sólo en la medida en que Él se torne para nosotros Camino, Verdad y Vida, podremos vivir el apasionante camino de la santidad.
Los otros días me pregunté si realmente comprendía lo que esto significaba y si yo era realmente un discípulo fiel siguiendo, en la vida, el camino de Jesús.
Repasando mi vida mi di cuenta que hay dos dimensiones del seguimiento. Una con mayúscula: el Seguimiento en las grandes opciones. Aceptar el don de la fe y querer crecer en ella, responder positivamente al llamado del Señor a la vida consagrada y al sacerdocio, aceptar la misión que me encomienda y las diferentes tareas en las que se va haciendo concreta esa misión. Descubrí al mismo tiempo que hay un seguimiento con minúscula: el de la vida cotidiana, el de cada día. Ese seguimiento es oculto, el que nadie o pocos ven, es el del esfuerzo cotidiano por amar, el que se construye desde ese encuentro amoroso entre la gratuidad de un amor, el de Jesús, y el de la disposición personal a seguirlo.
Ambos seguimientos implican una actitud de profunda confianza en el actuar de Dios en nosotros. A la vez, parten de la certeza de un Dios que se hizo Palabra y que, como tal, nos revela en cada circunstancia el sueño del Padre que se va realizando, con sus contradicciones y paradojas, en lo cotidiano de nuestras vidas.
Tengo la sensación de que el origen de la crisis que vivimos consiste precisamente en haber divorciado la construcción cotidiana de nuestra existencia, con sus ingredientes de crecimiento, servicio, laboriosidad, de la Palabra única e irrepetible que Dios pronunció cuando nos dio vida. Al decir de Romano Guardini, somos una Palabra original de Dios para el mundo. Nos pertenecemos a nosotros mismos en la medida en que podemos sumergirnos cotidianamente en aquel que nos donó nuestra pertenencia. Es en el Padre en donde volvemos al núcleo originario y creador de nuestra existencia.
Me da la impresión de que, incluso a los cristianos, nos cuesta partir, cotidianamente, de ese sueño de Dios que tenemos que contemplar y profundizar cada día. De ahí que vivamos una sociedad tan marcada por la orfandad, el vacío existencial y con tanto miedo a la soledad. Cuando la soledad es la nada, nadie la soporta. Cuando la soledad es el encuentro con el origen amoroso de nuestra existencia, ella se convierte en fuente de vida y comunión. Si en nuestra soledad no se da ese encuentro con el amor absoluto, nos tornamos enfermizante demandantes de los demás, incapaces de vivir con sus limitaciones y sombras, porque no toleramos que ellos no nos amen con ese mismo amor absoluto.
Quien corta la raíz de su existencia y no se nutre de la fuente de agua, irremediablemente no tiene vida; su existencia se torna un fruto seco.
Hoy, emprender este camino de seguimiento implica una opción clara y profética. Somos Palabra que se expresa siempre en una cultura que tiene sus valores humanizantes, también sus límites y sus aspectos deshumanizantes. Es interesante ver como el totalitarismo que en el siglo pasado se manifestaba en los regímenes marxistas, ahora aparece con fuerza en el auge del más puro liberalismo. Optar por el seguimiento de Jesús hoy implica necesariamente decirle no a las imposiciones ideológicas que por lo general están al servicio de intereses sectoriales y económicos. Los tiempos difíciles purifican y maduran nuestra vida de fe, nos hacen crecer en la libertad profética de seguir siendo presencia de la Palabra aun cuando ella quiera ser silenciada de diversas formas. Como nos dice el Papa Francisco, vivimos un auténtico colonialismo ideológico que nos desconecta de nuestros tradicionales valores culturales y nos quiere imponer modelos de vida y “nuevos dogmas” que deshumanizan nuestras relaciones y hacen del mundo un lugar peligroso para la vida.
Volver al sueño del Padre para cada uno de nosotros es entendernos siempre en dimensión de familia, reconociendo en el otro al hermano que Dios puso en mi camino. La Palabra pronunciada por Dios cuando nos llamó a la vida nos configuró de una forma única y original, a Jesucristo, alianza eterna con el Padre y entre nosotros. La dimensión de familia humana, en respeto y armonía con toda la creación, manifiesta la presencia del Reino en medio de nosotros. Fraternidad construida desde la justicia y el perdón. Y aquí también surge la honda libertad del que no calla por miedo, del que se juega en la defensa de los derechos de todos, especialmente de los más vulnerables de la sociedad. A la gente le molestaba más los gritos de Bartimeo que su dolor ¡Cuánto egoísmo! Ante un dolor tan grande como es la ceguera y la mendicidad, ellos estaban preocupados por acallar gritos. Dos grandes peligros de este tiempo son la angustia ante lo que no podemos cambiar y la anestesia ante el dolor del otro. Callar los gritos de dolor de los que nos rodean es aumentar nuestro nivel de angustia.
La angustia no es de Dios. Él nos quiere en paz y en alegría interior. La angustia brota cuando nos ponemos en el lugar de Dios y queremos dirigir nosotros los destinos de la historia. Y no se trata de cambiar el mundo sino de revivir en nuestro interior el sueño de la fraternidad. Realizar esos pequeños gestos cotidianos en donde nos miramos como hermanos y tendemos nuestras manos al que sufre.
Nací y me crie en esta ciudad de Buenos Aires. Recuerdo que cuando era chico y mi mamá me mandaba a hacer un mandado, si había alguna vecina enferma me hacía pasar por su casa para ver si necesitaba que le comprara algo ¡Qué hemos hecho de nuestras ciudades! ¡Cuánta gente sufriendo sola y hasta muriendo sola! Quizá al lado de nuestra casa o departamento ¡Cuántos muros hemos construido! Cuánta soledad en el que no tiene ayuda y cuánto sin sentido de vida en el que se niega a abrir su corazón al otro.
La invitación de Jesús es a seguirlo en sus gestos cotidianos de solidaridad, de escucha ante el dolor del otro y de poder aliviar, conforme a nuestras posibilidades, ese dolor. Volver al sueño original de Dios, volver a nuestra fuente primera, a la voluntad creadora de Dios, es recrear en el aquí y ahora la parábola de la fraternidad. No podemos renunciar a ella sin asumir el vacío del sin sentido de la vida. Recrear en lo cotidiano el sueño del Reino del amor, apasionarnos por hacerlo realidad en lo cotidiano de nuestras vidas y en los colectivos humanos en los que nos movemos, es recobrar la alegría original. Esa alegría que ningún dolor ni situación difícil puede eliminar.
Volver al sueño de Dios para los hombres, ese sueño que grabó en nuestro corazón cuando nos hizo a imagen de Él, nos lleva a mirar el final del camino.
Un día ese sueño será absoluta realidad de vida. Vamos hacia la mesa compartida en donde nadie quedará afuera y en donde nada impedirá el gozo del encuentro con el otro y con el Padre-Madre de todos. Le experiencia del amor acrecienta nuestra esperanza porque nos sumerge en el destino final. A la vez, esa esperanza que se apoya en la promesa del Señor, dinamiza nuestra entrega cotidiana.
Cuando nos preocupe más el dolor del que se está destruyendo con el alcohol y la droga, del que no tiene a nadie, del que vive a la intemperie, que los malos olores, los gestos que no nos gustan, las actitudes que nos molestan pero que expresan una historia de marginación y abuso. Cuando comprendamos que nadie opta libremente por la marginalidad, sino que las sociedades la generan con sus planes económicos de recesión, de usura financiera y colonización. Cuando creamos que Dios no conoce la mentira y que nos prometió el gozo del banquete final. Entonces ahí gustaremos del camino de Jesús y celebraremos, en cada encuentro personal, el gozo del final.
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
