COMENTARIO AL EVANGELIO

XXVIII domingo durante el año

Ciclo B

14 de octubre de 2018

 “Vende lo que tienes y sígueme”

Cristo y el joven rico-Heinrich Hofmann (1824-1911)
“Cristo y el joven rico”. Heinrich Hofmann (1824-1911)

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos        10, 17-30 

    Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

    Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».

    El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

    Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».

    Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

    Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»

    Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

    Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

    Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

    Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

    Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna». 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Si miramos el mismo relato en los tres evangelistas sinópticos vamos a ver algunas diferencias en torno al personaje que hace la pregunta. En el relato de este domingo, tomado del Evangelio según san Marcos, se trata de un adulto que lo va a ver a Jesús: todo eso lo he cumplido desde mi juventud, le dice. En Lucas se trata de un hombre importante. En Mateo, de un joven rico. Esto demuestra que la atención no está centrada en la persona que pregunta sino en el mensaje de Jesús. El mensaje es para todos; es también para cada uno de nosotros.

Se trata aquí de un hombre bien intencionado, un judío piadoso, observante de los mandamientos. Corre al encuentro de Jesús y se arrodilla ante Él, como quien quiere saber con sinceridad. Le hace una pregunta existencial, fundamental: ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna? Jesús le responde invitándolo a seguirlo. La vida eterna no es sólo lo que vendrá después de la muerte. La vida eterna es la vida de Dios en nosotros, es vida de comunión con Él, vida en el amor. Esta vida se inicia en el encuentro con Jesucristo y en su seguimiento; consiste en la participación en su Reino para siempre; participación que comienza aquí y que llegará a su plenitud en la resurrección final.

Jesús lo mira con amor, quiere su salvación. No le enuncia los diez mandamientos sino aquellos que tienen relación con el prójimo; incluso algunos, los agrupa. Quizá quiere mostrar que lo principal de la ley es la actitud que tenemos con los demás. Le pone dos condiciones para seguirlo: ser libre ante las riquezas y compartirlas con los necesitados. Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres… después, ven y sígueme.  Lo invita a encontrar un tesoro mayor al de las riquezas materiales. El hombre se va apenado porque no pudo dar el paso de libertad necesaria para ser discípulo del Señor. Este desprendimiento es muy difícil, pero es posible por la acción de Dios en nuestras vidas: Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible. Sólo Dios es bueno, sólo Él es la fuente de todo bien. 

Algunos quisieron debilitar la frase en donde dice: Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios, inventando metáforas no reales. Eso no es honesto. Jesús dijo lo que dijo y es totalmente coherente con su mensaje: no se puede servir a dos señores. Nadie puede decir que ama su prójimo sino comparte sus bienes con él. La acumulación no nos deja ser felices, nos hace esclavos de lo que tenemos y no nos permite vivir el amor como bien mayor. El compartir es un bien mayor al tener. Decía San Juan Crisóstomo: Porque la riqueza no consiste en enriquecerse, sino en no querer enriquecerse. Es verdaderamente rico el que encontró en Dios su tesoro y, por eso, vende lo que tiene y lo comparte con los necesitados.

Todos nosotros tenemos algo para vender, alguna cosa que obstaculiza nuestro seguimiento radical de Jesús. No siempre se trata de un bien material; puede ser un apego desordenado, una actividad, una manera de actuar, una forma de ver la realidad. Seguirlo a Jesús significa dejar otros dioses, otras riquezas porque donde está nuestra riqueza está nuestro corazón. La vida cristiana consiste en encontrar en Jesús y en el Evangelio el gran tesoro de la vida; dejar todo aquello que nos ata y no nos deja ser libres para amar con su mismo amor e ir adonde Él nos quiera llevar.

El dejarlo todo por seguirlo a Él tiene una gran recompensa: el ciento por uno en esta vida y la eternidad con Él. El seguimiento de Jesús, el amarlo en los más pobres, es lo que llena de sentido nuestra existencia, es el verdadero bien incomparable a cualquier otro bien. Ahí está la recompensa.

Un bendecido domingo para todos, 

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                                Sal 89, 12-17

R. Señor, sácianos con tu amor.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que nuestro corazón alcance la sabiduría.
¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo…?
Ten compasión de tus servidores. R.

Sácianos en seguida con tu amor,
y cantaremos felices toda nuestra vida.
Alégranos por los días en que nos afligiste,
por los años en que soportamos la desgracia. R.
 
Que tu obra se manifieste a tus servidores,
y que tu esplendor esté sobre tus hijos.
Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;
que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos. R.