44 º Peregrinación juvenil a pie a Luján
6 y 7 de octubre de 2018
“Madre, danos fuerza para unirnos como hermanos”

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan (19, 25-27)
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Los invitaría a contemplar un instante la escena: Jesús está pasando por el momento más doloroso de su vida. Es despreciado, insultado, escupido, calumniado. El sufrimiento físico y moral es muy intenso. En ese momento, clavado en la cruz, mira a su madre. Cuánto dolor habrá experimentado la madre al ver así a su hijo. Cuánto dolor habrá experimentado el hijo al ver el sufrimiento de su madre ¡Cómo duele el dolor del otro cuando el amor al otro es grande!
Jesús usa el término “mujer”. No se lo habíamos oído desde que lo usó, al inicio del Evangelio según San Juan, en las bodas de Caná. Ahí no había llegado la hora. En este momento, cuando la hora llegó, la hora de la entrega total, la hora de la redención, la hora de la plenitud del amor sacerdotal, la hora en la que el mal, el pecado y la muerte son vencidos, vuelve a utilizar el término mujer. María es la “mujer” bíblica que da a luz al Mesías y que se convierte en Madre que da vida a la Iglesia, presencia sacramental de Cristo. En esa hora, culmen de la historia, en donde la vida de los hombres es redimida y nacemos a la eternidad, Jesús entrega su madre al discípulo amado y este la recibe. Nosotros somos los discípulos amados del Señor que recibimos su madre como nuestra propia madre. Este episodio no describe sólo un acto de piedad filial de Jesús hacia su madre, sino una verdadera revelación de su maternidad espiritual. María se convierte en la madre no sólo del discípulo amado, sino también de todos aquellos a quienes él representa, el conjunto de los creyentes. María es madre de la vida de Jesucristo, suscitándola en todo discípulo a quien Jesús ama.
Es en esa hora en la que los hombres recibimos para siempre el consuelo y la fortaleza de la Madre. A partir de ese momento, ya no estamos solos cuando sufrimos; hay una mujer que es madre, esposa y amiga que nos contagia su fe y, con ella, su fortaleza. ¡Qué grande es el amor de Jesús! No le bastó darnos la vida, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra. El Beato Papa Pablo VI, cuando declaró a María madre de la Iglesia, en medio del Concilio Vaticano II, nos recordaba que María no era sólo la mujer del pasado sino también la mujer que actúa en el presente con su amor maternal en la vida de cada uno de nosotros.
María, es la mujer que como madre puede conseguir la unidad de sus hijos ¡Qué necesidad profunda tenemos los argentinos de crecer en la unidad! Una unidad que se construye desde la reconciliación, la justicia y la búsqueda sincera de la verdad.
La reconciliación no niega la justicia ni la verdad; no es sinónimo de impunidad o negación de la realidad. Necesitamos la justicia que implica siempre la sanción de lo que está mal. Una sanción que ejemplifica y corrige, pero nunca se identifica con la venganza. Una justicia que sanciona el mal, pero no busca devolver mal sino proteger y enseñar. Una justicia que se funda en la búsqueda de la verdad. Ninguno de nosotros somos dueños absolutos de la verdad. Necesitamos un diálogo que nos permita descubrir lo que hay de verdad en lo que el otro expresa y en lo que cada uno de nosotros propone. Un diálogo que no sea mero consenso o negociación y, muchos menos, un lugar de agresión. Las ideas se construyen juntos, no son armas letales para combatir al otro. Para nosotros, cristianos, buscar la verdad significará siempre abrirnos a la Palabra porque Jesucristo es la Verdad. Es nuestra misión presentar al mundo esa Verdad, no imponiéndola sino proponiéndola, siempre desde el compromiso con el bien del otro. La persona es más importante que la idea y el encuentro nos plenifica mucho más que la agresión. Callar la verdad no es amar al otro, tampoco lo es imponerle la verdad.
Que nuestra Madre, nuestra Señora de Luján, convierta nuestro corazón con la dulzura de su maternidad, para que podamos ser varones y mujeres, constructores de la unidad. Con esta intención nos unimos a la peregrinación a Luján.
Un bendecido próximo domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO Lc 1, 46-48. 49-50. 51-53. 54-55 (R.: cf. 49)
R. El Señor hizo en mí maravillas:
¡gloria al Señor!
«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías. R.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham
y de su descendencia para siempre.» R.
