XXVI DOMINGO DURANTE EL AÑO.

Mc  9, 38-48

     Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».

    Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

    Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo…….. 

Quizá Juan se sentía privilegiado, junto a los otros discípulos, por poder participar del poder milagroso del Señor; experimentaba esa pertenencia como un lugar de exclusividad en la obra del bien.

Vivimos un momento en el cual la cultura dominante nos puede llevar a centrarnos fuertemente en nosotros mismos. Hay una insistencia muy reiterada en la necesidad de realizarnos como personas, en ser felices, en buscar la plenitud y el sentirnos bien. Sin lugar a duda, Dios nos quiere felices y realizados como personas, nos quiere en plenitud y en paz. El problema es que muchas veces buscamos esa realización personal fuera del sentido más profundo de nuestra existencia. Fuimos creados a imagen de Dios. Dios es amor. No hay realización humana fuera de ese camino.

Estamos llamados, desde la creación, a amar con el mismo amor de Jesús, un amor de servicio a la humanidad. El que ama verdaderamente encuentra su alegría en buscar el bien de los demás, independientemente de quién causa ese bien.  Con mucha facilidad podemos caer en centrar nuestra vida en nosotros mismos, en lo que hacemos o dejamos de hacer. O, también, centrar nuestra vida en nuestros grupos de pertenencia, en las instituciones a la cuales pertenecemos o en nuestro mapa de relaciones, sin tener en cuenta que todo grupo o institución, incluso la Iglesia, tiene sentido cuando está al servicio del bien. Con mucha facilidad nos puede asaltar un espíritu de dominio por el cual queremos monopolizar el amor y es ahí cuando buscamos, equivocadamente, la felicidad en hacer cosas por el otro, pero sin tener como objetivo el bien de los demás, en buscar sólo nuestro bien o procurar nuestra realización personal fuera del camino del amor. Amar no consiste sólo en hacer cosas buenas; amar es poner el centro de nuestra vida en el bien de nuestros hermanos.

UN BENDECIDO DOMINGO, DÍA DEL SEÑOR

Marcos 9, 38-48