¿Y AHORA QUÉ? UN APORTE A PARTIR DEL DEBATE SOBRE LA LEY DEL ABORTO

A partir de la presentación al Congreso de la ley del aborto hemos vivido un tiempo de tensiones.  Una nueva grieta surgió entre nosotros: verdes por un lado y celestes por el otro. A lo cual ahora se suman los anaranjados y los rojos. No faltaron experiencias de rupturas institucionales, de agresión verbal, de enojos y hasta de violencia. También, los que estuvimos presentes en las inmediaciones del Congreso Nacional, en las dos oportunidades en que se trató la ley, pudimos participar de una respetuosa convivencia entre expresiones de posturas antagónicas. Hemos participado de maduras discusiones, apasionados pero ricos debates y, también, superficiales argumentaciones, muchas veces motivadas por cegueras ideológicas o por quedar bien con el clientelismo electoral.

Pienso que este tiempo nos dejó, como cristianos, cuatro grandes desafíos, cuatro “re”:

  • Reencender
  • Resignificar
  • Repensar
  • Reconciliar
  1. Reencendernos en la caridad

Un obispo me comentó algo que dijo al finalizar la misa en una de las capillas de su diócesis: Aquí no hay lugar para pañuelos verdes… pero sí para los que lo llevan. Me pareció una imagen síntesis de nuestra postura. No aguamos la verdad, no negamos los valores; a la vez, aceptamos a todo hombre y a toda mujer como hermano y hermana. La persona es más importante que la idea. Jesús condenó el pecado y proclamó la verdad con fuerza, pero no rechazó ni excluyó a nadie, no se cerró al diálogo; muy por el contrario, fue al encuentro del que pensaba distinto o no era parte de su pueblo, valoró lo que de verdad había en ellos y puso la verdad al servicio del bien de la humanidad.

En este momento de la historia tenemos que renovar nuestro amor por la humanidad toda, sin excluir a nadie. Ser capaces incluso de obrar bien ante el que enarbola la violencia o quiere suprimir nuestro derecho a expresarnos. No somos servidores de una ideología ni siquiera meros seguidores de principios éticos. Somos llamados a conformar nuestra vida a Cristo, que dio la vida por todos.

Somos llamados a amar este tiempo apasionante de la historia que nos desafía a buscar caminos nuevos para hacer presente el Evangelio de la vida. Somos convocados a amar esta Nación, con sus riquezas y pobrezas, con sus posibilidades y limitaciones; este es el lugar en donde nacimos y crecimos, en donde Dios nos puso para hacer presente el sueño del Reino, que es el sueño de Dios.

El amor y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan. 

Como Jesús no podemos dejar de condenar el pecado y el mal; como Él no podemos condenar a las personas. Debemos juzgar lo que está bien o está mal, nunca a la persona porque no conocemos el interior más íntimo de cada uno. Sólo Dios puede comprender la intencionalidad última de cada ser humanos.

Rechazar la ley del aborto no es condenar a quien llegó a esa situación ni desinteresarse de la mujer violada. Muy por el contrario, es no querer sumar un nuevo dolor a la que sufrió la violencia del abuso. Sabemos bien lo difícil que es superar ambas heridas.

  1. Resignificar nuestras pastorales e instituciones

El mundo ha cambiado y cambia aceleradamente. No se trata de adaptarnos indiscriminadamente a todo lo nuevo. Pero si de preguntarnos a qué nos desafía Dios en este tiempo de la historia, cuáles son los valores que este nuevo tiempo hace presente en nuestras vidas; cuáles son, también los aspectos que deshumanizan y cuáles son sus límites.

El escuchar a nuestros jóvenes, sus anhelos y sueños, sus inquietudes y sus propuestas, es un paso fundamental para repensar nuestra pastoral y nuestras instituciones. Mucho de los portadores de pañuelos verdes son jóvenes que participan o han egresado de nuestros colegios y universidades, pasado por nuestros espacios catequísticos y formado parte de nuestras comunidades. También muchos jóvenes, apasionados por Jesús y la vida, defendieron posturas auténticamente evangélicas. Me parece que tenemos que repensar una pedagogía, una escuela y una universidad que responda a este nuevo tiempo de historia; una catequesis que hable el nuevo lenguaje; una Iglesia que deje caer estructuras caducas. Y esto no en un mero cambio de maquillaje sino en una profunda resignificación de su sentido de ser y de su modo de actuar. Una resignificación que parte de escuchar a Dios en este tiempo y en los protagonistas de este tiempo, escuchar la Palabra que siempre nos lleva por novedad de vida.

Debemos seguir comprometiéndonos y profundizando nuestro compromiso con las dos vidas: la del niño por nacer y la de la madre que no quiere dar a luz esa vida engendrada en ella contra su voluntad. Ser una Iglesia que es fiel a la defensa y cuidado de toda vida, que al anunciar los valores evangélicos compromete su acción en acompañar su cumplimiento. La Iglesia está comprometida en el cuidado de la vida; me parece que tenemos que seguir creciendo en este servicio, movidos por el amor a la humanidad y apasionados por el sueño de Jesús: el reino del amor.

No podemos dejar de anunciar el don de la sexualidad vivido en un plan de amor y respeto a la vida. No podemos dejar de señalar que el divorcio entre genitalidad y amor nos destruye como personas.

  1. Repensar nuestra vida ciudadana

El aborto no es una cuestión partidaria, atraviesa, a favor o en contra, todos los partidos políticos. No es una cuestión de instituciones religiosas, hace a un valor esencial de toda la humanidad: el respeto a la vida.

La política es el compromiso con el bien común por eso es la concreción de la caridad en los vínculos ciudadanos. Necesitamos despojar la política de la mentira: decir y prometer en las campañas electorales y no cumplir y desdecirse en la ejecución del mandato. No podemos fundar el discurso en especulaciones electoralistas sino en valores que nos permitan reconstruirnos como Nación. No podemos permitir ningún tipo de corrupción, sabiendo que la más grave es la de la justicia porque nos deja totalmente desprotegidos. No podemos seguir resolviendo los problemas desde el pragmatismo y la incapacidad para combatir el mal: hay abortos clandestinos, entonces hagamos legal la muerte para que sean menos peligrosos. Con ese criterio el día de mañana vamos a seguir eliminando vidas para solucionar problemas. Si existe los abortos clandestinos, si existe la trata de personas y el narcotráfico es porque hay corrupción política o, por lo menos, incapacidad del estado para luchar contra el mal.

Necesitamos una dirigencia que construya a partir de valores y que actué movida por ideales y no por una política “marketinera” que se mueve por lo que vende o no vende, creando cortinas de humo para llevar adelante las políticas indicadas por los grandes centros del poder económico internacional. Este es el peor de los “populismos”.

Necesitamos agilidad en el proceso de adopción en donde el mayor peso del derecho lo tenga el niño a ser adoptado.

  1. Reconciliar nuestros vínculos

Estamos heridos y nos seguimos hiriendo. Nuestras cerradas posturas ideológicas nos impiden dialogar y hacen de nuestras palabras armas letales en contra de los otros. Somos incapaces de intentar entender al otro desde su realidad, de descubrir lo que de verdad hay en él.

Hemos demonizado la palabra reconciliación porque la asociamos a impunidad, a olvidar la historia o escaparle al conflicto, a tapar procesos y ahogar novedades. Y esto no es reconciliar. La reconciliación necesita de la memoria y la verdad, de la justicia y la sanción al mal. También de la disposición a mirar al otro con ojos nuevos, dando una nueva oportunidad; de permitirnos modificar actitudes para hacerlas más coherentes con el Evangelio. La reconciliación no exime de la sanción, pero busca la sanación del otro; no niega la justicia, pero la vive desde la búsqueda del bien social, del bien común, del bien de todos, no desde la venganza generadora de nuevas violencias. La reconciliación no le echa agua al Evangelio ni renuncia a la defensa de los valores, pero se deja interpelar por lo que de verdad hay en el otro y por los nuevos valores que surgen.

Hay una violencia delictiva, existe la violencia de la injusticia, pero hay también una violencia que muchas veces se manifiesta en nuestros vínculos familiares, vecinales y ciudadanos. Necesitamos la paz porque fuimos creados para ello. La reconciliación es imprescindible para la paz social.

Comparto estos anhelos como un simple aporte. Ninguno de nosotros es dueño de la verdad. Sólo Jesucristo es la verdad. Que podamos seguir dialogando con pasión, también con respeto y libertad para encontrar juntos el camino que nos haga más hermanos.

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Cefalú, Sicilia