COMENTARIO AL EVANGELIO

XVI domingo durante el año

CICLO B

22 de julio de 2018 

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen», dice el Señor.

Magdalena penitente-Murillo
Magdalena penitente. Murillo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos        6, 30-34 

    Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

    Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

    Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato. 

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Jesús invita a sus discípulos al descanso, luego de un intenso trabajo misionero, en donde era tanta la actividad que ni siquiera tenían tiempo para comer. “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”. Cuando llegan a ese lugar, se encuentran con una muchedumbre que llegó antes que ellos y que estaban como «ovejas sin pastor«, sin contención ni cuidado. 

La imagen del pastor era muy significativa para el pueblo de Israel. Todo gobernante debía ser un pastor que cuidara la vida de su pueblo. Israel hizo la triste experiencia de tener dirigentes que no sólo no cuidaban de la vida de su pueblo, sino que, también, se aprovechaban de ellos. Lo leemos en Jeremías, en la primera lectura de este domingo: ¡Ay de los pastores que pierden y dispersan el rebaño de mi pastizal! –oráculo del Señor–. Por eso, así habla el Señor, Dios de Israel, contra los pastores que no apacientan a mi pueblo: Ustedes han dispersado mis ovejas, las han expulsado y no se han ocupado de ellas. Yo, en cambio, voy a ocuparme de ustedes, para castigar sus malas acciones –oráculo del Señor (Jr, 23, 1 ss).

Esto los llevó a sentirse solos y abandonados, sin contención ni guía. Ante esta situación, Dios va a decirle a su pueblo: yo soy el verdadero pastor, yo en persona los voy a pastorear, les voy a dar vida y vida eterna. El pueblo termina afirmando: El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar.

Esta misma realidad de abandono y cansancio la experimenta mucha gente en nuestra sociedad actual; incluso podemos vivenciarla nosotros mismos. ¡Cuánta gente sola! ¡Cuántos ancianos abandonados, jóvenes no escuchados, niños no contenidos! Quizá porque nadie se les acerca o porque no buscan ayuda en los demás. Vivimos en una sociedad abandónica. Muchos vivimos en ciudades en donde no nos miramos a los ojos, no nos saludamos, no nos escuchamos. Una sociedad que no se hace cargo de la vida y no contiene el dolor. Vivimos muchas veces situaciones de cansancio y agobio, de pesimismo o una rutina sin sentido. En un mundo en donde estamos permanente conectados (como nunca en la historia); en donde todo se hace público, en donde se pierden los espacios de intimidad y soledad, estamos más solos que nunca. Estar conectados no significa estar comunicados. Publicitar la vida en el facebook no significa comunicar sentimientos, anhelos y sueños. Lo discursivo no siempre expresa nuestra realidad más íntima. Hemos perdido espacios de comunión verdadera. Nuestros diálogos son muchas veces vacíos, en referencia a situaciones externas a nosotros.

Jesús, el buen pastor, nos invita hoy al descanso. El sintetizó en su vida dos dimensiones fundamentales: la entrega generosa y el descanso. Un descanso que no es egoísmo, insensibilidad ante el otro, sino espacio de crecimiento en el amor.

Dos cosas nos descansan profundamente:  la comunión interpersonal y el encuentro con Jesús.

Fuimos creados para la comunión. Somos imágenes de un Dios comunión de personas, de un Dios familia, de un Dios amigo. Necesitamos espacios de encuentro familiar, precisamos cultivar la vecindad en nuestras ciudades, cultivar la amistad.  Como Jesús, somos llamados a tomar la iniciativa y salir al encuentro de los otros, de los que están más solos y desprotegidos. En este Evangelio, Jesús nos invita a dejar que nuestros hermanos, necesitados de compañía y comprensión, de escucha y contención, cambien nuestros planes y nos lleven por caminos de comunión. Sólo el que pone la oreja y abre el corazón va a superar la soledad en su vida. Sólo cuidando la vida de los otros, nuestra vida cobra sentido. Por eso, la vida es aquello que se la gana, entregándola.

Este Evangelio nos invita a descansar en Jesús, nuestro buen pastor. Ir al encuentro de aquel que nos ama como nadie nos ama en este mundo, aquel que es el origen de nuestra existencia. Necesitamos experimentar la alegría de su amor y de su perdón. Sólo Él puede liberarnos de toda culpa y realizar en nosotros la conversión. Sólo Él puede entendernos plenamente y llenar nuestra soledad con su presencia de amor. El Buen Pastor nos espera cada día para alimentarnos con su Palabra, nutrirnos con su vida, alimentar nuestra Esperanza. El discípulo necesita momentos de estar con el Maestro para poder vivir la misión que éste le encomienda.

En este Evangelio, Jesús nos vuelve a decir: no estás sólo, soy Aquel que, como buen pastor, cuida tu vida, te lleva a las fuentes de agua, te protege, te conduce y descansa. Los gestos de Jesús nos hablan de la ternura de un Dios que es Padre y que nunca abandona a sus hijos.

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                                    Sal 22, 1-6

R. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.