COMENTARIO AL EVANGELIO

XIV domingo durante el año

CICLO B

8 de julio de 2018

El Espíritu del Señor está sobre mí;
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres.

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Jesús entre los doctores. Paolo Veronese

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos          6, 1-6a 

    Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanos no viven aquí entre nosotros?» Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.

    Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe. 

 Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Jesús va el sábado a la sinagoga como hacían todos los judíos piadosos. Era costumbre que algún varón adulto leyera un pasaje de las Escrituras y, si tenía la capacidad para hacerlo, lo comentase. Al comienzo sienten admiración por Él; sabían de los milagros que había hecho y observaban que hablaba con autoridad. Pero, después, al relacionar su sabiduría a su origen y condición, sus coterráneos no pueden admitir que un artesano y vecino de ellos sea portador de tanta sabiduría. La fe del jefe de la sinagoga y de la mujer enferma de hemorragia, expresada en los versículos anteriores, contrasta con la falta de fe de los nazarenos, sus conciudadanos.

Jesús se presenta como un profeta que sufre el rechazo entre los suyos. El texto dice que causa escándalo. Su origen sencillo y cercano, el hecho de ser un carpintero y un vecino, es un impedimento para que ellos puedan creer. Jesús responde aplicando un dicho de la época, común entre los grecorromanos y los rabinos. «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.»

El profeta es un hombre de profunda amistad con Dios que contempla su presencia en los acontecimientos históricos, descubriendo en ellos los desafíos de la fe. Su misión es anunciar la Palabra iluminando la realidad en un momento concreto de la historia y denunciando todo aquello que deshumaniza la vida de los hombres. El profeta es un apasionado por descubrir la voluntad de Dios y poder comunicarla en lo cotidiano de la vida; abre siempre nuevos caminos en la experiencia de la fe y anima en la esperanza.

En nuestro bautismo, en el momento de la crismación, se nos dijo que quedábamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Todo el pueblo de Dios es partícipe de la misión profética de Jesucristo.

Asumir esta misión implica estar muy insertos en los acontecimientos que históricamente nos toca vivir, viendo en ellos los desafíos de Dios para madurar en la fe y apasionarnos por anunciar, a partir de ellos, la Palabra que salva. Esto implica tres actitudes:

  • Libertad ante los modelos y paradigmas de la cultura imperante, rescatando los valores culturales, discerniendo aquellos aspectos de la cultura que nos deshumanizan y proclamando el Evangelio que siempre aporta novedad humanizante. Ninguna cultura es absoluta. El encuentro del Evangelio con la realidad enriquece siempre la vida de los hombres. El profeta no se deja cautivar y arrastrar por ideologías dominantes y, muchas veces, al servicio de intereses políticos y económicos. La profecía implica libertad para poder anunciar y denunciar, sin atarse a un sistema de ideas, a un sector partidario, a una plataforma electoral.
  • Humildad en reconocer que no nos anunciamos a nosotros mismo sino a Jesucristo. El profetismo implica buscar en Jesús la verdad, compartirla en el diálogo; descubrirla, también, en el encuentro con el otro. No somos dueños de la verdad ni poseedores absolutos de ella, somos servidores de la verdad en la búsqueda del bien de nuestros hermanos. Somos interlocutores en la Fe, con la misión de anunciar el Evangelio, pero, también, con la necesidad de recibirlo y dejarnos transformar por él. Los pobres nos evangelizan porque son presencia de Jesús en nuestra vida: tuve hambre y me distes de comer, preso y me visitaste, desnudo y me vestiste… cuándo, Señor, te vimos así… cuando lo hiciste por el más pequeño de tus hermanos, lo hiciste por mí (cfr Mt 25). Jesús se identifica de una manera especial con los excluidos de la sociedad, con los que sufren, con los que no son tenidos en cuenta. En ellos, en su dolor, está la presencia de Jesús que nos interpela. Nos dicen los Obispos argentinos en Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización que el pobre es un lugar teologal, en el que Dios se manifiesta, independientemente de su condición moral. Cuántas veces nuestros prejuicios no nos permiten escuchar la Palabra que nos viene de Dios a través de los más sencillos. No es lo mismo instrucción que sabiduría, ilustración que cultura. El sabio, para nosotros, es el que entiende la vida con la mirada y el corazón de Dios. Los títulos académicos, nobiliarios, de origen, no son garantía de sabiduría. Un analfabeto, un artesano, un obrero puede ser un hombre o una mujer lleno de la sabiduría de Dios. Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 7-10).
  • Fidelidad a Jesucristo, asumiendo las incomprensiones y persecuciones a que esta fidelidad nos lleva. Dialogar no es consensuar espacios o negociar principios. Dialogar es escuchar y discernir, valorizar y expresar con lealtad aquello que la Palabra nos enseña. Nuestra misión profética nos lleva a anunciar una Palabra que cuestiona esquemas mentales, actitudes, opciones, aquello que siempre se hizo. El profetismo implica fidelidad al magisterio de la Iglesia. En nombre de ella anunciamos la Palabra. Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre.

Un bendecido domingo para todos, 

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina 

 

SALMO RESPONSORIAL                                                  Sal 122, 1-4

R. Nuestros ojos miran al Señor,
hasta que se apiade de nosotros.

Levanto mis ojos hacia ti,
que habitas en el cielo. R.

Como los ojos de los servidores están fijos en las manos de su señor.
y los ojos de la servidora en las manos de su dueña:
así miran nuestros ojos al Señor, nuestro Dios,
hasta que se apiade de nosotros. R.

¡Ten piedad, Señor, ten piedad de nosotros,
porque estamos hartos de desprecios!
Nuestra alma está saturada de la burla de los arrogantes,
del desprecio de los orgullosos. R.