COMENTARIO AL EVANGELIO

XI domingo durante el año

CICLO B

17 de junio de 2018

La semilla es la palabra de Dios,
el sembrador es Cristo;
el que lo encuentra permanece para siempre.

The Sower, Jean-François Millet,  1850
El sembrador.   Jean- François Millet. 1850

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     4, 26-34 

    Jesús decía a la multitud:

    «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».

    También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».

    Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo. 

 Palabra del Señor. 

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Si bien es cierto que en nuestro mundo existen una inmensa mayoría de personas que día tras día realizan el bien, cuidando a los otros y a la creación, con su esfuerzo cotidiano, es real que, muchas veces, podemos sentirnos abatidos por tantos signos de violencia, confusión, injusticia y deshonestidad.

Los discípulos de Jesús también pudieron verse desanimados ante un Reino que no llegaba y que tanto esperaban. El Reino era la gran promesa que el pueblo de Israel deseaba con ansiedad. Había muchas interpretaciones de lo que sería ese Reino. Por eso, Jesús dedica mucho tiempo, en su predicación, a hablar de él. No se trata de una estructura meramente política, estructural; tampoco de un espacio territorial o limitado a una nación. El Reino se hace presente cuando los hombres nos disponemos a vivir la voluntad del Padre y dejamos que Jesucristo sea el Señor de nuestras vidas. Es el Reino de la filialidad y la fraternidad en Cristo, el Reino del amor y de la justicia, de la paz y de la alegría. Él se manifiesta plenamente en Jesús.

En muchas oportunidades, Jesús nos presenta el Reino a través de parábolas; un recurso muy común entre los maestros del pueblo de Israel. Las parábolas son comparaciones que quieren poner de manifiesto un aspecto de la enseñanza. No tenemos que buscar en ellas la identificación de cada elemento con el mensaje que se quiere transmitir, como sería el caso de las alegorías.  En las alegorías, cada personaje, detalle o imagen, revelan cada uno de los diversos elementos del contenido que se pretende enseñar. En las parábolas, en cambio, debemos buscar el núcleo de la enseñanza a través de una comparación. Hay parábolas muy breves, incluso, en algunos casos, compuestas por una sola frase; hay también parábolas más desarrolladas en la comparación que utiliza. Jesús usa en las parábolas elementos cercanos a la gente que lo escucha, como es el caso de la semilla para los habitantes de Galilea.

Volviendo al posible desánimo de los discípulos que escuchan a Jesús y nuestro propio desánimo, estas dos parábolas que hoy meditamos, nos animan en la esperanza.

Mirando nuestra tentación a la omnipotencia, hoy el Señor nos dice: la vida está toda en la semilla, no en tu esfuerzo. Es necesario poner el campo y plantar la semilla; disponernos a recibir la Palabra y a poner todos los talentos y capacidades que hemos recibido para anunciarla y esparcirla con fuerza, pero ella tiene vida en sí misma. Una de nuestras grandes tentaciones es querer controlarlo todo, pensar que todo funciona por nuestra propia fuerza y energía. Muchas veces nos ponemos en lugar de Dios. Esto nos lleva a una sensación de cansancio y abatimiento. Esta parábola es una invitación a poner nuestra confianza en Dios y en la fuerza que su Palabra tiene. La vida de Dios está en medio nuestro y ella crece en el corazón de los hombres por su propia dinámica. Nos toca a nosotros acoger y contemplar la Palabra, dejarnos transformar por ella y comunicarla a un mundo tan necesitado de sentido de vida.

La parábola del grano de mostaza nos invita a evitar la tentación de la megalomanía, pensando que el Reino se manifiesta sólo en grandes proyectos, estructuras o construcciones deslumbrantes. El Reino comienza en lo pequeño y, por su propia fuerza, se hace grande en el corazón de los hombres y en las estructuras sociales. Es en lo íntimo y secreto de cada vínculo humano en donde el Reino se va gestando.

Contemplemos los brotes del Reino que ya están presentes en medio de nosotros. Renovemos nuestro encuentro con la promesa del Señor: un día el pecado será definitivamente vencido y el Reino llegará a su plenitud. Y vivamos la alegría de ser cobijo y sombra para una humanidad que muchas veces experimenta el cansancio del sin sentido, de la desesperanza y de la ausencia de amor. Aunque a veces podemos ver un triunfo temporal del mal, sabemos que ni el pecado ni el error, serán la última palabra de la historia.

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                          Sal 91, 2-3. 13-16

R. Es bueno darte gracias, Señor.

Es bueno dar gracias al Señor,
y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre;
proclamar tu amor de madrugada,
y tu fidelidad en las vigilias de la noche. R.

El justo florecerá como la palmera,
crecerá como los cedros del Líbano:
trasplantado en la Casa del Señor,
florecerá en los atrios de nuestro Dios. R.

En la vejez seguirá dando frutos,
se mantendrá fresco y frondoso,
para proclamar qué justo es el Señor,
mi Roca, en quien no existe la maldad. R.