COMENTARIO AL EVANGELIO

Vigilia Pascual y Domingo de Pascua.

CICLO B

1 de abril de 2018

La Resurrección de Cristo-El Greco
La resurrección de Cristo. El Greco

EVANGELIO QUE SE PROCLAMARÁ EN LA VIGILIA PASCUAL 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos        16, 1-8 

    Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.

    Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.

    Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho.»

    Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo. 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Pasado el sábado, cuando la ley se los permitía, a la madrugada del primer día de la semana, estas tres piadosas mujeres van al sepulcro. Van a ungir el cuerpo del Señor. Están preocupadas por cómo iban a ingresar, quién les iba a correr la piedra para poder entrar. Iban dispuestas a encontrarse con un cadáver, llevaban el dolor de aquel que va al cementerio pocos días después de la muerte de un ser querido, cuando se comienza a sentir su ausencia; cuando, ya pasado el primer impacto de la muerte, tomamos una conciencia mayor de la partida de la persona que amamos.

Al llegar, encuentran la tumba vacía y a un joven con vestiduras blancas, con color festivo, que les indica que Jesús no está ahí, que ha resucitado. Les indica que lleven la noticia a Pedro y a los demás discípulos y que vayan a Galilea porque Él allí los espera.

Esto sucede el primer día de la semana, cuando todo comienza de nuevo. Ellas van al encuentro de Jesús al salir el sol, al comienzo del nuevo día. La resurrección es un nuevo inicio, todo se torna nuevo. Por eso, en la liturgia de la Vigilia se bendice la luz y el agua nueva, todo se viste de fiesta y novedad. El pregón pascual nos da el gran anuncio de esta buena nueva.

Queridos hermanos, quizá, algunas veces tuvimos que pasar por la experiencia de estas tres mujeres: ir al cementerio y al encuentro de un recuerdo que nos permita hacer memoria agradecida de un ser querido que ya no está visiblemente presente entre nosotros. Nosotros conocemos el dolor de la pérdida. También hacemos la experiencia de encontrarnos cotidianamente con realidades de muerte, fruto del odio y de la violencia, de los desórdenes voluntarios o de la misma naturaleza. Nos duelen los desencuentros, las frustraciones, la gente que sufre o muere, la ausencia del bien, el aparente triunfo del mal. Quizá muchas veces, vamos a esos lugares y personas, como lo hicieron estas mujeres, dispuestos a ungir, a calmar el dolor de los otros y nuestro propio dolor. Necesitamos ser ungidos y ungir, ser consolados y consolar. Necesitamos hacer memoria de los que amamos. Necesitamos superar la muerte porque fuimos creados para la vida.

Desde que Cristo resucitó, en toda muerte se hace presente la vida. Pascua es el triunfo de la vida sobre la muerte. Ningún evangelista nos narra el hecho mismo de la resurrección, no hay ningún testigo que haya presenciado ese momento. Contemplamos el fruto de la resurrección: Cristo Jesús, muerto y sepultado, ahora está vivo para siempre y ha sido revestido de un cuerpo glorioso. La resurrección es el misterio central de nuestra fe. Sobrepasa toda experiencia sensible y explicación racional. Sólo se entiende desde la plenitud de amor de un Dios que quiere que tengamos vida, vida en abundancia, vida eterna.

En la resurrección celebramos la resurrección de nuestros seres queridos que han partido y nuestra misma resurrección. La muerte ya no tiene poder sobre nosotros porque Cristo la ha vencido. Resucitar no es sólo volver a vivir. Resucitar es vivir para siempre en el banquete eterno, festivo y comunional, en donde nos encontraremos eternamente con el Señor y con nuestros seres queridos.

Resucitar es vivir en Cristo para siempre; por eso, participar de su misma vida de amor. En Pascua, celebramos nuestro bautismo, inicio de la comunión con Cristo que llega a su plenitud con la resurrección final. El bautismo es el primer momento pascual, el primer paso de la muerte a la vida. Cristo no sólo venció la muerte de nuestro cuerpo sino también la muerte de nuestro espíritu que es el pecado. Resucitar es vida nueva en el amor. El joven, revestido de túnica blanca, los envía a Galilea, donde todo había comenzado, donde tuvo inicio la predicación, donde vivieron, amaron y trabajaron. Vuelvan a lo cotidiano, pero ahora con una nueva vida. Vuelvan a vivir lo de cada día revestidos de la vida nueva en el amor, con la alegre esperanza del triunfo final, con el gozo de saber que la muerte no es la última palabra.

Vuelvan a la vida cotidiana, haciendo presente la vida ahí donde hay muerte. Cada frustración es fuente de vida nueva. Cada dolor es ocasión de amor. Cada soledad es el lugar en donde el Señor nos espera para hacer presente la comunión y experimentar el gozo del encuentro gratuito y tierno. Cada cruz, pérdida y sufrimiento nos lleva al encuentro de Jesús resucitado que nos abre a la Esperanza de un cielo y una tierra nueva. Cada violencia, desencuentro e indiferencia nos lleva al encuentro de Aquel que vence al pecado cuando lo dejamos entrar en nuestras vidas.

Vigilia pascual… Pascua… vida nueva que nos conduce por los caminos del gozo y de la paz. Salgamos corriendo como las mujeres, pero sin miedo porque Cristo resucitado vive en nosotros. No callemos, nuestro mundo de hoy necesita que le anunciamos el valor y el triunfo de la vida sobre la muerte.

 

EVANGELIO QUE SE PROCLAMA EN LA MISA DEL DOMINGO DE PASCUA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan           (20, 1-9) 

    El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

    Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. 

Palabra del Señor.

 

Los distintos evangelistas subrayan diferentes aspectos de la resurrección. No están interesados en hacernos un relato histórico sino en señalar los elementos constitutivos de nuestra fe, revelados por Jesús; por eso, no coinciden en el desarrollo de los acontecimientos. En este relato vemos a una mujer, María Magdalena que, demostrando su amor al Señor, va muy temprano al sepulcro. Es el primer día de la semana, cuando todo comienza. La Resurrección del Señor hace nuevas todas las cosas. Con Él morimos al pecado y renacemos a una vida nueva. El asume nuestra carne de pecado y la lleva al gesto supremo del amor, dar la vida; de esa manera, nos reconcilia para siempre con el Padre.

María Magdalena se asusta: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Cuando parte un ser querido, tendemos a aferrarnos a lo que nos queda visible de él: sus pertenencias, su recuerdo, su cuerpo. Jesús no estaba allí, no lo busquemos entre los muertos. ¡La muerte fue vencida! No tiene poder sobre Jesús y, por Él, no tiene poder sobre nosotros. Pascua es el triunfo de la vida.

Con dolor, María Magdalena corre a buscar a Pedro y a los otros discípulos. Ellos van y comprueban lo que ella les había dicho. Todavía no entiende lo sucedido.  Él discípulo amado: ve y cree.

Pascua es encuentro con el Resucitado. Encuentro al que estamos llamados todos los días de nuestra vida. Encuentro en el que Él nos manifiesta su amor y nos invita a amarlo. Nosotros somos sus discípulos amados. Y es en ese vínculo de amor que crece nuestra comunión con el Resucitado. Comunión que nos lleva a compartir la vida nueva en el amor. Comunión que nos abre a la Esperanza. El pecado y la muerte han sido vencidos y esto le da un sentido hondo y feliz a nuestras vidas.

Cuando los discípulos se encuentran con Jesús resucitado, sus vidas se transforman. Perdieron el miedo, renació en ellos la alegría, volvieron a la comunidad e hicieron de sus vidas un anuncio permanente de Jesús resucitado. El encuentro con el Resucitado siempre transforma nuestras vidas, nos abre a la esperanza, da sentido a todo lo que vivimos, incluso a la muerte y al dolor, nos renueva en el amor y nos convierte en testigos gozosos del Evangelio.

Una bendecida pascua para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                 Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23

R. Aleluia, aleluia, aleluia.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos. R.