COMENTARIO AL EVANGELIO

IV domingo de Cuaresma

Ciclo B

11 de marzo de 2018

Cristo crucificado-Diego Velázquez
Cristo crucificado. Diego Velázquez

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 14-21

Dijo Jesús:

De la misma manera que Moisés
levantó en alto la serpiente en el desierto,
también es necesario
que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en Él
tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo,
que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en Él no muera,
sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo
para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él, no es condenado;
el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído
en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio:
la luz vino al mundo,
y los hombres prefirieron
las tinieblas a la luz,
porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal
odia la luz y no se acerca a ella,
por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad
se acerca a la luz,
para que se ponga de manifiesto
que sus obras han sido hechas en Dios.»

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Nos relata el libro de los Números (21,4-9) que, estando el pueblo en el desierto, este se reveló contra Dios por la desagradable comida que tenían para alimentarse, por el cansancio y por la falta de agua. Le pedían regresar a la esclavitud, regresar a Egipto, con tal de poder comer mejor. En ese momento, surgieron unas serpientes que atacaron al pueblo y que la historia cuenta como un castigo de Dios. Inmediatamente suplicaron ayuda al Señor. Moisés les mandó construir una serpiente de bronce y levantarla en alto para no ser atacados. Quien mirara esa serpiente quedaría curado. Esto los salvó de la muerte. Quizá el relato responda a costumbres culturales. Lo cierto es que para poder salvar sus vidas, debían mirar un signo colocado en lo alto.

¿En los momentos de cansancio, de tristeza o cuando algo que vivimos nos pone en crisis o nos lleva a perder las esperanzas, dónde ponemos nuestra mirada? Muchas veces la gran tentación es encerrarnos en nosotros mismos o poner la mirada en cosas que nos distraigan del problema pero que nunca terminan de solucionarlo.

Dios nos invita a poner la mirada en lo alto; en ese signo de salvación que es Jesucristo. De la misma manera que Dios levantó la serpiente en el desierto para salvarlos, deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre. Este levantar en alto tiene dos sentidos: Cristo elevado en la cruz y, a la vez, elevado a la gloria de Dios. La elevación de la cruz es la elevación a la Gloria. La cruz, vivida desde el amor se torna siempre experiencia de plenitud.

La cruz es el gran signo del amor de Dios que nos amó aun estando nosotros en estado de pecado. Un Dios que quiere la salvación del pecador y no su condena. La frase: porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna, constituye la centralidad del mensaje evangélico. Nuestra vida se funda en el amor de Dios.

Es la experiencia del amor del Padre, quien no dudó en permitir que su Hijo amado pasara por la cruz para poder redimirnos de la muerte y del pecado, la que nos redime de las tinieblas y nos lleva a la luz, dándole sentido a todo lo que vivimos. El Padre quiere que tengamos vida, vida eterna y en abundancia.

Este pasaje del Evangelio forma parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, en donde el Señor le dice que es necesario nacer de nuevo para entrar al Reino. Cristo resucitado, vencedor de la muerte y del pecado, es el inicio de una nueva humanidad, el hombre nuevo, imagen plena del Padre. Uniéndonos a Él, nosotros participamos de la vida del hombre nuevo. Jesucristo es la luz y la verdad, vencedor de las tinieblas y la mentira. Al aceptar a Jesucristo como Señor y cabeza de la nueva humanidad, nosotros nos hacemos partícipes de esta novedad de vida. Por eso, el juicio ya ha comenzado. Desde el momento en que nosotros aceptamos a Cristo o lo rechazamos, ya nos abrimos al don de la salvación o ya nos cerramos a él.

En esta cuaresma levantemos la mirada y contemplemos la cruz, signo del amor del Padre, por cada uno de nosotros, que nos entregó lo que más ama, su propio Hijo. Es esa mirada contemplativa la que nos permitirá encontrar la luz en medio de las tinieblas. 

Nos preguntamos: ¿En esta cuaresma, me dejo espacios para contemplar el amor del Padre manifestado en Jesús? ¿En los momentos de dificultad, levanto la mirada para encontrarme con Jesús?

Un bendecido tiempo cuaresmal para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                       Sal 136, 1-6

R. ¡Que no me olvide de ti, ciudad de Dios!

Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras. R.

Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:
«¡Canten para nosotros un canto de Sión!» R.

¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén,
que se paralice mi mano derecha. R.

Que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén
por encima de todas mis alegrías. R.