TERCER DOMINGO DE CUARESMA. Ciclo B.

Mc 2,13-25

    Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio.»

    Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

    Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»

    Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.»

    Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y Tú lo vas a levantar en tres días?»

    Pero Él se refería al templo de su cuerpo.

    Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

 

Todos los días, cada uno de nosotros, ejercemos el comercio. Cuando vamos a comprar un paquete de pastilla, medio quilo de pan o pagamos la factura de la luz. Todos pagamos para recibir un beneficio ¿Cómo es con Dios?

Con mucha facilidad podemos mercantilizar la relación con Él. Te doy para que me des. Te prometo portarme bien o realizar determinado acto de piedad para que me concedas determinada gracia. Cuando Jesús reacciona tan enérgicamente con los vendedores del templo es porque no podía aceptar una relación con su Padre fundada en la compra del amor.

El amor del Padre y su perdón es un regalo gratuito que nos viene dado en Jesús. Si nosotros compráramos el amor de Dios, ese amor dependería de nosotros y no de Él; nosotros manejaríamos a Dios, Él se convertiría en objeto de nuestro comercio. Él nos amó primero y nos ama con un amor total. Al amor de Dios le decimos Gracia, porque es un amor gratuito. Nada ni nadie puede condicionar su amor hacia nosotros. El pecado nos aleja a nosotros de Él, jamás los alejará a Él de nosotros.

Nuestro amor hacia Él es siempre un amor de respuesta a Aquel nos amó primero. Decía el P. Ricardo Antoncich: no tengo que hacer nada, absolutamente nada para que Dios me ame; lo tengo que hacer todo porque Él me ama.

 

Un bendecido tiempo cuaresmal

Marcos 2,13-25