Mc 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».
Si leemos el Evangelio de este domingo en la Biblia, vamos a percibir que comienza diciendo: seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan. Se trata de seis días después del primer anuncio de la pasión. Luego de un anuncio de sufrimiento y antes de pasar por los momentos crueles de su pasión, el Señor les permite, a los tres, hacer la experiencia anticipada de su gloriosa resurrección.
La transfiguración es un hecho central en la vida de Jesús. Lo narran los tres evangelistas sinópticos; se lo menciona también en 2 Pe 1, 17-18. Jesús muestra en su transfiguración el sentido de la cruz y la experiencia gozosa de la gloria.
No debemos buscar la cruz. Jesús no la buscó, pero sí la aceptó como consecuencia de su opción por el amor.
Fuimos llamados a vivir en la gloria de Dios. Dios es amor. Por eso, ahí donde comprometemos nuestra vida en actitudes y opciones de amor, se hace presente la gloria de Dios. Jesús nos dice en la transfiguración que la cruz, cuando la asumimos por amor, no es la última palabra de la historia sino la puerta de entrada a la experiencia gloriosa de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, simbolizando la ley y los profetas; los dos caminos por los cuales Dios habló a su pueblo. Cuando el Padre nos invita a escuchar a su Hijo, Jesús queda sólo. En Él ha llegado a su plenitud el mensaje de la ley y los profetas. En Jesús está todo lo que el Padre tienen para decirnos. Que en este tiempo de Cuaresma podamos intensificar el gozo del encuentro con Jesús, la Palabra que da sentido al dolor y hace de nuestra cruz un camino de gloria.
Un bendecido tiempo cuaresmal
