COMENTARIO AL EVANGELIO

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS.

Octava de Navidad. Jornada mundial de la paz.

CICLO B

1 de enero de 2018

Maria y Jesus

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     2, 16-21 

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

 Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

 Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción. 

Palabra del Señor 

 

Ya, desde muy antiguo, se celebraba una fiesta en honor a la maternidad de la Virgen, dentro del tiempo de la Navidad. El Papa Pío XI, en 1931, al cumplirse 1500 años de la celebración del Concilio de Éfeso (431), en el que se aprobó solemnemente el título de Madre de Dios (Theotókos), aplicado a la Virgen, estableció la celebración de esta fiesta el día 11 de octubre para toda la Iglesia en occidente, en recuerdo del mencionado Concilio. Con la reforma litúrgica, que tuvo su origen en el Concilio Vaticano II, se volvió a celebrar esta fiesta en el tiempo de Navidad, siguiendo la antigua tradición. Con la fiesta de la maternidad divina de la Virgen María, concluye la octava de Navidad e iniciamos un nuevo año civil.

El Concilio de Éfeso nos enseña que Jesucristo es todo hombre y todo Dios; en la misma persona se dan ambas naturalezas, la humana y la divina. Por lo tanto, María, al ser la madre de esa única persona, es correctamente llamada Madre de Dios.

Qué título tan grande para una creatura: ¡Madre de Dios! Siendo creatura es la madre del Creador, siendo mujer es la madre del Redentor. El Señor tomó de ella su carne y su sangre. Sin embargo, San Agustín nos dice: “Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo”.

¿Qué significa ser discípula, discípulo, de Cristo? El discípulo es el que sigue al maestro y encuentra en Jesucristo el sentido último de su vida. El Evangelio que se proclama en esta fiesta nos muestra a María contemplando todo lo sucedido y meditándolo en su corazón. Hoy se habla mucho de “meditación”. Quizá en una sociedad tan marcada por el ruido y la abundancia de palabras, en donde se destina mucho tiempo a conectarnos con los medios de comunicación masiva y las redes sociales, estamos necesitando tiempo de encuentro con nosotros mismos. Poder mirarnos a nosotros, a los demás y a los acontecimientos cotidianos con ojos de Fe; descubriendo en nuestro interior, en las personas y en lo que nos sucede cada día, la presencia viva de Jesucristo. Él es la Palabra que nos revela el amor de Dios. En Jesucristo, en su vida y en sus palabras, está todo lo que Dios tiene para decirnos. El encuentro personal con Él, llena de significado todo lo que vamos viviendo en el transcurso de nuestra vida. María fue la mujer abierta a la Palabra. Una Palabra que nos llega a través de la Biblia y también en los desafíos que la vida nos va presentando. Palabra que se hace mensaje actualizado en cada acontecimiento que nos toca vivir. Mirar la vida con ojos de Fe, es contemplar la presencia de Dios en los acontecimientos de la vida. Él se hace presente en el dolor y en la alegría, en el esfuerzo cotidiano y en el reposo; en el ruido de la ciudad, con sus rostros de dolor y ansiedad, con sus conflictos, indiferencias y soledades. Se hace presente también en la intimidad familiar o en el diálogo de amigos. Se hace presente en nuestra soledad y en el encuentro con nuestras virtudes y defectos.

Qué diferente puede ser este nuevo año que comenzamos si nos proponemos, como María y los pastores, asumir una actitud más contemplativa de la vida. Qué diferentes serían nuestros vínculos si pudiéramos contemplar, en cada persona, la presencia de Dios en ella, aquello que el Señor nos quiere regalar en cada ser, único y original, que Él pone en nuestro camino. Qué bien nos haría el poder dejarnos en este año que iniciamos, momentos fuertes de encuentro con la Palabra. Esa Palabra que serena, anima y llena sentido nuestra vida. Esa Palabra que nos trae el perdón y, por eso, nos devuelve la paz. Qué diferentes podrían ser los días de este año si los comenzamos y finalizamos reconociendo los cotidianos regalos de Dios, todo el bien que Él hace en nosotros y, a través nuestro, en los demás. La actitud contemplativa nos lleva al agradecimiento y a la alabanza. Los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído Es esta actitud de alabanza la que nos lleva a madurar en la fe, a crecer en la relación con Aquel que nos ama con amor absoluto.

Desde el tiempo del Beato Papa Pablo VI, se celebra en este día la Jornada por la Paz. Todos los años el Papa nos envía un mensaje con un lema. En este año, el Papa Francisco nos propone como lema: «Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz.» En el número 3 de su mensaje, el Papa nos invita a tener una mirada contemplativa. Nos dice:

La sabiduría de la fe alimenta esta mirada, capaz de reconocer que todos, «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir». Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella.

Necesitamos ver también la ciudad donde vivimos con esta mirada contemplativa, «esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas [promoviendo] la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia»; en otras palabras, realizando la promesa de la paz.

Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.

Por último, esta mirada contemplativa sabe guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que «permita el verdadero bien de su comunidad», es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos.

Quienes se dejan guiar por esta mirada serán capaces de reconocer los renuevos de paz que están ya brotando y de favorecer su crecimiento. Transformarán en talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados.

Un bendecido año para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                     Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 2a)

R. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra. R.