NATIVIDAD DEL SEÑOR.
CICLO B
25 de diciembre de 2017

Les presentamos los comentarios a los Evangelios que serán proclamados en la misa de la noche (24 de diciembre) y en la misa del día (25 de diciembre):
MISA DE LA NOCHEBUENA
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 1-14
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
« ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»
Palabra del Señor
En la noche en la que nace el Emanuel, el Dios con nosotros, en la que la presencia de Dios se manifiesta en nuestra humanidad, una multitud del ejército celestial, junto al Ángel, proclama: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»
Qué necesidad tenemos de encontrar la paz. Miramos, como sobrepasados por la realidad, tantas muertes en el mundo como consecuencia de la violencia. Nos conmueve las heridas y las muertes de niños inocentes, ver tantas familias destruidas y tantas pérdidas de seres queridos. En nuestra Patria hemos visto en estos días escenas de violencia que nos entristecen y preocupan. Nos duele la violencia en los hogares y en las ciudades, nos atemoriza la violencia delictiva, fruto de un narcotráfico que actúa con la impunidad que brinda la complicidad de parte de nuestros dirigentes políticos y nuestros administradores de justicia.
No sólo es violencia el derramamiento de sangre. Es violencia la situación de nuestros mayores que, luego de haber trabajado durante toda la vida, no reciben ni siquiera lo necesario para cubrir por unos días sus necesidades básicas. Es violencia la brecha que se establece entre las diferentes asignaciones, cuando en muchos casos el que menos cobra es el que más trabajó. Es violencia que todavía sigan existiendo tantos lugares de prostitución, emparentados con la trata de personas. Son expresiones de violencia la cantidad de tantos chicos desnutridos o viviendo en la calle, cuando lo producido en la Argentina nos podría llevar en poco tiempo a la pobreza cero, si hubiera una mayor equidad y justicia social. Son violentos los talleres clandestinos y la injusta retribución de las riquezas. Es violencia el difícil acceso a la salud, a la vivienda y a la educación. Toda injusticia, exclusión y marginación es una forma de violencia.
Nos recordaba el Beato Papa Pablo VI en los lemas de dos jornadas mundiales de la paz (1972 y 1977): Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Si quieres la paz, defiende la vida.
Esa paz que el niño Dios nos trae en esta noche, es confiada a cada uno de nosotros. Como decía San Juan Pablo II, la paz es un don de Dios, confiado a los hombres. La recibimos como don y es, a la vez, tarea nuestra alimentar ese don y transmitirlo a los demás. La paz no es mágica, hay que recibirla, buscarla, encontrarla, alimentarla y transmitirla.
Esa paz que no es ausencia de conflicto, sino que surge cuando se asumen los conflictos con espíritu de diálogo. Sólo dialoga el que escucha y valora lo que de verdad hay en el otro. Esa paz que sólo se hace presente en nuestra sociedad cuando vamos dando pasos no sólo de crecimiento económico sino también de justa retribución de las riquezas. Esa paz que brota en el corazón de aquel que trabaja por la vida y por todas las vidas, del que no se apodera de los bienes que nos fueron dados por Dios para todos.
Fuimos creados para vivir en paz. Jesús antes de partir nos dejó no sólo la paz sino su paz. Esa paz que sólo Él nos puede dar.
En esta noche en la que la historia de los hombres cambió para siempre, el Evangelio nos revela cómo encontrar esa paz.
En primer lugar, aceptando con gozo y humildad el regalo de esta noche. Dios es ese regalo. Él quiere habitar en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Hecho carne en nuestra carne, permanece para siempre con nosotros. Nuestra fealdad y nuestro pecado no lo aleja de nuestras vidas; por el contrario, quiere estar en nosotros para perdonarnos y sanarnos desde lo más íntimo de nuestro ser. Su presencia misericordiosa y cargada de ternura es la fuente de nuestra paz.
Jesús nace pobre y débil. Al inicio de este relato hay dos escenas que contrastan entre sí. Por un lado, el poder dominador de César Augusto, el hombre más poderoso de su tiempo, gobierna un inmenso imperio y todos le obedecen; es casi el rey del mundo. El emperador de Roma era temido y cuando sus órdenes no se cumplían las represalias no conocían límites. Por otro lado, María y José, dos desconocidos que viven en un lugar desconocido para muchos, la Galilea; ellos, obedeciendo al decreto del emperador, inician un viaje penoso y dificultoso, sobre todo para una mujer embarazada; en condiciones normales ese viaje dura cuatro días de caminata. Jesús nace en un pesebre porque no había lugar para ellos en una habitación. Cuando los profetas anunciaban algo de parte de Dios tenían que probar la veracidad de sus revelaciones con algún signo extraordinario; en este caso se trata de revelaciones hechas a través de un Ángel y referida nada menos que al Salvador del mundo. El signo tenía que ser espectacular. Sin embargo, no tiene nada de eso, la señal dada es la debilidad de un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Dos escenas contrapuestas: la de César Augusto y la de Jesús. Escenas que nos transmiten dos imágenes antagónicas: poder y debilidad. Dios opta por la debilidad, nace en la debilidad. Para muchos la historia pasa por los poderosos; en cambio, para Dios, la historia de la salvación se hace presente en lo sencillo y despreciado. No son nuestras actitudes de dominación y atropello, no es nuestro poder humano, no son nuestros éxitos autorreferenciales, no son las conquistas de espacios de poder o nuestra dureza de corazón ante una ofensa recibida, los que nos conducirán por el camino de la paz. Sólo una vida vivida en el amor generoso, gratuito y misericordioso, nos darán la verdadera paz. En Jesús, Dios vino a traer el perdón y la reconciliación. Sólo en el perdón encontraremos la libertad interior que nos conduce a la paz. Cuando no perdonamos, seguimos esclavos de situaciones y personas, de angustias y dolor; eso nos quita la paz. Cuando nos afirmamos en nuestro dominio sobre el otro, nos hacemos esclavos de ese dominio. El perdón y el servicio a los demás, nos liberan de las cadenas que nos impiden realizar aquello para lo cual fuimos creados.
Los primeros en recibir la noticia no son los poderosos especialistas en la Ley o en las Escrituras, no se les revela en primer lugar a los escribas ni a los fariseos ni a los sacerdotes; la revelación la reciben sencillos pastores, hombres sin prejuicios, receptivos, humildes, no tenidos en cuenta. Dios ha elegido lo débil de este mundo, dice San Pablo. Dios se pone al lado de los débiles, opta por ellos. Brota la paz en nuestro corazón cuando le abrimos el corazón y tendemos la mano a aquellos que la sociedad excluye. Lo que hacemos por el más pequeño, el más despreciado, es por Dios que lo hacemos. Nace la paz cuando somos capaces de abrirle el corazón al que sufre y nos dejamos convertir en instrumento de consuelo y fortaleza.
A partir de esta noche, quizá nada o pocas cosas cambien fuera nuestro. Todo puede cambiar en nuestro interior si nos abrimos a la paz que el mismo Dios nos trae. Él es nuestra paz. El amor que todo lo perdona, es el camino hacia esa paz. La mano tendida hacia el que sufre, por cualquier motivo, es el espacio y lugar en donde Dios quiere nacer hoy en nuestras vidas; ahí está el auténtico pesebre navideño.
SALMO RESPONSORIAL Sal 95, 1-3. 11-13
R. Hoy nos ha nacido un Salvador:
el Mesías, el Señor.
Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre. R.
Día tras día, proclamen su victoria,
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.
Alégrese el cielo y exulte la tierra,
resuene el mar y todo lo que hay en él;
regocíjese el campo con todos sus frutos,
griten de gozo los árboles del bosque. R.
Griten de gozo delante del Señor,
porque él viene a gobernar la tierra
él gobernará al mundo con justicia
y a los pueblos con su verdad. R.
MISA DEL DÍA DE LA NAVIDAD
Principio del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz,
sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de Él, al declarar:
«Este es aquel del que yo dije:
El que viene después de mí
me ha precedido,
porque existía antes que yo.»
De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre.
Palabra del Señor.
Todos los domingos de Navidad, la Iglesia nos presenta este Evangelio conocido como el prólogo del Evangelio según san Juan. Posiblemente se trate de la adaptación de un himno rezado por la comunidad cristiana y que fue adaptado y ubicado al inicio del Evangelio.
Nunca las palabras podrán expresar en plenitud el misterio que hoy celebramos. Quizá la poesía, género literario al que pertenece este prólogo del Evangelio, sea el medio por el cual se pueda expresar con más profundidad el misterio de Dios hecho hombre entre los hombres. El misterio nunca es oscuridad; es una luz tan intensa y profunda que nuestra mente humana nunca podrá explicar en plenitud. Somos llamados a contemplar el misterio, a dejarnos iluminar por él, a dejarnos conducir por él.
En este himno se lo presenta al hijo de Dios como la Palabra hecha carne.
Qué haríamos los hombres si no tuviéramos palabras para expresarnos. Cuando decimos palabra, queremos señalar todo aquello con lo cual comunicamos nuestros sentimientos, nuestras ideas; palabras son también nuestros gestos y silencios, nuestra mirada y nuestras posturas. Con la palabra nos comunicamos a nosotros mismos; con la palabra nos hacemos presentes en el mundo y en la vida de los otros, con ella damos visibilidad a nuestra existencia. Con la palabra podemos ayudar a otros a encontrar la luz, con la palabra podemos animar, dar vida, reencender el entusiasmo. Cuando nuestra palabra es portadora de la Palabra de Dios, nuestra palabra realiza grandes cosas.
Jesucristo es la presencia viva de Dios en la vida de los hombres. Esto es lo que hoy celebramos. Hoy hacemos memoria de la venida de Dios al mundo en el seno de la Virgen. Hoy celebramos la esperanza de saber que el Señor volverá lleno de gloria en la plenitud de los tiempos a dar pleno cumplimiento a la promesa del Padre. Hoy celebramos también la presencia cotidiana de Dios en la vida, en la carne, en el cuerpo de cada uno de nosotros. Somos seres habitados por Dios. Nuestro ser humano se ha llenado de la presencia de Dios. Y, en cada Navidad, esa presencia se hace más viva en nuestra existencia.
La Palabra es presencia de luz que viene a iluminar nuestras tinieblas. La Palabra visibiliza el amor del Padre. En Jesús se hace visible la misericordia de Dios. Vivimos muchas veces sumergidos en las tinieblas de nuestros miedos, de nuestras incertidumbres, de nuestros pecados. Necesitamos la luz que da sentido a todo lo que vivimos, la luz que ilumina y permite ordenar todo nuestro ser hacia su fin último: amar y servir al Señor.
Esta Palabra no sólo ilumina, es la Palabra que realiza en nosotros aquello que pronuncia. La Palabra que nos da vida, vida nueva, vida en el amor. Es la Palabra que sana nuestras heridas y nos permite perdonar. Es la Palabra que reconcilia, que nos fortalece, que permite que el amor se haga carne en nuestra carne. Es la Palabra que nos convierte en hijas e hijos de Dios. Es el Hijo que se unió para siempre a nuestra carne y que nos convirtió en hijos de Dios. En Cristo hemos recibido la más grande de las dignidades. Y, porque somos hijos de un mismo Padre, la Palabra nos hace hermanos de todos.
Necesitamos de esta Palabra para que cada día todo cobre sentido: el esfuerzo, los momentos de dolor y alegría, el descanso, la vida que llega y la vida que parte. Es la Palabra que purifica nuestra vida del pecado, que nos convierte cada día, devolviéndonos el gozo de vivir en Gracia de Dios.
SALMO RESPONSORIAL Sal 97, 1-6
R. Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.
El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.
Canten al Señor con el arpa
y al son de instrumentos musicales;
con clarines y sonidos de trompeta
aclamen al Señor, que es Rey. R.
Una bendecida Navidad para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina