XXX DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 22,34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

    Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

La pregunta que este fariseo le hace a Jesús, responde a una necesidad que los maestros  tenían de poder sintetizar, de una manera realizable, el cumplimiento de la ley, ya que esta contenía 613 mandamientos. Conocer y practicar todos ellos era prácticamente imposible. Los especialistas de la ley se preguntaban cómo poder encontrar una síntesis que le permitiera ser fieles a Dios.

Jesús responde combinando dos mandamientos: el del amor a Dios (Dt 6,4-5) y el del amor al prójimo (Lv 19,18). Los presenta como la síntesis de toda la Escritura.

¿Qué es amar? El Papa Benedicto XVI nos ilumina enormemente, en este tema, en su primera Encíclica Deus Caritas est. Ahí nos señala dos dimensiones del amor:

  • El amor de eros o amor de complacencia. Por él gozamos la presencia del otro como un bien en nuestra vida. No amamos su utilidad sino el bien de su persona. Es el amor propio de los esposos, el amor que da inicio al camino de la amistad, el amor que nos mueve encontrarnos espontáneamente con alguien y disfrutar su presencia.
  • Una segunda dimensión, es el amor de ágape o de donación. Nuestra realización más profunda está en comprometer nuestra vida con el bien de los demás. Fuimos creados a imagen de Jesucristo quien vivió su vida en compromiso continuo con el bien de los otros. Cuando amamos con su mismo amor, nos realizamos profundamente como personas. Es la dimensión del perdón, del devolver bien por mal, de buscar para el otro el mismo bien que quiero para mí. Esta dimensión nos da la libertad de un amor no condicionado por la respuesta del otro o por la compensación recibida. Purifica el amor de todo egoísmo y nos lleva a una experiencia fuerte de identificación con Jesús.

Nosotros también podemos sentirnos abatidos y confundidos, como el pueblo judío, ante el peso de muchos compromisos y tareas; muchas veces podemos experimentarnos dispersos en muchas cosas. El hacerlo todo por amor a Dios y a los hermanos, le da sentido y  unidad a nuestra vida.

Nos preguntamos: ¿El amor a Dios y a los hermanos, unifica y da sentido, en lo cotidiano, a nuestra vida, tareas, compromisos y vínculos? 

¡Un bendecido domingo!

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