XXVII domingo durante el año
CICLO A
8 de octubre de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 21, 33-46
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: «Respetarán a mi hijo.» Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: «Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia». Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»
Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».
Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras:
«La piedra que los constructores rechazaron
ha llegado a ser la piedra angular:
esta es la obra del Señor,
admirable a nuestros ojos?»
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Continuamos meditando parábolas de Jesús que hacen referencia a la viña. Hace dos domingos proclamamos la referida al salario de los trabajadores; el domingo pasado, a la actitud asumida por dos hijos ante el pedido de su padre para que fueran a trabajar a su viña. Hoy, se nos invita a meditar respecto a la propiedad de los frutos.
En las tierras habitadas por el pueblo de Israel, cuidar una viña implicaba mucho esfuerzo. Se trataba de un terreno muy pedregoso; esto implicaba sacar las piedras, plantar con dificultad, cavar para conseguir agua, cercarla y vigilarla ante el peligro de los animales salvajes.
En el Antiguo Testamento, la imagen de la viña representa al pueblo elegido por Dios. El pueblo de Israel es la viña amada de Dios, quien le dedica todo su cuidado. En la primera lectura de la misa de este domingo (Is 5, 1-7) se proclama el amor del viñador por su viña, su preocupación por cuidarla y como, a pesar de tantos cuidados, la viña termina dando frutos agrios.
Jesús retoma esta imagen pero no se refiere a la calidad de los frutos sino a la actitud de los arrendadores que roban esos frutos e intentan hacerse dueños de la viña. El tema de los frutos es muy fuerte en el Evangelio según san Mateo. Es clara la imagen del hijo, como el heredero, aludiendo a Él mismo. Este hijo es arrojado fuera de la viña; Jesús muere fuera de la ciudad de Jerusalén. Según el derecho existente, se podría interpretar que, al no haber herederos y morir el dueño, la viña pasa a ser propiedad de los arrendatarios. Los sumos sacerdotes y fariseos, comprenden que esta parábola se refiere a ellos y buscan la manera de detenerlo.
Encontramos, en esta parábola, algunos aspectos que no sólo los podemos leer respecto al pueblo de Israel sino, también, en relación a la Iglesia y a cada uno de nosotros.
En primer lugar, el tema de la propiedad. Como Iglesia, como pueblo de Dios, somos su propiedad. Esto implica, por un lado, una actitud de verdadero servicio de parte nuestra. No somos dueños de la historia, de las personas, de la vida, de la Iglesia, de las comunidades a las cuales pertenecemos. Somos simples servidores. El servidor es fiel a su Señor y todo lo hace conforme a su voluntad. Esta actitud de servicio, además de hacernos atentos a la voluntad de Dios, nos da una profunda libertad y paz, fruto de la confianza en Aquel que dirige los tiempos y la historia. Cuando nos hacemos dueños no sólo caemos en actitudes de dominio sino, también, al ocupar un lugar que no nos corresponde, nos vemos superados por la realidad. Cuando nos ponemos en lugar de Dios queremos controlarlo todo, dominar todo, y de esa manera perdemos el gozo interior y la paz. Saber que el Señor nos ama con amor infinito, que nos cuida con ternura y que obra en cada uno de nosotros, nos invita a poner todo en sus manos y, sin eludir nuestra responsabilidad, confiar en su actuar en la historia. Sabernos servidores nos lleva a confiar en su luz y fortaleza; esto siempre nos descansa y nos vuelve a la paz. Poder decirle al Señor: esta persona, que está atravesando una dificultad, te pertenece, es tuya, ponerla en sus manos. Dejar en manos de Dios aquellas situaciones difíciles de resolver, poniendo, a la vez, lo mejor de nuestra parte para resolverla. La actitud del servidor es la de aquel que se deja conducir y que no se hace dueño.
Encontramos también, en esta parábola, una invitación a dar frutos y a saber que estos les pertenecen a Dios. Con facilidad confundimos el dar fruto con el tener éxito. Y no es lo mismo. Dar fruto es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por lo aparente y reconocido. El fruto, muchas veces pasa por el fracaso. El grano de trigo tiene que morir para dar frutos. Dar frutos es ser fecundos en dar vida. Los frutos evangélicos son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia, la castidad. Somos invitados a entregarle en cada eucaristía estos frutos al Señor porque Él hace posible nuestra fecundidad, a Él le pertenece todo porque todo lo hemos recibido de Él. Él es la piedra angular desde la cual se construye todo. Sólo da frutos verdaderos aquel que reconoce en lo vital de cada día que sin el actuar amoroso de Dios en nuestra vidas, nuestros frutos serían muy pobres y escasos.
Que podamos cuidar la viña que Él nos confió, cuidar la vida de cada uno de nuestros hermanos, como Él cuida la nuestra, poniendo nuestra confianza en Él y entregándole todo lo que de Él hemos recibido.
Nos preguntamos: ¿Nos experimentamos servidores o algunas veces nos asalta el espíritu de dominio? ¿Es Cristo la piedra angular de nuestra vida, a partir de la cual construimos el bien?
Un bendecido domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 9. 12-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)
R. La viña del Señor es su pueblo.
Tú sacaste de Egipto una vid,
expulsaste a los paganos y la plantaste;
extendió sus sarmientos hasta el mar
y sus retoños hasta el Río. R.
¿Por qué has derribado sus cercos
para que puedan saquearla todos los que pasan?
Los jabalíes del bosque la devastan
y se la comen los animales del campo. R.
Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,
el retoño que Tú hiciste vigoroso. R.
Nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
¡Restáuranos, Señor de los ejércitos,
que brille tu rostro y seremos salvados! R.