43 º Peregrinación juvenil a pie a Luján
30 de septiembre y
1 de octubre de 2017
“MADRE, ENSEÑANOS A CONSTRUIR LA PAZ”.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan (19, 25-27)
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Los invitaría a contemplar un instante la escena: Jesús está pasando por el momento más doloroso de su vida. Es despreciado, insultado, escupido, calumniado. El sufrimiento físico y moral es muy intenso. En ese momento, clavado en la cruz, mira a su madre. Cuánto dolor habrá experimentado la madre al ver así a su hijo. Cuánto dolor habrá experimentado el hijo al ver el sufrimiento de su madre ¡Cómo duele el dolor del otro cuando el amor al otro es grande!
Jesús usa el término “mujer”. No se lo habíamos oído desde que lo usó, al inicio del Evangelio según San Juan, en las bodas de Caná. Ahí no había llegado la hora. En este momento, cuando la hora llegó, la hora de la entrega total, la hora de la redención, la hora de la plenitud del amor sacerdotal, la hora en la que el mal, el pecado y la muerte son vencidos, vuelve a utilizar el término mujer. María es la “mujer” bíblica que da a luz al Mesías y que se convierte en Madre que da vida a la Iglesia, presencia sacramental de Cristo. En esa hora, culmen de la historia, en donde la vida de los hombres es redimida y nacemos a la eternidad, Jesús entrega su madre al discípulo amado y este la recibe. Nosotros somos los discípulos amados del Señor que recibimos su madre como nuestra propia madre. Este episodio no describe sólo un acto de piedad filial de Jesús hacia su madre, sino una verdadera revelación de su maternidad espiritual. María se convierte en la madre no sólo del discípulo amado, sino también de todos aquellos a quienes él representa, el conjunto de los creyentes. María es madre de la vida de Jesucristo, suscitándola en todo discípulo a quien Jesús ama.
Es en esa hora en la que los hombres recibimos para siempre el consuelo y la fortaleza de la Madre. A partir de ese momento, ya no estamos solos cuando sufrimos; hay una mujer que es madre, esposa y amiga que nos contagia su fe y, con ella, su fortaleza. ¡Qué grande es el amor de Jesús! No le bastó darnos la vida, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra. El Beato Papa Pablo VI, cuando declaró a María madre de la Iglesia, en medio del Concilio Vaticano II, nos recordaba que María no era sólo la mujer del pasado sino también la mujer que actúa en el presente con su amor maternal en la vida de cada uno de nosotros.
María, mujer de paz, nos lleva por los caminos de la paz. Esa paz que, al decir de San Juan Pablo II, es don y tarea. Un regalo de Dios que tenemos que cuidar y cultivar, construir entre todos.
Construimos la paz cuando superamos la corrupción y la injusticia y cuando nos encontramos con el verdadero sentido de nuestras vidas.
Cuando en una sociedad los que tienen que velar especialmente por el bien común no lo hacen siempre se generan situaciones de violencia. La corrupción de la injusticia genera violencia. Esa justicia, “largamente esperada”, serena los ánimos, da seguridad a la sociedad y encauza el apetito de venganza en sanciones que buscan siempre el bien de todos, que protegen a la sociedad y encauza la corrección del que delinquió. Cuando los que tienen que administrar justicia no lo hacen en tiempo y en forma, generan situaciones de irritación y, en muchos casos, de búsqueda de una “justicia” por manos propias que termina generando nuevos males. La corrupción de la clase dirigente, en muchos casos, se hace cómplice con su no actuar honesto, del narcotráfico, trata y desaparición de personas, permisividad ante lo ilícito y tantos otros males que siempre son generadores de violencia. La corrupción mata porque se descuida el cuidado del bien en común en función de intereses individuales de poder económico y político.
El beato Pablo VI decía en uno de los lemas de las jornadas mundiales de la paz: Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Sólo ella es garantía de la verdadera paz en el mundo. La acumulación de bienes, el crecimiento económico en base a la explotación de personas, la deshonestidad en los precios, los salarios injustos, la brecha creciente entre ricos y pobres, la omisión de la responsabilidad del estado, la acciones escrupulosas de los que detentan el poder económico, son siempre generadores de violencia social. Es violencia no reconocer en el otro un ser humano, sujeto de derechos inviolables, es generadora de violencia la indiferencia que se niega a ser sensible ante el dolor de los otros.
Cuando reducimos la búsqueda de la felicidad al consumo, al uso esquizofrénico de la genitalidad, a la evasión de la realidad, nace en cada ser humano y en la sociedad, situaciones de violencia. Al buscar la plenitud en aquello que no lo puede dar surgen sentimientos de frustración que en muchos casos son generadores de violencia y auto violencia. Somos imagen de un Dios que es la plenitud del amor. Sólo viviendo la vida en clave de amor, nuestra vida encuentra su sentido más profundo.
Hoy, nuestra Madre nos señala el camino de una vida plena, capaz de proclamar la alegría de un Dios misericordioso que mira nuestra pobreza y hace en nosotros y, a través nuestro, grandes cosas. María es mujer de paz, generadora de paz, porque encontró en la fidelidad a Dios el sentido más profundo de su existencia. María encontró la paz en su entrega incondicional a la voluntad del Padre, amando, en su Hijo, a la humanidad entera.
Somos un pueblo peregrino que alaba a Dios por su acción en nuestra vida y que camina hacia la plenitud de la felicidad en el encuentro definitivo con el Padre y la comunión plena y universal con toda la creación. La gloria de Dios manifestada en el camino de la vida, llegará a su plenitud en la resurrección final, de la cual María es anticipo y vínculo con Aquel que es el Camino a la Vida, Jesucristo, Señor de la historia.
Un bendecido próximo domingo para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO Lc 1, 46-48. 49-50. 51-53. 54-55 (R.: cf. 49)
R. El Señor hizo en mí maravillas:
¡gloria al Señor!
«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías. R.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham
y de su descendencia para siempre.» R.
