Los otros días escuché una frase que me pareció muy iluminadora para este tiempo que estamos viviendo: la ideología es un conjunto de ideas que no te dejan pensar. Quien la comentó se la atribuyó al humorista Caloi. No pude verificar si le pertenecía a él o no; lo cierto es que me pareció maravillosa.
Qué bueno que podamos sistematizar nuestros pensamientos, relacionarlos, ir construyendo el paradigma de sociedad y de país que queremos. Qué bueno que podamos poner pasión en aquello que vemos como bueno para nosotros y para los demás. Dios nos creó semejantes a Él y, por eso, con capacidad de pensar, proyectar, soñar. En el ejercicio de la democracia somos invitados a opinar, criticar, controlar, pensar alternativas, defender proyectos. Una de las peores consecuencias de una dictadura es bloquear en nosotros, sobre todo en los jóvenes, la participación en la construcción del bien común.
Ahora, no hay construcción del bien común si no partimos de un diálogo sincero y genuino. Y no hay diálogo si no hay capacidad de escuchar, de modificar postura. Una escucha empática que nos permita descubrir lo que hay de verdad en el otro, sin, por eso, renunciar a lo que nosotros vemos como verdad.

El peligro de la ideología es cerrarnos en un esquema de ideas que defendemos a capa y espada, sin pensar en la posibilidad de matices, alternativas, reciprocidades, complementariedades, de rearmar pensamientos. La ideología pretende convertir un conjunto de ideas en verdad absoluta. Esto niega la posibilidad de verdad en el que piensa diferente y, por eso, menosprecia al otro como ser pensante. De ahí que la absolutización de la verdad que pretende una ideología (cualquiera de ellas) anula al que piensa distinto.
Los Obispos Latinoamericanos, reunidos en Puebla en 1979 nos dicen en los números 535 y 536 del Documento Conclusivo de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano: Toda ideología es parcial, ya que ningún grupo particular puede pretender identificar sus aspiraciones con las de la sociedad global. Una ideología será, pues, legítima si los intereses que defiende lo son y si respeta los derechos fundamentales de los demás grupos de la nación. En este sentido positivo, las ideologías aparecen como necesarias para el quehacer social, en cuanto son mediaciones para la acción. Las ideologías llevan en sí mismas la tendencia a absolutizar los intereses que defienden, la visión que proponen y la estrategia que promueven.
Eugene Ionesco (dramaturgo rumano, miembro de la Academia Francesa) decía que las ideologías nos separan, los sueños y las angustias nos unen. Esta frase me hizo pensar si este no era el camino de unidad para los argentinos. Venimos de tiempos de mucho dolor. Nuestra Patria nació dividida y a lo largo de la historia nos hemos ido atrincherando en bandos antagónicos. ¿No es la hora de recoger nuestros sufrimientos y ver que sin una auténtica amistad social nos seguiremos destruyendo como nación? ¿No es la hora de encontrarnos en nuestros sufrimientos y desde ahí convertir el dolor en una sabiduría que nos permita soñar un país diferente?
La ciencia actual le da un lugar muy destacado a las emociones. Ellas hacen a nuestra salud y a nuestras actitudes, a nuestro placer y a nuestro dolor ¿No será el momento de salir de la trinchera de nuestros pensamientos y empezar a contemplar lo que de verdad hay en el otro y en mí y, desde ahí buscar coincidencias animados por ese sueño que es común a todos: una Argentina en justicia y paz? Decía José Ortega y Gasset: Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral.

No quiero ser ingenuo. No basta el diálogo. Hay proyectos de nación que parten de intereses económicos y de poder. En el escenario político, me parece, hay mucho de intereses personales que se anteponen al bien común. ¿Pero, es esta la realidad de la mayoría de los argentinos? No hace falta sólo dialogar, es necesario, también, retomar los auténticos valores que nos saquen del individualismo y de la construcción de una sociedad en donde lo que se busca es el marco para ganar más y con menos esfuerzo, enriquecerse a costa del dolor de los otros, sumar capital mientras una gran mayoría no tiene comida, trabajo, vivienda, salud y educación. Sin renuncia a los intereses de poder y de tener desmedido, tampoco podremos construir la nación que deseamos. No nos damos cuenta que cuando una sociedad no vive los valores que nos construyen como persona, podrán enriquecerse unos pocos pero los hijos de esos pocos seguirán viviendo en un mundo amenazado por la violencia y la muerte, en el mundo del sin sentido y de la nada, del vacío existencial, fruto del materialismo y del egoísmo, del consumismo adictivo y de la idolatría de la genitalidad. Cuando no se construye el bien común, el bien individual siempre está amenazado. La corrupción de los gobernantes, legisladores y jueces, las injusticias de todo tipo, el enriquecerse empresarial a costa del dolor del otro, las indiferencias ante el sufrimiento, una economía que no busque el bien común, la pérdida de la cultura del trabajo, la idolatría de la sexualidad y la fiebre consumista, todo esto es generador de violencia y muerte. Los valores que nos permiten crecer como personas, como ser social, cuya vida cobra sentido en función del bien común, son los que nos van a permitir construir un mundo en paz. Ya lo decía el Beato Papa Pablo VI: si quieres la paz, trabaja por la justicia. Esto implica un estado que trabaje por el bien común, una sociedad solidaria con el que sufre y una familia que forme en los auténticos valores.
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC