LA IGLESIA MÁS ALLÁ DE NUESTRAS FRONTERAS. INCULTURACIÓN Y PROFECÍA.

Nos puede pasar, que la inserción en las realidades más cercanas, las que vemos y vivimos cotidianamente, nos estrechen nuestra percepción de la realidad. ¡Qué bien nos hace mirar la universalidad de la Iglesia y contemplar a la humanidad más allá de nuestra cultura o geografía conocida! El Evangelio se hace presente en la diversidad de culturas y naciones, generando una riqueza insondable. Dice San Gregorio Magno: «La Escritura crece con quien la lee». El Evangelio, encarnado en la diversidad de las culturas, expresa una abanico riquísimo de experiencias de vida cristiana.

El encuentro del Evangelio con una cultura provoca una verdadera renovación cultural. La inculturación del Evangelio consiste en anunciar a Jesucristo partiendo de la realidad cultural con la que se encuentra el evangelizador. El Evangelio siempre aporta novedad, siempre cultiva valores (muchas veces ya existentes en la cultura); el Evangelio nos lleva a discernir y transformar aspectos culturales que no son humanizantes. Se trata de una recreación cultural en donde la cultura se transforma por el Evangelio.

Esto implica respeto por la cultura, aculturación, entrar en la cultura del otro, sin perder nuestra raíz cultural, en una dimensión de interculturalidad  (toda cultura posee valores, límites,  aspectos no humanizantes) en un verdadero diálogo cultural.

Esta tarea evangelizadora se realiza a través del  testimonio profético de muchos cristianos. Somos un pueblo profético. El día de nuestro bautismo, cuando fuimos ungidos con el Santo Crisma, se nos dijo que quedábamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey.

Pienso en este momento en  nuestros hermanos en Siria, en Cisjordania y en varios países del África, en nuestra historia como Iglesia en Latinoamérica (bajo gobiernos dictatoriales), en los inicios de la evangelización en Europa, en el anuncio del Evangelio en países de regímenes totalitarios y en el secularismo actual.

El profeta no es sólo aquel que anuncia la Palabra. El profeta es el que asume la realidad, intentando ver en ella los desafíos a los cuales Dios nos invita a dar respuesta desde la Fe, en un momento y lugar concreto de la historia. Desde que el hijo de Dios se hizo hombre, la historia de los hombres se llenó, de una manera especial, de la presencia de Dios. Dios se manifiesta en cada acontecimiento de la humanidad. El profeta es el que contempla la realidad con ojos de fe, intentando descubrir la presencia de Dios en la realidad cotidiana y anunciar, desde esa realidad, el Evangelio que le da sentido a todo lo que vivimos.

La profecía es anuncio de la Palabra que ilumina, abre perspectivas y ubica cada situación y momento dentro del gran plan de salvación que Dios tiene por la humanidad.

Una actitud profética implica denunciar todo aquello que deshumaniza y nos lleva por caminos de muerte. El profeta está llamado a tener la libertad que sólo un amor profundo por Jesús y la humanidad nos puede dar.

El profeta trabaja por la justicia. Una justicia inspirada siempre en la caridad y, por eso, que busca el verdadero bien. La justicia que ve en la denuncia y en la sanción del mal un camino de conversión para todos, que busca la verdad y la pone al servicio del amor, es la que nos conduce por caminos de verdadera reconciliación.

Pensar la universalidad de la Iglesia y rezar por todo el Pueblo de Dios, nos amplía el corazón y nos permite contemplar el paso de Dios en las diferentes manifestaciones culturales.

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Profeta