PENTECOSTÉS. FIESTA DEL ESPÍRITU SANTO

Jn 20, 19-23

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

“Soplo” en hebreo significa “espíritu”, “principio de vida”.  Jesús les comunica el Espíritu que recrea, que hace nuevas todas las cosas. Este soplo es el origen de una nueva vida. El Espíritu Santo nos hace partícipes de la Pascua de Cristo, porque une nuestra vida a su vida. Con la solemnidad de Pentecostés, llega a su plenitud el tiempo pascual porque es el don por excelencia de Cristo resucitado. Con su efusión, todo es renovado en Él.

Al enviar a sus discípulos, les encarga una misión: el  perdón de los pecados.

¡El Señor nos quiere en paz y alegres! La paz que Él nos trae, brota de un corazón reconciliado; nace en aquel que se abre al perdón. Un perdón que no es mera reconciliación. Sólo el Señor tiene el poder de liberar nuestra vida de toda atadura, de toda culpa, de toda afección desordenada. Por eso, sólo Él puede devolvernos la auténtica alegría. Dice Romano Guardini: La melancolía es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras.

 

Nos preguntamos:

¿Invoco  al Espíritu Santo? ¿Dejo que cada día me transmita el don del amor, de la fe y de la esperanza? ¿Me dejo perdonar por el Señor?

Una gozosa fiesta del Espíritu Santo

Recemos en este Pentecostés:

 

Ven, Espíritu Santo,

y envía desde el cielo

un rayo de tu luz.

 

Ven, Padre de los pobres,

ven a darnos tus dones,

ven a darnos tu luz.

 

Consolador lleno de bondad,

dulce huésped del alma

suave alivio de los hombres.

 

Tú eres descanso en el trabajo,

templanza de la pasiones,

alegría en nuestro llanto.

 

Penetra con tu santa luz

en lo más íntimo

del corazón de tus fieles.

 

Sin tu ayuda divina

no hay nada en el hombre,

nada que sea inocente.

 

Lava nuestras manchas,

riega nuestra aridez,

cura nuestras heridas.

 

Suaviza nuestra dureza,

elimina con tu calor nuestra frialdad,

corrige nuestros desvíos.

 

Concede a tus fieles,

que confían en tí,

tus siete dones sagrados.

 

Premia nuestra virtud,

salva nuestras almas,

danos la eterna alegría.

Espíritu Santo