V DOMINGO DEL TIEMPO PASCUAL
CICLO A
14 de mayo de 2017

Franz Anton Maulbertsch: Cristo y Dios Padre, Pintura iconográfica del movimiento Rococó
en Alemania.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor.
Queridas hermanas y queridos hermanos:
Qué bien nos hace, cuando llegamos a un sitio, ver que tenemos un lugar dispuesto para nosotros. Esto nos habla de ser tenidos en cuenta, nos dice que alguien nos está esperando y que desea nuestra presencia, nos muestra que somos recibidos con cariño. Jesús, antes de su partida a la casa del Padre, nos manifiesta que en esa casa, a donde Él va, tenemos un lugar preparado.
Este Evangelio responde a dos grandes anhelos que existen en todos nosotros: la sed de eternidad y la necesidad de ser amados. El deseo de eternidad, de vivir para siempre, de que todo bien se prolongue ilimitadamente, como la necesidad de ser amados de una forma absoluta, están instalados en el interior de cada persona.
La frase de Felipe, muéstranos al Padre, expresa ese deseo de amor que está en todo corazón humano. Necesitamos conocer a Aquel que nos ama desde toda la eternidad. Conocer, dentro de la cultura oriental, es entrar en una relación de intimidad con el otro; conocer a alguien es cuando ese alguien comienza a formar parte de mi vida. El origen de nuestra vida está en el amor del Padre que desde toda la eternidad nos eligió y nos llamó a la vida. El encuentro con el Padre es el encuentro con el principio y fin de nuestra existencia, con el origen y la meta final. El pedido de Felipe es el pedido de nuestro corazón; todos tenemos necesidad de ser hijos cuidados por el Padre. Queremos conocer a ese Padre que por puro amor nos llamó a la vida, ese Padre que da sentido a nuestra existencia y que abre su casa para que nosotros podamos permanecer para siempre con Él.
Jesús nos indica el camino para llegar al Padre y para llegar a esa casa. Él mismo es el Camino. Jesús va al Padre pero no para alejarse de nosotros sino para permanecer en nosotros desde el Padre. Él es el rostro, la presencia visible del Padre en nuestras vidas y en nuestra historia. Jesucristo es la revelación del amor de Dios. En Jesús, de alguna manera, ya estamos en la casa del Padre. Somos su cuerpo y, por eso, donde Él está, estamos nosotros en Él. Cuando Él vuelva por segunda vez, habitaremos plena, visible y definitivamente en la casa de Dios. En la época de Jesús, cuando se hablaba de camino se entendía como una filosofía de vida. Jesús nos dice que no es no es una práctica humana la que nos conduce al Padre; no es una ideología o un mero camino de preceptos o un mero acto de la voluntad, el que nos conduce al Padre. El camino al Padre es una persona, su misma persona. En Él, plenamente hombre y plenamente Dios, se da el encuentro definitivo de la humanidad con Dios. Él es el camino que nos conduce a la vida. Sólo cuando nuestra vida está unida a su vida podemos recorrer el camino al Padre. Él es el Camino porque es la encarnación de la Verdad: es la Palabra eterna hecha carne.
Es más, quien se une a Jesús realiza las mismas obras que Él y aún mayores. Cuando Juan habla de cosas mayores, habla de obras de más nivel. No se trata simplemente de devolver la vida a los muertos o de curar enfermedades o multiplicar el pan. Se trata de comunicar la vida de Dios, de transmitir la fe y por eso de abrir el camino de los hombres a la eternidad. La comunión con Jesús es siempre comunión con su misión. En esto percibimos la autenticidad de nuestra comunión con Él, en la medida que su misión se convierte en nuestra misión. Somos peregrinos misioneros, rumbo al encuentro con el Padre.
No se inquieten. Que el encuentro con Jesús, serene en nosotros toda inquietud porque creemos en un Dios que en Jesús nos revela su paternidad, una paternidad que se hace presente en lo cotidiano de nuestra vida y que nos conduce al encuentro definitivo con Él.
Nos preguntamos:
¿Crezco cada día más en mi relación con Jesús? ¿Pongo los medios necesarios para que la vida de Jesús sea mi vida? ¿Descubro cada día en Jesús, en su Palabra, el rostro amoroso del Padre? ¿Me experimento peregrino misionero a la casa del Padre?
Un bendecido tiempo pascual para todos,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina
SALMO RESPONSORIAL Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
R. Señor, que descienda tu amor sobre nosotros.
Aclamen, justos, al Señor:
es propio de los buenos alabarlo.
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.
Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.