LA VIOLENCIA QUE A TODOS NOS PREOCUPA

Violencias y atropellos se escuchan en la ciudad (Jr 6,7)… violencia en el país.

Vivimos, a nivel mundial, un clima preocupante de violencia que provoca ciento de muertes cada día: guerras, atentados, terrorismo; con grave secuelas de orfandad infantil, refugiados en condiciones paupérrimas, familias destruidas, vidas jóvenes truncadas, culturas destrozadas.  En nuestros países de  América Latina hay una situación de violencia política sorprendentemente coincidente; la palabra “grieta” ha cobrado una presencia significativa en nuestros pueblos latinoamericanos.

En nuestro país, se vive un clima de violencia que nos tiene que ocupar y ante el cual no podemos dejar de reaccionar, positivamente, para superarlo.   Muchos de los últimos encuentros masivos, políticos y artísticos, concluyeron con violencias. Hubo palabras y gestos violentos hasta en aquellos que protestaban contra la violencia. Vemos como, muchas veces, la violencia se convierte en metodología para imponer espacios de poder.  Nos encontramos atemorizados por la acción delictiva que crece cada día en nuestras ciudades sin implementarse, hasta ahora, ninguna estrategia eficaz para reducirla. Vivimos en el miedo continuo de no saber si nuestros seres queridos llegarán con vida a nuestras casas. Vemos una agresividad y anomia alarmante en el tránsito que provoca uno de los índices más elevados de mortalidad. Somos partícipes de la intolerancia callejera. Hay violencia con armas y sufrimos la violencia de la injusticia o de una justicia demasiado largamente esperada. Hemos hecho de nuestras ideas un arma de ataque al otro, con imposibilidad, muchas veces, de buscar la verdad,  pensando distinto. Nos expresamos como poseedores absolutos de la verdad, sin reconocer nada de verdad en lo que el otro dice. Nos encontramos con la violencia de los grupos económicos que sólo buscan acrecentar su lucro, generando desempleo y elevando los precios de una forma impúdica.  Nos sentimos desbordados en nuestra comprensión ante acontecimientos de violencia en la vida familiar, con una cantidad alarmante de femicidios y de menores que se convierten en testigos presenciales de la agresividad, hasta homicida, de sus padres. La escena en un club del gran Buenos Aires en donde el tío de un chico que estaba participando de un evento deportivo le quita la vida al director técnico, ambos siendo vecinos de la misma ciudad y delante de todos los menores ahí presente, es terrible.

Los que pasamos los sesenta años, hemos sido testigos de muchos momentos de violencia en nuestro país, a los cuales no queremos volver. También hemos vivido en una Argentina en donde podíamos dejar la puerta de calle abierta y en donde no existían rejas. Una Argentina en donde no nos mirábamos como potenciales agresores y podíamos, las noches de verano, disfrutar el fresco de la vereda, compartiendo el diálogo amistoso con nuestros vecinos. Hemos vivido una infancia en donde nuestros padres no sentían miedo cuando salíamos a andar en bicicleta por el barrio porque todo el barrio nos cuidaba. La Argentina de la gauchada, de la palabra dada, del fiado, del pregúntale a la vecina si necesita algo de la feria. Una Argentina que cuando se producía un hecho delictivo llenaba nuestras conversaciones durante días porque no estábamos acostumbrados a eso y porque no habíamos perdido la capacidad de horrorizarnos. Una Argentina que hasta el que robaba tenía sus límites y sus códigos.

¿Qué nos pasó? Quizá, muchas cosas. La realidad es siempre compleja y multicausal.  Pienso en algunas causas como fuente de violencia que se entrelazan entre sí y que comparto con ustedes como un pequeño aporte a la superación de esta situación que nos daña enormemente. Causas que se convierten en desafíos a ser superados.

Violencia

  1. El narcotráfico.

Emparentado indefectiblemente con la corrupción de políticos, legisladores, jueces, fuerzas de seguridad y demás autoridades. Sin corrupción política, judicial y de fuerzas de seguridad, en ningún país puede existir el narcotráfico. El tráfico de drogas ha tomado cuenta de partes de nuestras ciudades y ha tornado especialmente violentos espacios concretos de nuestro territorio. La droga mata y lleva a matar.

  1. La pérdida de la cultura del trabajo.

El desempleo no es sólo una cuestión económica, hace a la dignidad de la persona. Trabajar nos realiza en nuestra dignidad. El trabajo es una escuela de vida en donde aprendemos a valorar los bienes y participamos de la obra creadora de Dios. El asistencialismo, necesario muchas veces, sin promoción de la persona, destruye a la persona. Una de la primeras tareas de un gobierno, que piensa en el bien común, es promover fuentes de trabajo, en donde se paguen salarios dignos y se respeten la condición humana del trabajador, en donde haya capacidad de un sano progreso y en donde se promueva los dones que cada persona posee.

  1. El autoritarismo de los poderes económicos

Existen poderosos grupos económicos que, muchas veces, manejan los espacios comunicacionales, generando modelos de vida deshumanizantes y que contribuyen a  hacer, de las personas, consumidores dependientemente enfermizos. Los planes económicos son perversos cuando no provocan el acceso de todos a los bienes esenciales de la salud, la educación, el trabajo, el descanso, la vivienda, el alimento, la práctica libre de la fe. También la economía se torna perversa cuando  presenta el fundamento de la felicidad en la posesión de bienes materiales o en un proyecto individualista y egoísta de la vida. Como dice San Gregorio Magno: dejamos de poseer bienes para dejarnos poseer por ellos. Decía el Beato Papa Pablo VI, ya en 1975: La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría (GD8). La distribución de la riqueza se torna cada vez más injusta. No es real que los que poseen fortunas siempre lo hicieron con su trabajo y que, los pobres lo son, por no trabajar. Muchas veces la acumulación de dinero y bienes materiales es fruto de relaciones injustas de explotación y negociados. Y, muchas veces, los que quisieran ganarse el pan con el sudor de su frente, no encuentran trabajo. No se trata sólo de aumentar las inversiones sino también de controlar los abusos, limitar los lucros injustos y velar por justas retribuciones.  Cuando la economía no tiene como fin último el bien común y no practica la justicia social, termina generando la violencia de la deshumanización. La única economía sana es la que genera trabajo honesto y justamente retribuido, la que piensa en el bien social y construye espacios humanización para todos.

  1. La pérdida de la auténtica vocación política.

Para Santo Tomás de Aquino, la política es el grado más alto de la caridad porque es la ocupación al servicio del bien común. El apetito desenfrenado de dominio de muchos de nuestros políticos genera indefectiblemente violencia social. Perder el sentido del actuar político genera un vacío peligroso para una sociedad e impone modelos autorreferenciales y ególatras de comportamiento. La corrupción, generadora indiscutible de violencia, se instala cuando se deja de ver la política como la construcción del bien común y el camino de edificación de una “polis” en donde todos encuentren el espacio necesario para vivir la vocación social, dimensión esencial de nuestro ser persona. El divorcio entre bien personal y bien común, el no entender que el bien de la persona está en la construcción de espacios comunitarias, genera la pérdida del sentido de la política.

  1. La pérdida del sentido de la vida.

Es la pérdida del sentido de la vida la que conduce a las adiciones. Tenemos que llenar un vacío existencial y cuando lo queremos hacer con el alcohol, la droga, el exceso de actividad, el juego, la compra compulsiva o cualquier otra adición, el vacío aumenta. La vida es un don que hemos recibido y cobra sentido cuando la vivimos como don hacia los demás. Somos imagen y semejanza de un Dios que es comunión de persona; una comunión fundada en el amor. Sólo en la realización de esa semejanza, nuestra vida se carga de sentido. La adición, generadora de violencia, es fruto de haber perdido la verdadera comunicación, el encuentro vivencial en donde somos contenidos y podemos contener, en donde somos amados y podemos amar. El gran pensador, Romano Guardini, dice en su libro: La Aceptación de sí mismo, algo sencillamente maravilloso: una vez que yo existo, ya no hay en absoluto un mundo en que yo no existiera. Si uno de nosotros no existiera, el mundo sería diferente. Es por eso que, lo que cada uno de nosotros puede aportar, no lo puede aportar otro. Somos un sueño único, irrepetible, original de Dios. Y nuestra vida cobra sentido cuando donamos nuestra originalidad al mundo. No somos enemigos que tenemos que competir por un espacio, somos seres viviendo en reciprocidad en donde cada uno tiene un espacio para construir el conjunto social. Nos necesitamos unos a otros, para vivir en plenitud nuestra vida. El bien del otro es bien para mí porque enriquece el colectivo social. De ahí que, cuánto más encarnamos los valores auténticos, más persona somos y más tenemos para entregar. Cuánto más entregamos más crecemos porque es el amor lo que nos personaliza, el que  nos lleva a vivir en plenitud nuestra identidad.

  1. Heridas del pasado no sanadas

El pecado y nuestras heridas confunden en nosotros el sentido del amor; no nos permiten amar con un amor sanante. Además de nuestras heridas personales y familiares, los argentinos venimos de una historia de heridas en el amor. Somos bisnietos, nietos o hijos de hombres y mujeres que sufrieron la guerra. Nosotros hemos vivido y vivimos aún las consecuencias de la guerra de las Malvinas. Nacimos como Nación con enfrentamientos que continuaron a lo largo de nuestra historia (monárquicos-republicanos, unitarios-federales, radicales-conservadores, peronistas-antiperonistas, azules-colorados, provincianos-porteños, Boca-River, Ford-Chevrolet…). Vivimos golpes de estados con la interrupción de los procesos democráticos y con una violencia que llevó a la pérdida de muchas vidas. Cargamos las heridas de la violencia de los años setenta, el terrorismo de estado y la guerrilla. Sufrimos la inseguridad de la inflación y las tomas violentas de los años ochenta; los despojos del noventa (privatizaciones-corralito- exclusión de la educación y la salud). Fijémonos en la letra de los tangos en donde el dolor es una constante: abandono, muerte, frustración. Necesitamos reconciliarnos con nosotros y entre nosotros. La reconciliación no es una mala palabra; por el contrario, es la condición necesaria para vivir en paz. Reconciliación que no es sinónimo de olvido e impunidad. Sólo hay reconciliación cuando buscamos la verdad y la justicia. Una justicia motivada en la búsqueda del bien de todos, en donde la sanción tiene que procurar la corrección y la protección social. Cuando separamos la justicia de la búsqueda del bien social, caemos en la venganza y hacemos de ella un arma expresiva de nuestros rencores. Perdonar no es justificar el mal. Una nación que niega el mal y no lo sanciona, construye sobre arena. Una nación que no supera los odios nunca vive en paz.

  1. La pérdida del auténtico diálogo.

El diálogo no es simplemente el ejercicio por el cual pactamos una convivencia. El diálogo es el camino por el cual buscamos la verdad, que es lo único que nos hace libres. Nadie es dueño de la verdad, somos buscadores y poseedores parciales de esa verdad. Dialogar es descubrir lo que hay de verdad en el otro y ofrecer lo que yo experimento como verdad, en la búsqueda de una verdad superadora. No se trata de consensuar, de acordar simplemente un código de convivencia sino de discernir aquello que es verdaderamente un bien para cada uno y para todos. El pensamiento es una herramienta de búsqueda no un arma letal contra los demás. No es posible que el pensar diferente nos divida. No es posible que no podamos dialogar serenamente en familia y respetar la opinión de cada uno. Nos vamos alineando detrás de ideas y de liderazgos no para construir sino para imponer y menospreciar al que piensa diferente. Esta es la grieta: cuando todo lo de un partido es bueno y todo lo del otro partido es malo. Ahí partimos a la sociedad, porque no vemos la parte en función del todo. Los conflictos existen y son la oportunidad para buscar la verdad y el bien común. Generar conflictos como metodología de alcanzar ganancias,  imponer ideas y obtener derechos, es terrorismo. Imponer la verdad desde la generación de la división,  es siempre generar terror. El terrorismo es  fruto del fundamentalismo: absolutizo mi verdad y la impongo a costa de cualquier medio. Decía Atahualpa Yupanqui, que hasta un reloj descompuesto, cuyas agujas no se mueven, dos veces al día coincide con la verdad. En todos hay algo de verdad. Necesitamos superar esa visión maniqueista de la historia por la cual en una ideología o partido político, todo es verdad o todo es mentira; de esa manera, hacer política va ser siempre destruir al otro. Para un cristiano, Jesucristo es la verdad y el  diálogo es el camino para ver plasmada esa verdad en cada situación  y vínculo que la vida nos presenta. 

  1. No generar espacios de crecimiento personal.

El vivir siempre fuera de nosotros mismos, en función de la tarea, conectados enfermizamente con la realidad, nos lleva a perder espacios de maduración personal y crecimiento en la serenidad. Se violenta nuestro ser cuando no vamos conformando nuestra propia identidad, desde el conocimiento y a la aceptación de nosotros mismos. Esto implica espacios de silencio, de encuentro con nuestra interioridad, con Dios, fuente y origen de nuestra vida.  No soportamos no estar “conectados”, al tanto de todo, enterados de lo último. Tememos perder el control de la realidad, lo queremos controlar todo como si todo dependiera de nosotros. Nos ponemos en lugar de Dios, del absoluto, del que tiene que responder a todo y a todos, siempre. Esta violencia de nuestro ser, nos lleva a ser violentos con los demás. Quien no está en paz consigo mismo, quien no se descubre a si mismo desde el valor de su ser, no puede valorar al otro. ¿Somos capaces de mirar nuestras conductas y descubrir nuestros gestos, a veces sutiles, de violencia en relación a los demás? No será la cuaresma y la semana santa, que ya se acerca, un tiempo propicio para eso. Qué bien nos hace, hacer silencio interior y mirar nuestra conducta cotidiana, poder descubrir nuestros  egoísmos, intolerancias, discriminaciones, indiferencias; poder descubrir su origen y dejarnos entusiasmar por un proceso de cambio personal, el cual todos tenemos necesidad de realizar. Poder gustar el crecer como personas, confiando en la presencia de un Dios que transforma siempre nuestro corazón. En nosotros también puede haber pequeñas violencias, rupturas, intolerancias que no nos permiten vivir en paz y construir la paz. Cuando algo del otro nos enoja mucho es que algo tenemos que cambiar en nosotros; hay una fibra de nuestro ser no curada que se irrita en demasía ante determinadas situaciones.  Es interesante vernos caminar por las calles de nuestras ciudades. Se hace necesario colocar semáforos en el suelo porque caminamos mirando hacia abajo, hacia el celular. Hemos perdido la alegría de mirarnos a los ojos, reconocernos como don de Dios, saludarnos como vecinos de una misma ciudad. Somos don para los demás y sólo desde esa donación, encontraremos la paz. Decía Ghandi: no hay caminos para la paz, la paz es el camino.

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC